SOCIEDAD CIVIL EN CUBA:
NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA

Por María Elena Gil

(12 Jun 98 13:53)

Con una década de retraso con respecto al resto de América Latina, pero con similar catalizador de responder a problemas que el Estado no puede resolver, comienzan a tomar auge en Cuba las acciones comunitarias y se fortalecen las estructuras de los gobiernos locales. Durante la llamada "década perdida" de los 80 surgieron en Latinoamérica importantes movimientos comunitarios, en su mayoría autogestionados y orientados hacia reivindicaciones sociales y económicas, en espacios donde se había retirado -o nunca estuvo presente- el Estado.

Hoy en día, Cuba ensaya sus primeros pasos en la gestión comunitaria por mejorar un espacio donde nunca serán suficientes los recursos presupuestarios: el medio ambiente urbano. El profundo deterioro de la economía cubana a partir de 1989, con la pérdida del 85 % de su comercio exterior y casi la totalidad de sus fuentes financieras tras la debacle de la URSS y el campo socialista europeo, gestó las condiciones para el florecimiento de la actividad de organizaciones comunales y municipales, que hallaron interlocutores solidarios en las ONGs y movimientos homólogos de otros países.

Diversas magnitudes de ayuda económica o tecnológica que serían imposibles de conseguir por un gobierno central para problemas de carácter nacional, se hicieron factibles al sectorializarse los intercambios entre ayuntamientos, alcaldías, municipios, asociaciones gremiales y otros. Los cauces participativos abiertos a la población por el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 se proyectaron fundamentalmente hacia macroprogramas de beneficio popular y dieron origen a una serie de organizaciones de amplia participación de masas como los Comités de Defensa de la Revolución (barriales), la Federación de Mujeres Cubanas (genérica), la Unión de Pioneros de Cuba (infantil), la Federación de Estudiantes Universitarios y la de la Enseñanza Media (estudiantiles) y otras políticas, laborales y gremiales, que fueron la base de apoyo de programas de alcance nacional como las campañas de alfabetización, de vacunación y masivas movilizaciones agrícolas.

Actualmente, la drástica reducción de las asignaciones de dinero y recursos del Estado para sostener el paradigma de la equidad en la distribución de bienes y servicios ha quebrado ese esquema. La estatización de los medios de producción ya no es absoluta, con la entrada a la isla del capital extranjero, y se han abierto brechas a través de las cuales el sujeto social puede autogestionar la solución de sus problemas personales, familiares y en algunos casos, comunales.

EL CASO DE LA HABANA

La ciudad de La Habana, capital del país, con sólo 724 kms cuadrados de extensión es la unidad territorial más superpoblada de la isla, con dos millones 120 mil habitantes (1997), casi tres mil por km cuadrado. La ministra de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), doctora Rosa Elena Simeón, declaró a ALAI que "la ciudad de La Habana es una de las capitales con el aire más limpio de América Latina". Y añadió que "desde los primeros años de la Revolución se atendió científicamente, a través del Instituto de Planificación Física, la racionalidad de los programas de urbanismo".

La política constructiva de las autoridades cubanas se orientó en una primera etapa (1960-80) hacia la edificación de multifamiliares en zonas urbanas y rurales e industrias asociadas a los programas de desarrollo macroeconómico financiados por el extinto CAME, muchas de ellas bien alejadas de las necesidades reales de la pequeña isla caribeña. Una segunda etapa (1980-90) desplazó el énfasis hacia las construcciones asociadas al turismo, al despegar esa actividad como alternativa de supervivencia económica para el país.

Aún existiendo desde temprana fecha un Plan Director para el Crecimiento Urbano, se ve muy poco énfasis en el balance adecuado del entorno natural y su preservación y se ha descuidado notablemente el mantenimiento sistemático del fondo de viviendas existente. A consecuencia de ello, La Habana sufre un grave problema de deterioro creciente y paulatino, ahora muy difícil de resolver de manera centralizada. Un ejemplo palpable es el emblemático Malecón habanero y las fachadas de las construcciones que lo bordean, verdadero tesoro arquitectónico en estado depauperado y que ahora comienzan a remozarse con una contribución del Ayuntamiento de Galicia, España.

Déficit y deterioro de viviendas son sólo dos lados del triángulo: el tercero y más preocupante es la contaminación ambiental en la bella capital habanera. La ciudad está asomada a una bahía -tema de muchas postales turísticas- que recibe diariamente 14 toneladas de hidrocarburos y decenas de metros cúbicos de desechos industriales, sólidos y aguas residuales domésticas. El alcantarillado habanero, terminado en 1913 y concebido para 600 mil habitantes, da servicio a más de un millón, la otra parte de la ciudad no cuenta con esas instalaciones. Tres de los 12 ríos capitalinos, el Quibú, el Almendares y el Luyanó, están altamente contaminados y carecen de estaciones depuradoras de aguas residuales. El caso de la Bahía Habanera es objeto de estudios pagados por el GEF de Naciones Unidas.

A través de esa instancia del PNUD, que ya financió un proyecto regional de factibilidad y preinversión para cuatro bahías del Caribe, se pretende obtener más fondos para apoyar al gobierno cubano en solucionar el problema de la rada habanera a mediano plazo.

PRODUCCION ALIMENTARIA

Otro problema recurrente, la precaria situación alimentaria, especialmente en cuanto a legumbres y hortalizas con precios accesibles, está intentando paliarse con la acelerada instalación de huertos urbanos, auspiciada por los Consejos Populares, órgano básico del gobierno local. Conocidos también como organopónicos, están poniendo ya un toque verde en el entramado urbano.

Aunque todavía muy lejos de los 300 gramos percápita que recomienda la FAO, en lo que va del año la ciudad de La Habana ha producido medio millón de quintales de verduras en sus canteros de concreto, mientras los Consejos Populares estimulan en áreas periféricas la cría de aves, conejos y cerdos para autoconsumo. En ese entorno existen unos seis mil criadores de cerdos con más de 30 mil cabezas. Unos ocho mil parceleros de la capital crían gallinas, para cuya reposición los Consejos Populares vendieron más de 40 mil aves en 1997. Una parte de la producción de huevos de esos avicultores se venden en comercios locales a precios módicos.

La solución, por supuesto, no pasa por convertir en campo la ciudad, ni por liberar de su responsabilidad a la deficiente gestión agropecuaria de Cuba, que importa prácticamente el 80 % de los alimentos que requiere la industria turística en franca expansión. Pero el creciente accionar de los Consejos Populares y los movimientos comunitarios en torno a problemas claves comienza a abrir en Cuba un espacio inédito en la relación Estado-sociedad civil. Tanto la comercialización en peque'cna escala de las producciones agropecuarias locales como la instauración de prácticas agroecológicas y de saneamiento ambiental, contribuyen al fortalecimiento de los proyectos sociales participativos que llevan implícito un nuevo modelo de desarrollo urbano.



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