EL ESCENARIO DE LA CELULOSA Y EL PAPEL

- El proceso del papel: de la necesidad a la codicia
- El proceso de producción de la celulosa
- Fábricas de celulosa y plantaciones de árboles: una dupla en el poder
- Cómo la industria de la celulosa intenta manejar la resistencia

- El proceso del papel: de la necesidad a la codicia

Hace mucho tiempo, la necesidad de nuestros primeros ancestros de transmitir palabras e imágenes quedó plasmada en muros de piedra, tablillas de arcilla, tablas enceradas, pieles de animales y otros medios. Más tarde, alrededor del año 3000 A.C. los egipcios comenzaron a escribir en juncos de papiro. Los tallos de papiro fueron laminados en tiras (como las cañas de bambú en China). Se atribuye a Ts'ai Lun, un funcionario chino, la invención aproximadamente en el año 105 D.C. del primer papel real, a partir de machacar moras, redes de pesca de cáñamo y trapos hasta obtener un material que en última instancia permitía que los pinceles de caligrafía se deslizaran sobre una superficie suave. Los pergaminos enrollados fueron la unidad estándar de almacenamiento de información hasta la aparición del códice o cuaderno de hojas plegadas, alrededor del siglo IV D.C.

Las técnicas de fabricación de papel viajaron a occidente cuando un ejército árabe derrotó a las fuerzas chinas en el año 751 D.C. y capturó, entre otros prisioneros de guerra, a algunos fabricantes de papel que más tarde se fueron puestos a ejercer su oficio en Samarcanda. Las técnicas de fabricación de papel se difundieron lentamente desde el Asia islámica hacia Europa. La Edad Media fue en Europa una época de analfabetismo, que finalmente se rompió con la invención de Gutenberg en el siglo XVI: los tipos móviles. La publicación de la Biblia de Gutenberg en 1455 y el aumento posterior de la producción en masa de libros facilitó la difusión amplia de las ideas y la información. Esto disparó la demanda de papel. En esa época, la principal fuente de fibra eran los trapos.

En el siglo XIX, los propietarios de fábricas franceses e ingleses, en su lucha por superar el poder que detentaban los artesanos del papel debido a su conocimiento especializado, comenzaron, con la ayuda de las nuevas industrias y maquinarias de la revolución industrial, a desarrollar máquinas para fabricar papel con técnicas centralizadas en manos capitalistas. El advenimiento de la celulosa basada en madera proporcionó una fuente de fibra más barata, de disponibilidad más rápida (aún así el desprecio por el papel producido a partir de madera era tan intenso entre la población local que las entregas de celulosa de madera debían realizarse por la noche). El descubrimiento del cloro elemental en 1774 y la invención de la máquina de papel de hoja continua de Fourdrinier, patentada en 1807 permitió con el tiempo a los fabricantes reducir a pulpa y blanquear con medios químicos las fibras de madera y aumentar la producción en forma radical creando rollos en vez de hojas individuales.

Pero fue recién a fines del siglo XIX, con el desarrollo de las técnicas comerciales para producir celulosa a partir de madera, un material que podía ser cosechado en cualquier época y almacenado y transportado en grandes cantidades, que se comenzó a notar el pleno potencial de la nueva máquina. En forma inversa, una vez que las celulosas provenientes de madera inauguraron una era de producción de papel barato y en gran escala a mediados de 1800, comenzaron a desarrollarse nuevos artículos que insertaron todavía más el uso del papel en las actividades comerciales y domésticas. Los cuellos de camisa, materiales de construcción y bolsas de papel, pronto fueron complementados con papel higiénico, envases de bebidas, pañales, papel para fax y computadora y embalaje para exportación.

En su fase actual, el paradigma de orientación global basado en el árbol ha llegado a dominar la producción de papel del siglo XX a medida que se expandieron los procesos de fabricación industrial y los métodos de explotación forestal. El uso mundial de papel creció 423% entre 1961 y 2002.

