Por Waldemar Vigo
"1° de marzo de 1992, domingo de mañana en el Olimar.
"Estamos acampados en sus orillas, inmediatamente después de
un rápido respetable. Es el segundo rápido que hallamos; el
primero estuvo muy próximo a la salida.
"El viaje en ómnibus desde La Charqueada a Treinta y Tres salió
a las 08:42 en vez de las 08:15 como estaba en el horario.
"Veo que las aves son menos ariscas que en otros lados: una garza mora
pudimos verla posada a orillas del agua, a pocos metros de nosotros, mientras
remábamos. Una gallineta común pude verla en el camping municipal
de Treinta y Tres, al amanecer.
"La bombona resultó segura, pero es incómodo sacar
cosas de ella.
"Muchos chupones de agua para las arroceras vimos en las barrancas que
están casi todas en la margen derecha.
"En algunos lados, como en el que estamos, afloran rocas con
incrustaciones blancas, muy duras, que he fotografiado ( ).
"Anoche llegamos casi muertos de cansancio, por el viaje en auto y la
remada, que fue muy poco rendidora.
"La vegetación arbórea indígena se mantiene mucho
más que en las orillas del Santa Lucía (comparación entre
ambos ríos que no pudimos dejar de hacer, en éste como en otros
aspectos); y además incluye especies más altas, como el canelón."
Lo anterior es transcripción de las notas de viaje, escritas en pleno
monte, al amanecer, en uno de los muchos bellos lugares que contiene el curso
medio del Olimar. El río tiene tantas curvas que fue muy fácil
perder nuestra ubicación en el mapa. A medida que nos alejábamos
de Treinta y Tres íbamos hallando campamentistas -cada vez más
escasos-, que nos daban datos: que hay dos o tres saltos de agua (cuando preguntábamos
por la Cascada de los Zorros), que faltan unas tres horas de remo (cuando queríamos
saber cuánto faltaba para llegar al Paso de la Laguna), etc. Al día
siguiente, domingo, salimos a las 10:15 aproximadamente, a los 10 minutos
hallamos un rápido y un cuarto de hora más tarde llegamos a un
salto de respetables dimensiones.
Nadie a sus orillas. Nos detuvimos y analizamos la situación, como
recomendaba Baby. Lo más sensato era descargar y pasar la canoa por la
margen izquierda arrastrándola entre piedras y agua. En medio del análisis
estuve tentado de bajar solo en la canoa y sin carga, a puro remo, por mitad del
maldito salto, pero cuando iba a comentarle la idea a Olga, hallé entre
los pastos tirada, como una prenda perdida, la mitad de un kayak que seguramente
no había soportado el salto que yo ahora tenía intenciones de
hacer.
Acaté la sabia decisión de Olga de pasar la canoa por la
izquierda; acomodamos nuevamente la carga, posé para una foto, y volvimos
a remar con ahinco. Entre el monte, sobre una barranca, pude ver un molino de
viento y una casona que supuse -sin ningún fundamento- era la del Paso de
la Laguna. Pasaban las horas y nosotros empeñados en remar.
El Olimar se ponía cada vez más lindo: por momentos se
encajonaba entre paredones de tosca colorada, tallados por el agua y coronados
de plumerillos, algunos en flor. En otros momentos, nos deslizábamos,
literalmente, por una pendiente de agua, pero sin los sobresaltos de los rápidos.
Las curvas alternaban barrancas y playas de arena, parecido a como se presentan
en algunas partes del curso medio del Santa Lucía.
La toponimia tan
original de los accidentes geográficos del Uruguay, se nota no sólo
en los múltiples Paso del Bote, Cañada o Arroyo del Sauce, del
Tala, o de las Piedras, etc. sino también en estos lugares: tras recorrer
varios kilómetros desde la salida de Treinta y Tres veíamos
continuas barrancas en la margen derecha, y en uno de los tantos lugares desde
donde bombean agua para riego de los arrozales, preguntamos por el nombre del
paraje. Se nos respondió que se llamaba "las barrancas".
En el río Olimar hay dos Pasos de la Laguna, distantes unos sesenta
kilómetros uno del otro. Nosotros buscábamos uno que era final de
una de las etapas de la regata que anualmente se corre entre Treinta y Tres y La
Charqueada en la santa Semana de Turismo. Roberto nos había descrito muy
claramente la casa abandonada, pero yo no había podido hacer encajar esa
imagen con ninguna de las que habíamos visto.
