En una publicación de la Facultad de Humanidades y Ciencias
de hace mucho tiempo hay un informe sobre unos yacimientos en el Paso de la Cruz
sobre el arroyo el Cordobés, donde se hallaban fósiles de moluscos
del devónico temprano. Todo lo que pude averiguar durante mucho tiempo
fue que eran de muy difícil acceso. Pero casi sin creerlo, el 15 de
julio, a las 7 de la mañana salíamos Fausto, Ramiro, Santiago y yo
hacia esos rumbos.
El Opel con las dos canoas arriba (nuestra verdosa y la amarilla de
Federico) lucía muy sucio, pero el color celeste se adivinaba bajo el
barro de tierra colorada.
-¡Me gusta ese auto porque tiene el color
de los míos!, dijo don Farías (moreno de 93 años, 22
hijos, casado en terceras nupcias después de una viudez, y un divorcio).
Como esa sabia y sencilla gente de afuera que es capaz de contar toda su
vida en unas pocas palabras, este vecino de Paso del Gordo sobre el arroyo el
Cordobés, fue muy amable con nosotros cuando fuimos a preguntarle dónde
estábamos. Su rancho se halla cerca de la ruta 6, a pocas cuadras del
arroyo y unos cuantos metros sobre el nivel normal de las aguas.
Mismo
frente a su rancho identificamos un Punto Fijo del Servicio Geográfico
Militar.
Cuando joven supo navegar en una canoa hecha de un solo tronco,
que habían traído del Brasil.
Nos habló de su vecino, el finado Teniente Huasque(¿se
escribirá así?) , de sus dos hijos, del campo que había
dejado, de lo bien que trataba al personal, de la buena caballada que tenía,
etc.
Cuando fuimos a Paso Pereira (del lado de Cerro Largo), en el almacén
de Paco Otero me confundieron con su hijo: Orlando Huasque, posiblemente porque
ambos llevamos barba.
El arroyo estaba colmadito (diminutivo que indica claramente que sin
salirse de madre, había agua de sobra).
Acampamos a sus orillas y a las de la ruta que cruza de Durazno a Cerro
Largo.
Tres puentes de madera seguidos; una ruta no tan mala como nosotros
temíamos y un arroyo que era una delicia.
El plan inicial había sido recorrer desde el Paso de la Cruz (unos
kilómetros más arriba) hasta el puente sobre el Río Negro
en el 329, recientemente inaugurado.
No hubo ambiente en casa para que nos dejaran acampados a orillas del
arroyo y llevaran el auto hasta el puente, por lo tanto íbamos a tener
que improvisar.
El miércoles de tardecita, antes de la final de fútbol por el
tercer puesto, le preguntamos a Muñoz por el estado de los caminos en la
zona que íbamos a recorrer y cuál podía ser la mejor ruta.
Como buen camionero nos dio preciosas indicaciones que determinaron que tomásemos
por Ruta 5 hasta Durazno, Ruta 14 hasta Carmen y Ruta 19 hasta Sáenz (¿se
escribirá así?) y allí preguntásemos.
El estado de los caminos fue asombrosamente bueno. Desde lo Sáenz
son veinte kilómetros justos hasta la entrada a Capilla de Farruco.
Cuando nos internamos en el camino de acceso cambió mi parecer sobre el
buen estado de los caminos ya que la noche anterior había llovido y se
habían formado unas huellas profundas y un gran barrial de tierra
colorada en las partes bajas.
Patinando un poco y peludeando otro llegamos
al minúsculo pueblo y paramos frente a la comisaría. Allí
nos dieron agua caliente para el mate y algunas indicaciones interesantes: que
en el cementerio había una monja enterrada en 1850, que los papeles de la
Iglesia estaban todos en poder de la Intendencia de Durazno, que el cura
Maximiliano en Sarandí del Yí era quien tenía autoridad
eclesiástica sobre la zona, que había una familia Muñoz que
podría ser de parientes de Darío Muñoz -mi compañero
de trabajo que estaba interesado en los libros de bautismo de Capilla de Farruco
de 1840 a 1872-, que para ir a Paso de la Cruz debíamos seguir los
carteles bajitos que decían 'Estancia Sta. Elisa', etc.
Volvimos a la Ruta 6
Unos kilómetros más adelante hallamos un cartel: 'Cerrezuelo',
una parada como de ómnibus y un hombre con acento portugués que
nos indicó el camino a seguir. Más adelante aún, hallamos
una bifurcación frente a un monte de eucaliptos con otro cartel.