Hacia mediados de la década de 1980, el impacto ambiental de la fabricación de papel en base a árboles generó una profunda preocupación a nivel público. Los científicos se dieron cuenta que el cloro elemental, la principal sustancia química utilizada para separar y blanquear las fibras de madera, combinada con lignina produce dioxina, uno de los agentes carcinógenos y deterioradores de hormonas más potentes (después de la incineración, las fábricas de celulosa y papel son la segunda fuente más importante de dioxina y la fuente más importante de contaminación del agua con dioxina). Se comenzó a asociar el papel con los problemas de la salud pública y el envenenamiento de los peces.

La industria internacional respondió con inversión en tecnologías que podrían conducir a reducir la contaminación. Si bien la sustitución total del cloro por el dióxido de cloro (proceso libre de cloro elemental - ECF) redujo significativamente la contaminación por dioxina, de ninguna forma la eliminó. También se instrumentaron técnicas totalmente libres de cloro (TCF), aunque su participación en el mercado es marginal. La celulosa ECF domina actualmente el mercado mundial de celulosa química blanqueada con una participación en el mismo superior a los dos tercios (75%), seguida por el cloro elemental tradicional con aproximadamente el 20%, mientras que la producción TCF mantiene un pequeño nicho de mercado apenas superior al 5% (cifras de 2002).

Sin embargo, evidencia nueva demuestra que ambas tecnologías siguen presentando problemas. No parece haber correlación entre los niveles de descarga de AOX (halógenos orgánicos absorbibles, una medida sustitutiva de la cantidad de compuestos orgánicos clorados en los niveles de descarga de las aguas residuales de celulosa y papel) y el impacto ambiental en los estudios de respuestas específicas de peces. Además, otras observaciones han documentado una variedad de lesiones en peces de muestras en zonas adyacentes a una fábrica que utiliza hidrosulfito de sodio como agente blanqueador, donde no se usa ninguna sustancia química con cloro. Por otra parte, se ha determinado que las concentraciones de metales presentes en las aguas residuales de la producción TCF es mayor que en otras aguas residuales de blanqueado. En general, estos estudios demostraron que si bien se pueden obtener mejoras ambientales mediante cambios en los procesos --y la eliminación de sustancias químicas en base a cloro fue factor clave de esas mejoras--, los efluentes de todos los procesos eran tóxicos en alguna medida. Además, cada etapa de la producción de papel, desde la tala de los árboles hasta la eliminación del papel en los vertederos, contribuye en forma significativa a la liberación de gases de efecto invernadero a la atmósfera. Todos estos riesgos aumentan debido a la escala cada vez mayor de las fábricas nuevas.

Una quinta parte de toda la madera cosechada en el mundo se destina a la producción de papel, y fabricar una tonelada de papel requiere entre 2 y 3,5 toneladas de árboles. Por otra parte, la producción de celulosa y papel es el quinto consumidor industrial mundial de energía. También en algunos países del norte el papel constituye el 40 por ciento de los residuos sólidos municipales. Con un pronóstico de crecimiento mundial anual de 2,5%, la industria y sus efectos negativos podrían llegar a duplicarse en el 2025.

Todos estos datos preocupantes nos llevan a considerar la razón última de exponer al medio ambiente y los seres humanos a estos riesgos. ¿Es el costo inevitable que debe pagar la sociedad humana a cambio de la alfabetización, la información y la cultura? ¿O el consumo actual de papel está ligado al modelo desechable del estilo de vida moderno?

En términos de los usos de papel, el empaque actualmente supera a los papeles destinados a la comunicación. Si bien el papel se identifica tradicionalmente con la lectura y la escritura, las comunicaciones han sido reemplazadas por el empaque como la categoría única más importante de uso de papel. La expansión real del empaque de papel se origina en la década de 1950 con la difusión de los supermercados y la comida pre-empacada (aunque en algunos casos está disminuyendo, como consecuencia de las reducciones generales en el empaque y como resultado de su reemplazo por otros materiales, en gran medida el plástico). La revolución de la información electrónica hasta la fecha más bien ha multiplicado que reemplazado el uso del papel, y varios otros factores como la publicidad y la venta minorista de alimentos también influyen sobre modelos específicos de consumo de papel, principalmente la demanda de papeles para impresión y empaque. La mayoría abrumadora del papel se usa como insumo en otros sectores industriales: la demanda por lo tanto se filtra a través de otras industrias y rara vez es una respuesta directa de los consumidores finales. En EE.UU. sólo el 15% de la producción de papel es comprada directamente por los consumidores finales.