Este segundo día metimos y metimos. No estábamos extenuados
como el primero, sino simplemente cansados, quemados por el sol y algo nerviosos
por no tener la menor idea de por dónde andábamos. El río
seguía hermoso, las aves sin ser observadas como merecían, los árboles
sin ser identificados como hubiera querido (en Treinta y Tres se da espontáneamente
la Yerba Mate); había que remar y remar.
Los de la regata lo hacían
en seis días, pero remaban medio día... Eduardo Sansberro y sus
amigos lo hicieron en una semana, chiveando, pero eran todos muy jóvenes...
Un remero que pasó remontando el río, en una chalana de evidente
confección casera, dejó bien en claro que los treintaitresinos podían
remar como los dioses... Las dudas nos asaltaban: ¿podríamos llegar
a La Charqueada antes de que se terminara el feriado de Carnaval?, y no
precisamente porque los políticos nos fueran a eliminar también
este feriado, sino por la distancia que suponíamos nos quedaba por
cubrir.
Tras un recodo del río comenzamos a sentir otro ruido de bombas de
agua. Luego de algunas curvas, aparecieron los ya familiares caños
pintados con antióxido e inmediatamente después, la visión
que había descrito Roberto: la casona abandonada encima de una barranca,
en el mismo vértice de una curva del río.
Alta la barranca: como 15 metros o más. Había sido un
secadero (¿de arroz?) de C.I.P.A. y cuando esta compañía se
disolvió, la bomba que estaba instalada en este lugar, que riega cultivos
alejados hasta quince kilómetros, pasó a poder de un tal Benavídez,
nombre con el cual se la conoce ahora.
Trepamos ansiosos y golpeamos las manos frente a una casa muy venida a
menos, de la cual salió una señora,
que de la "ría"
nada sabía,
tampoco si Cascada del Zorro más abajo había,
que ella antes era del pueblo,
(¿de Treinta y Tres sería?).
Cuando le pregunté cuánto quedaba de allí el acceso a
la ruta que iba a La Charqueada, dijo que La Charqueada quedaba a unos kilómetros
de allí.
Visto que no nos entendíamos, traté de imitar
su léxico y pregunté a cuántas leguas quedaba la ruta. La
mujer, mirando al nordeste, y con aire de estar realizando un cálculo
infinitesimal, pasado un momento, nos pidió que le preguntáramos a
su vecino el bombista. Allí fuimos, adentrándonos en el ruido de
las bombas de agua, con cuidado de no pisar los protectores para oídos
tirados en el pasto.
El muchacho que estaba a cargo de la bomba nos dijo
que él sabía de una sola cascada y era la que habíamos
pasado; que la regata hacía etapa aquí y al día siguiente
llegaban a La Charqueada y que si nosotros -que ya habíamos hecho lo más
duro- no llegábamos, íbamos a andar ahí, ahí.
Con toda el alma nuevamente en el cuerpo, volví a preguntar por la
lejanía que teníamos hasta la carretera, y él, sonriendo,
antes de que yo largara la carcajada, me señaló una línea
de eucaliptus a unos doscientos metros de donde estábamos.
Agradecidos, bajamos la barranca, volvimos a remar, aún a las risas,
y acampamos, ahora sí con precisión cartográfica, en las
coordenadas 322,5/673 del mapa del S.G.M. Allí pernoctamos, previo baño
y comida, para volvernos a poner en marcha al día siguiente a las 07:40
horas. Este tramo final fue seguido minuciosamente con el mapa.
El Olimar se ensanchaba y enlentecía. La vegetación
cambiaba: macizos de caña Bambusa Trinii (tacuara indígena con sus
correspondientes espinas en los nudos), muchos sauces criollos y camalotales.
Cuando desembocamos en el Cebollatí, el mayor cambio estuvo en el color
del agua: de un cristalino de fondo negro se pasó a un amarillo como el
color del arroyo Sarandí (el que está entre Costa Azul y La
Floresta, para evitar más confusiones toponímicas).
El Cebollatí a esa altura es un río ancho, meandroso, con las
orillas casi despobladas de vegetación y sin embargo, muy pobladas de
pescadores y otros trabajadores (lavanderas, areneros, boteros, carboneros,
etc.).
El viento del nordeste molestó bastante hasta que a la altura de la
balsa en la Quemada, se puso insoportable.
Allí dejamos la canoa y
los bultos, y una pareja de automovilistas que iba a Río Branco, nos llevó
hasta La Charqueada.
Regresamos con el Opel hasta la balsa, cargamos la canoa y los petates y
nos volvimos a los pagos canarios, un día antes de lo previsto.
El artículo transcripto fue publicado en el Hoy Canelones en marzo de 1992.
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Última actualización de esta página: 3/VI/1997 |