Indicaba: 'Kmto. 329' hacia uno de los gajos.
Como ignorábamos
muchas cosas del camino, pasamos de largo frente a la entrada al Paso de la
Cruz, también pasamos de largo frente al mausoleo de Freitas y recién
nos volcamos a la derecha frente a lo de Farías.
Apenas llegamos, bajamos las cosas, armamos la carpa y salimos en las canoas
río arriba por el Cordobés.
A no más de una cuadra de
distancia el arroyo se bifurca y tomamos el gajo de la margen derecha que
resultó ser el más fino.
La regla número uno
Andar en canoa es cosa simple, pero no lo es tanto el andar por un arroyo
torrentoso y lleno de ramas que besan el agua. Suele ocurrir que una chambonada
deja la embarcación un poco a la deriva, la correntada tira la canoa
contra las ramas, sus ocupantes tratan instintivamente de no chocar con ellas y
se inclinan para esquivarlas, baja la borda del lado que viene la corriente y la
canoa se llena de agua y vuelca.
Es julio, y aunque el tiempo es inmejorable de sol y calma chicha, el agua
está fría, muy fría.
La ropa mojada se encarga de
mantener el frío en la piel cuando se ha logrado salir a la orilla, y
entonces se empieza a tiritar.
Los salvavidas que nos prestó
nuestro amigo Angel Caimi (dos de los cuales fueron estrenados en el Cordobés)
funcionaron a la perfección. Sólo hubo que recobrar unas
chancletas y el remo de fresno que, por pesado, se hundió un poco y quedó
trabado en unas ramas.
Volvimos al campamento con dos integrantes bautizados por el Cordobés.
Se tendió la ropa junto al fuego mientras seguíamos
deliberando sobre qué hacer.
A la mañana siguiente salimos hacia Paso Pereira para abastecernos
de nafta y algunas otras vituallas.
Vimos una gran arrocera cerca del Río
Negro, unas pasturas igual de excelentes que las de Capilla de Farruco, y un
gran monte en la rinconada de la margen derecha del Cordobés con el Río
Negro.
Paso Pereira no es mucho más grande que Capilla de Farruco pero
tiene más comercios y hasta una oficina del Poder Judicial. Si se
continúa la ruta que cruza el pueblo se llega a Santa Clara de Olimar,
pero no era nuestro destino por ahora.
Entre muchas otras aves, vimos
caranchos, halconcitos, dos cigüeñas, chajáes y varias garzas
blancas grandes.
También Otero nos mencionó 'los dibujos', formaciones
posiblemente calcáreas que el agua talla en una gruta cerca de los baños
de ganado a un kilómetro y medio aproximadamente de Paso del Gordo, como
quien va para Paso Pereira. Ya Farías nos había dicho que estaban
ahí nomás, 'donde mean las viejas...'
Vueltos al campamento, decidimos recorrer Cordobés abajo en busca de
tales dibujos.
Con las canoas recorrimos todo el trecho hasta hallar una
corredera (la 'cachoeira' que también nos había mencionado don Farías)
sin encontrar baño, gruta ni dibujos. Sólo un carpincho que
abandonó el agua para internarse en el monte.
Regresamos con leña y cansancio ya que remar contra corriente no es
lo más descansado de este deporte.
¡Al fin un plan!
Después de muchos borradores se decidió que llevaríamos
las canoas hasta el Paso de la Cruz, las dejaríamos allí, volveríamos
al campamento en el auto, pasaríamos la noche y antes de amanecer saldríamos
a pie para luego navegar desde el yacimiento hasta el Paso del Gordo.
El tiempo seguía cálido para Julio, el sol brillaba y si no
había mucho que machetear, el paseo prometía.
Volvimos a preguntar a don Farías el rumbo al Paso de la Cruz y con
los datos, y las canoas en la baca del auto, casi al atardecer, fuimos a dejar
las cosas.
El camino estaba muy disimulado; cruzamos una tranquera, luego
otra, otra y otra más hasta llegar a lo de Eiraldi.
Nos atendieron
muy amables, sin perros malos. Tal vez éstos no se molestaron por
nosotros pues estaban próximos a un festín con los restos de la
faena que estaban haciendo de un novillo.
El capataz de la estancia, creo que de apellido Olivera, nos dio algunas
indicaciones muy valiosas: el arroyo era navegable desde allí hasta Paso
del Gordo pues alguien lo había hecho en un bote de chapa no hacía
mucho; el yacimiento adonde iban a escarbar los de Facultad estaba en el Paso de
la Cruz unas cuadras río arriba, y al arroyo podíamos entrarle
ahicito en esas barrancas.