Desde el punto de vista del consumo, la tendencia coincide con las grandes desigualdades que permiten la existencia del modelo de acumulación y centralización de la globalización de mercado y existe un abismo entre el consumo de papel en el norte y en el sur: EE.UU. es por lejos el productor y consumidor de papel más grande del mundo. El ciudadano estadounidense promedio consume 27 veces la cantidad de papel que utiliza por año un habitante promedio del sur, mientras que muchos países africanos actualmente consumen menos papel per capita que en 1975.

El consumismo y la pobreza cohabitan en un mundo sin equilibrio donde no hay voluntad política de detener el consumo excesivo y derrochador de algunos y mejorar el nivel de vida de los más necesitados. El actual consumo (excesivo) de papel está hipotecando el futuro de la humanidad, y esto principalmente en beneficio de un puñado de corporaciones que controlan el mercado mundial mediante la manipulación de mercados, acuerdos de cártel, fijación de precios y otras prácticas similares. El tamaño de las grandes empresas papeleras --las cifras de ventas de International Paper sólo, superan las del producto bruto interno de más de 75 países-- les permite influir sobre actores políticos y económicos cuyas operaciones orientadas a la obtención de ganancias son las principales responsables de las formas que asume actualmente la crisis ambiental, social y económica. Supermercados y centros comerciales gigantes son las nuevas catedrales de la sociedad de consumo moderna que tiene espacio sólo para una elite: el 28% de la población del mundo, principalmente de los países del norte, cuyos hábitos de consumo han dado origen a una situación insostenible debido al enorme consumo de agua, energía, madera, minerales, suelo y otros recursos, y a la pérdida de biodiversidad, la contaminación, la deforestación y el cambio climático.

- El proceso de producción de la celulosa

Las plantas de celulosa se dedican al procesamiento de la madera para la obtención de la principal materia prima para la producción de papel: la pulpa, o pasta. Generalmente se trata de grandes fábricas situadas en las mismas zonas donde se recolecta la madera, es decir cerca de bosques o plantaciones de monocultivos de árboles, donde se facilite el transporte de troncos abaratando así los costos de transporte.

Básicamente la madera está constituida por lignina y fibras de celulosa y el primer paso para la obtención de pulpa consiste en triturar la madera sólida. Según los procesos utilizados se distinguen dos tipos de pulpa:

* La pulpa mecánica. Los procesos mecánicos trituran la madera y liberan las fibras. Este procedimiento convierte hasta el 95% de la madera en pulpa pero conserva la lignina, lo que posteriormente le da un tinte amarronado o amarillento al papel. Este tipo de pulpa se emplea principalmente para papel de periódico y otros productos en los que la calidad de la impresión no es tan importante.

* La pulpa química. La madera es transformada primero en pequeñas astillas y luego sometida a un cocimiento con productos químicos, seguido por un proceso de refinado. La extracción química separa la lignina de la celulosa para que ésta quede como producto final. Eso se logra mediante hidrólisis (reacción con agua) en condiciones de mayor temperatura, con uso de productos químicos y con un gran consumo de energía. Según el producto químico utilizado se distingue: 1) el proceso “kraft” o “al sulfato” (actualmente el más común), que cuece las astillas de madera con sosa cáustica; 2) el proceso “al sulfito” (que dominó la industria papelera desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX), que cuece las astillas de madera en una solución ácida; y 3) el proceso termomecánico químico, donde se calienta al vapor y se trata las astillas con productos químicos antes de molerlas.

Según el proceso y el tipo de madera utilizada se obtienen distintos tipos de pulpa: de fibra larga (coníferas) y de fibra corta (el resto, con algunas excepciones). La importancia de esta diferencia con relación al papel es que el de fibra larga es más flexible, por lo cual se lo utiliza generalmente en papel periódico. La pulpa producida, tanto por procesos mecánicos como químicos, generalmente requiere ser blanqueada. Existen diversos métodos de blanqueo: 1) con cloro gas (también llamado cloro elemental), 2) libre de cloro elemental (ECF), que utiliza dióxido de cloro (dentro de esta técnica se ha desarrollado también el ECF que emplea ozono en las etapas iniciales del proceso de blanqueo y dióxido de cloro en la etapa final, y el ECF “mejorado”, que elimina la mayor parte de la lignina que da el color amarillento antes del blanqueo, reduciendo así la utilización de energía y de productos químicos para el mismo) y 3) “totalmente libre de cloro” (TCF), es decir, que se trata de un blanqueo sin compuestos clorados, que utiliza oxígeno y peróxido de hidrógeno u ozono.

A mediados de la década de 1980 comenzó la discusión pública acerca del proceso de blanqueo de la celulosa. Los análisis revelaron una alta concentración de AOX (un parámetro que mide la concentración total de cloro vinculado a compuestos orgánicos en aguas residuales) en los vertidos de plantas de celulosa; posteriormente se encontraron también dioxinas. Dioxina es el nombre común para una familia de compuestos químicos (existen 77 formas diferentes de dioxinas), que presentan propiedades y toxicidad similares; aparecen como consecuencia de procesos térmicos que involucran productos orgánicos en presencia de cloro y tienen graves efectos sobre la salud y el ambiente, que se agudizan por sus propiedades de persistencia y acumulación.

La producción mundial de pulpa química blanqueada ha aumentado en los últimos 15 años de 56 millones a cerca de 90 millones de toneladas. Según cifras del año 2002, aproximadamente el 20% de la producción mundial de celulosa es blanqueada químicamente con el tradicional cloro gas y alrededor del 75% es blanqueado con dióxido de cloro en el proceso ECF, mientras que apenas poco más de 5% es blanqueado por el proceso TCF.

- Los problemas de las plantas de celulosa

Las plantas de celulosa aumentan cada vez más en tamaño y capacidad de producción, agravando aún más los impactos de su proceso industrial, que de por sí presenta serios riesgos ambientales. Pueden identificarse algunos factores de riesgo:

* el tamaño (la escala)
Las plantas actuales de pulpa de papel son unas megafábricas cuyo solo tamaño se convierte en un riesgo. En un proceso industrial en el que se utilizan tantos productos químicos tóxicos, cualquier pequeño detalle que se altere, cualquier fuga mínima, se convierten en grandes por la escala de la fábrica. Por otro lado, los efluentes tóxicos podrán ser pequeños comparados con los volúmenes que se procesan, pero no con las magnitudes que la naturaleza puede soportar. Los efluentes de una planta grande de 600.000 toneladas métricas son de aproximadamente 1000 litros por segundo.

* el olor (emisiones)
Las descargas aéreas de las fábricas de celulosa (resultantes de la incineración de toneladas de residuos que quedan del proceso y son utilizados en la generación de energía), contienen productos químicos cancerígenos (fenoles clorados, hidrocarburos aromáticos policíclicos y Compuestos Orgánicos Volátiles), compuestos de azufre oxidado que provocan daños en la vegetación, compuestos que provocan trastornos hormonales (como por ejemplo fenoles clorados), y compuestos de azufre reducido causantes del característico olor penetrante a “huevo podrido” que se convierte en un problema para los pobladores de los alrededores. Estudios epidemiológicos recientes han evidenciado posibles efectos en la salud como consecuencia de la exposición a estos compuestos a niveles comúnmente presentes en las proximidades de una planta de celulosa. Un estudio finlandés (The South Karelia Air Pollution Study) muestra que la exposición a compuestos malolientes del azufre aumenta el riesgo de infecciones respiratorias agudas.

* problemas con la producción misma de los agentes de blanqueo
Muchos blanqueadores químicos son reactivos y peligrosos de transportar, y por eso deben ser producidos en el lugar (in situ) o en las cercanías. Tal es el caso del dióxido de cloro (ClO2), un gas amarillo verdoso extremadamente reactivo que explota con facilidad, lo cual representa un gran peligro, en caso de accidente, para los trabajadores de la planta y los pobladores vecinos. Otro agente utilizado, el cloro elemental (Cl2), es muy tóxico; se trata de un gas de color verdoso que se vuelve corrosivo en presencia de humedad.