Como casi anochecía, nos apresuramos a agradecer, dimos algunas
explicaciones sobre el devónico, moluscos fósiles, etc. y dejamos
canoas, remos y salvavidas atados a la orilla.
Yo estaba muy contento
porque parecía que iba a ser una linda aventura. Sin embargo, cada vez
hacía más calor, las ranas empezaban a croar, la luna mostraba un
halo inmenso a su alrededor... Como contrapartida, el sol se había puesto
muy rojo, y las estrellas casi no titilaban. La aprensión de una lluvia
nocturna, o peor aún, matutina, me tenía intranquilo, pero se sentían
los efectos del cansancio y el sueño no tardó en venir.
Nos levantamos a las seis, y pudimos observar a Orión brillando en
la noche; preparamos una bombona (o tarrina) con algunas cosas que íbamos
a llevar, dejamos en el campamento lo que habíamos preparado la noche
anterior por si llovía, y munidos de mapa, brújula y entusiasmo
salimos al camino.
El campo húmedo de rocío, los barriales y una cañada
fueron caminados descalzos porque todo lo pedía: el ánimo y el
cuidado del calzado.
Cruzábamos un campo lindero con el de los Eiraldi cuando se nos
acercaron dos jinetes: un hombre y un niño. Cuando se enteraron de que
no estábamos cazando sino que buscábamos huesos viejos y esas
cosas, el hombre se empeñó en informarnos que un capinchero
había hallado en unas barrancas del Río Negro, un hueso de
generoso tamaño, y había dejado unas vértebras enormes del
mismo animal.
En el yacimiento
Antes de partir, en la misma barranca donde estaban las canoas, detectamos
uno de los dos tan mencionados yacimientos: había una arcilla blanquecina
muy maleable (¿caolín?) y en unas capas rojizas aparecieron las
huellas de los moluscos desaparecidos hace ya cuatrocientos millones de años.
Juntamos unos cuantos, los envolvimos cuidadosamente en diario, metimos
todo en la bombona, calzamos los salvavidas y partimos Cordobés abajo.
Al poco rato encontramos una ramazón que cerraba el paso, pero fue la única.
Más abajo aún, una rama de sarandí cortada a machetazos
hace ya tiempo, nos indicó que alguien más había navegado
por allí.
Más abajo aún, desembarcamos para trepar a un peñasco
que se asomaba al arroyo y desde el que se notaba el monte criollo que bordeaba
el Pablo Páez.
Al poco rato de volver a navegar, divisamos el
puente sobre el Paso del Gordo.
Con
mucho calor y cansancio, cuando llegamos al campamento, Ramiro no vaciló
en tirarse al agua para refrescarse. Fausto y Santiago no demoraron en imitarlo.
Yo me quedé afuera para tomar la foto...
¿Y los dibujos?
Este último jalón del viaje decidimos atacarlo a pie.
Cruzamos el puente y recorrimos la margen derecha a una decena de metros del
monte orillero. Hallamos los baños de ganado pero, aunque inspeccionamos
todos los alrededores, no vimos ninguna barranca con formaciones raras.
Nos
volvimos entre el asombro de los vacunos que poblaban el campo y que se
agrupaban para acompañarnos un ratito, por la mera curiosidad.
Nos
apresuramos a desarmar el campamento y acomodar la carga, pero recién a
las once de la noche llegamos a Canelones.
Waldemar Vigo
Este artículo(?) fue publicado en
HOY Canelones en febrero de 1996.
Habían pasado casi dos años de su escritura y yo casi no lo
recordaba. Cuando lo releí me pareció que había puesto
demasiados datos en pocas palabras; creí que no iba a gustar.
Ante
mi asombro, a los pocos días llamó Muñoz, el camionero,
para agradecerme la publicación porque se había emocionado mucho
con la lectura.
A la semana de publicado, me llamó la madre de
Nelson Vera para también decirme que se había emocionado con el
relato y para indicarme que muy probablemente el apellido que yo pongo como
Huasque sea Guasque, ya que es una familia con mucha descendencia que se extendió
por toda la zona. Es parte de la familia de su finado esposo.
... Artículo que ha dado que hablar éste, mire. Hace unos días recibimos un e-mail de la Sra. María S. de Guasque pidiendo más información sobre este yacimiento. Ahí descubrimos que habíamos olvidado poner las fotos que ahora aparecen. Gracias. (14/jul/2000)
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Última actualización de esta página: 14/VII/2000 |