* los vertidos y la contaminación del agua
La gigantesca demanda de agua de las plantas de celulosa puede llegar a reducir los niveles de agua y sus vertidos pueden aumentar su temperatura, lo cual es crítico para el ecosistema fluvial. Generalmente las fábricas suelen instalarse cerca de un curso de agua con mucho caudal donde no sólo abastecer su demanda (con menos costos) sino también verter luego sus efluentes. La industria de la celulosa es la segunda consumidora mundial de cloro y la mayor fuente de vertido directo de organoclorados tóxicos a los cursos de agua.

De los procesos de producción de celulosa, los que potencialmente más contaminación pueden producir son los métodos químicos, en particular los de producción de pulpa kraft, cuyos vertidos del proceso de blanqueo pueden contener compuestos orgánicos presentes en la pulpa y compuestos de cloro, cuya mezcla puede formar una serie de productos tóxicos, tales como dioxinas, furanos y otros organoclorados (también conocidos como “haluros orgánicos absorbibles” o AOX, por su sigla en inglés), que tienen cada uno de ellos distintos grados de toxicidad. El grave problema con estos compuestos es que su capacidad de biodegradarse es muy baja, lo que significa que permanecen en la biosfera incluso muchos años después de haber sido liberados, acumulándose en los tejidos de los organismos vivos (bioacumulación). Esto determina que las concentraciones en los tejidos grasos de organismos superiores (incluido el ser humano) sean superiores a las concentraciones presentes en el ambiente en el que fueron expuestos, lo que los transforma en un problema de salubridad humana importante. Según la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA), la exposición a pequeñísimos niveles de dioxinas (medidos en millonésimos de miligramos) puede provocar en el ser humano alteraciones del sistema inmunológico, del sistema hormonal endócrino incluida la actividad de regulación de los esteroides sexuales y el crecimiento, y cambios genéticos hereditarios, sin olvidarse del cáncer. Entre las fuentes principales de emisión de dioxinas figura el blanqueo de celulosa con cloro elemental.

En el caso de los vertidos de celulosa blanqueada con dióxido de cloro, éstos contienen cloroformo, ácidos clorados y sulfonas. El blanqueo con dióxido de cloro produce grandes cantidades de clorato, que actúa como herbicida. Se ha comprobado que aunque los vertidos son más biodegradables que los de la técnica de cloro elemental y se ha reducido la presencia de organoclorados, igualmente se siguen produciendo y afectando el ambiente. Si bien los efluentes líquidos son menos tóxicos que hace diez años, aún son peligrosos, por lo ya referido de que son contaminantes persistentes, es decir que se van acumulando permanentemente y no se degradan.

Por otro lado, además de los efectos de los organoclorados, a fines de 1994 tomó cuerpo la convicción de que sustancias de la madera se convierten en compuestos problemáticos durante el proceso de extracción de la celulosa, pues se manifestaron efectos tóxicos en peces afectados por vertidos de producción de celulosa blanqueada y no blanqueada. Las sustancias de la madera disuelta, los residuos químicos y los compuestos producidos por reacciones entre las sustancias químicas y las sustancias de la madera, producen contaminantes que pueden reducir los niveles de oxígeno de los cursos de agua a los que se viertan, llegando a ser letales para los peces.

Los efluentes del proceso de blanqueo contienen generalmente entre 40 y 50 kilos de sustancias orgánicas (principalmente lignina) por tonelada de pulpa. Estudios realizados en Canadá y Suecia a fines de la década de 1980 y principios de los 90 sobre los efectos tóxicos crónicos de los vertidos de las plantas de celulosa en los peces de los cursos de agua aledaños, revelaron alteraciones reproductivas, aumento del metabolismo y cambios en la estructura de las poblaciones de peces. Otros estudios revelaron daños genéticos, cambios hormonales, alteraciones hepáticas, problemas de la función celular, cambios en la composición de la sangre, lesiones en piel y branquias y reacciones del sistema inmunológico de los peces. Un estudio realizado en 2003 reveló que el 80% de las hembras del pez Gambusia que habitaba aguas abajo de una planta de celulosa manifestaron una masculinización parcial (alteración de las aletas anales, un rasgo relacionado con la actividad hormonal masculina), y 10% de los peces experimentaron una masculinización total. Si bien los investigadores no identificaron un componente hormonal masculino específico en el efluente de la planta de celulosa, ulteriores pruebas del mismo produjeron una variedad de reacciones en los receptores de hormonas masculinas.

A la luz de todos estos problemas cabe preguntarse si los riesgos enumerados asociados a las plantas de celulosa para la producción de papel están justificados en aras de algún bien general, si se trata de una actividad destinada a satisfacer necesidades humanas genuinas o si ha contribuido a revertir la pobreza. Los informes y los testimonios que exponemos a continuación dicen que no. Las plantas de celulosa no son más que otro eslabón de la cadena de actividades de un “desarrollo” insustentable con el que los grandes intereses económicos aseguran su poder.

- Fábricas de celulosa y plantaciones de árboles: una dupla en el poder

Fenómenos como el desposeimiento, la deforestación y la contaminación producidos por la industria de la celulosa y el papel están vinculados a una dinámica de escala en permanente crecimiento y a la concentración e intensidad de capital que ha caracterizado a la industria desde la Revolución Industrial. Resultan esenciales para estas dinámicas los esfuerzos de la industria y sus aliados para renovar la apariencia de la infraestructura política y física con la que trabajan, captando subsidios, administrando la demanda, centralizando el poder y logrando evadir, digerir y regular la resistencia. En este contexto, la afirmación de que la industria ayuda a la sociedad a satisfacer sus necesidades preexistentes "en forma más eficiente" tiene muy poco sentido.

Éstos son algunos de los presupuestos comunes pero falsos sobre la industria de la celulosa y el papel:

- Las compañías productoras de celulosa y papel no alteran las metas y necesidades de la sociedad sino que las mantienen intactas; simplemente proporcionan riqueza, mercancías y puestos de trabajo que ayudan a la sociedad a hacer mejor lo que ya está haciendo.

- Es simplemente el impulso de hacerlo en forma tan eficiente y competitiva lo que hace que esas empresas aumenten el tamaño de las instalaciones de producción de celulosa y papel y busquen sitios de producción más baratos en todo el mundo.

- Todo trastorno social y ambiental que resulte de esta expansión requiere a lo sumo algunos ajustes en el aparato de mercado o en los sistemas de regulación del estado, pero no un replanteo de la escala, la estructura o la relación política de la industria con el resto de la sociedad.

A pesar de estas afirmaciones, el impulso actual de la industria hacia una expansión global y a mayor escala no se puede explicar meramente en términos "económicos". Pero tampoco es generado por una conspiración política de grandes cerebros ocultos que actúan en las salas de sesiones de las corporaciones transnacionales con la despreocupación de la omnipotencia. Las estructuras sociales sensibles a las necesidades de las elites de la celulosa y el papel se crean, se amplían y se mejoran solamente gracias a los esfuerzos políticos de una multitud de actores con diferentes intereses y motivaciones, que trabajan juntos en forma ad hoc y a veces no coordinada, en interacción en el contexto siempre variable de la resistencia y las diversas calidades de la tierra y los materiales naturales.

La evolución de la tecnología de la celulosa y el papel siempre ha estado entrelazada no sólo con utilidades o eficiencia sino con el intento de las pequeñas elites de reordenar estructuras de poder en su favor.

El cambio del uso de trapos al uso de madera como materia prima, reforzó la dependencia de los fabricantes de papel a las grandes fábricas altamente mecanizadas; para empezar, por el propio hecho de que los equipos de astillado y las máquinas trituradoras utilizadas para procesar los troncos producía demasiada pulpa como para que pudiera ser absorbida por fábricas de papel pequeñas. Sin embargo, cuanto mayor la inversión en las enormes máquinas de celulosa y papel, adaptadas para madera, integradas con la industria de la madera y desconectadas de cualquier otra fuente de materia prima, menos se inclinaba la industria a tomar en cuenta otros enfoques. Actualmente, el 90 por ciento de la celulosa para papel se obtiene de la madera, ya sea moliéndola o convirtiéndola en astillas y cociéndola en sustancias químicas agresivas. Este proceso requiere grandes cantidades de agua dulce y energía, y consume anualmente el equivalente aproximado de la madera que se necesitaría para cubrir una zona arbolada de 20.000 kilómetros cuadrados.

La competencia entre los magnates de los periódicos de principios del siglo XX en América del Norte y Gran Bretaña por fabricar máquinas de producción de papel cada vez más grandes contribuyó a promover un mayor crecimiento en escala. Hacia fines de 1975 la inversión en herramientas de gran porte por parte de los principales fabricantes de maquinaria les hizo difícil producir para alguien que no fuera los grandes inversores del papel. El acceso a la corriente dominante de conocimiento en materia de producción de papel estaba ahora restringido no solo al capital, sino al gran capital. Hoy en día, la mayor parte de la pulpa utilizada para fabricar papel de prensa, cartón para empaque y papel para escritura proviene de un número reducido de fábricas con resplandeciente y costosa maquinaria automatizada, que llegan a costar US$ 1.000 millones o más cada una.

Una consecuencia de que casi toda la nueva inversión en celulosa se realice en gran escala es que cualquier aumento de la demanda inevitablemente termina en una inversión en capacidad productiva mucho mayor que la que se requiere efectivamente para satisfacerla. Esto a su vez genera un ciclo salvaje de auge y caída. En 1993, por ejemplo, después de un período de exceso de inversión, los precios de la celulosa cayeron a la mitad del de cuatro años antes, produciendo pérdidas descontroladas, recorte de costos, cierres, fusiones y absorciones. No resulta sorprendente que la industria sienta la presión de crear nueva demanda, que le permita moderar futuras caídas de precios. La gran escala puede ser tanto una causa como un efecto de los esfuerzos por reorganizar la sociedad de forma conveniente para unos pocos actores centrales.

Las máquinas gigantes de fabricación de celulosa que caracterizan actualmente a la industria tienen que funcionar 24 horas al día para poder amortiguar en fecha las enormes deudas que origina su construcción. Esto refuerza la necesidad de las fábricas de tener acceso conveniente y seguro a enormes fuentes de suministro de agua, madera y a extensas superficies contiguas de tierra dedicadas en exclusividad a la industria. Para las actuales fábricas gigantes de celulosa resulta casi imposible compartir los paisajes que ocupan con las comunidades locales que realizan distintas actividades agrícolas, de pesca y recolección para la subsistencia. Estas fábricas trabajan mucho mejor con poblaciones compactas simplificadas de árboles convenientemente adaptados a sus necesidades que, por ejemplo, con bosques nativos reservados para una variedad de usos.

Por otra parte, las grandes fábricas actuales requieren la construcción de carreteras o canales de navegación que vayan directo del sitio de tala al puerto o a la fábrica, en vez de una red de sistemas de transporte lentos que vinculen un área local con otra. Favorecen el crecimiento de ciudades fabriles donde todos trabajan para la industria, en vez de comunidades con diversas formas de sustento. Todo esto proporciona incentivos para la propagación de una ideología que privilegia una demanda supuestamente "global" de celulosa, por sobre las variadas demandas locales de parcelas agrícolas individuales, bosques nativos diversos, agua y aire limpios y el mantenimiento de prácticas artesanales especializadas que hacen posible el control local sobre los humedales y bosques nativos.

La industria de la celulosa y el papel a menudo justifica su preferencia por sistemas en gran escala con un solo centro de acción ante los mosaicos sociales con muchos centros, afirmando que ayudan a liberar las "eficiencias" económicas latentes. Sin embargo, primero hubo que crear esa demanda que se debe satisfacer en forma “eficiente”, y hubo que homogeneizar los paisajes por medios políticos, antes que este discurso sobre las "eficiencias" pudiera comenzar a tener sentido. Desde el punto de vista de un agricultor, por ejemplo del sudeste asiático, la ingeniería de los actuales sistemas centralizados de celulosa y papel implica pérdidas no compensadas de agua, suelo, forraje, peces, transporte o sustento en general, lo que difícilmente constituye una ganancia en "eficiencia" desde su perspectiva.

A medida que se agotan los bosques nativos y se provoca la resistencia local, las industrias de la celulosa y el papel recurren cada vez más a las plantaciones industriales de árboles para obtener grandes cantidades de materia prima uniforme y fresca en una base de territorio menor, evitando conflictos con otras formas de uso de la tierra. Si bien las plantaciones industriales actualmente suministran aproximadamente una cuarta parte de la demanda mundial de celulosa (cifra del año 2000), esta proporción está destinada a crecer, debido a la deforestación, las limitaciones del reciclado (las fibras se pueden reutilizar solo algunas veces antes de desintegrarse en polvo) y la resistencia de gran parte de la industria a materiales no provenientes de la madera.

Este viraje hacia la celulosa proveniente de plantaciones proporciona más incentivos a la industria para trasladar la producción de fibra no procesada a regiones nuevas, en especial en el sur. En países como Brasil e Indonesia, árboles como el eucalipto o la acacia crecen más rápido, la tierra es más barata y la compañías se pueden beneficiar del bajo costo de la mano de obra y de una represión política más severa que la del norte. Todo esto implica precios bajos para la madera, que, como destaca Robert A. Wilson del conglomerado anglo-francés Arjo Wiggins Appleton, son "el motor estratégico de la industria ... el diferenciador competitivo clave".

Las fábricas de celulosa a menudo están integradas con las nuevas plantaciones del sur. Esto no solo se debe a que tiene más sentido económico combinar la producción de madera y celulosa que mantenerlas separadas, y exportar fibra en la forma más concentrada de celulosa que en la forma más diluida de astillas de madera, sino también porque las reglamentaciones ambientales del sur son menos rígidas que las del norte, los subsidios de la asistencia extranjera son más fáciles de obtener, y el consumo, especialmente en la región Asia-Pacífico tiene probabilidades de crecer más rápido. De esta forma, Brasil y Chile, por ejemplo, que tradicionalmente nunca fueron fuertes en la industria de la celulosa y el papel, están actualmente entre los diez principales exportadores de celulosa, siendo sus clientes principales los países industrializados. La producción de celulosa de Indonesia aumentó de 980.000 toneladas en 1987 a 8 millones de toneladas a fines de 2000.

En resumen, la gran empresa de celulosa y papel de hoy, al igual que un organismo biológico, está constreñida por su herencia --que incluye máquinas inmensas y difíciles de manejar y una dependencia de la fibra de madera-- y debe su supervivencia en gran medida a todo un despliegue de actores detrás de escena: compañías consultoras, proveedores tecnológicos, alianzas y asociaciones industriales, organismos multilaterales, gobiernos nacionales, institutos de investigación y ONGs, con los cuales ha evolucionado en cooperación o simbiosis. Como una planta o un animal, esta compañía no se adapta pasivamente a un medio ambiente fijo, sino que, con ayuda de sus aliados, lo recrea constantemente, socavando las formas de poder necesarias para el manejo de la tierra local, a la vez que expandiendo el reino de reglas de intercambio uniformes; construyendo nuevas redes financieras, físicas, legales y culturales a través de las cuales poder bombear recursos y subsidios a ubicaciones centrales y ejercer nuevas formas de influencia sobre los trabajadores y los que se resisten; remodelando costumbres y sueños en formas que se puedan satisfacer mediante el consumo de papel, e intentando reemplazar con relaciones públicas, los riesgos del debate democrático. Las grandes tecnologías destructivas, el ascenso vertiginoso de la demanda de consumo y el creciente fenómeno de la globalización son en realidad producto más de factores políticos que de factores "económicos".

- Cómo la industria de la celulosa intenta manejar la resistencia por Larry Lohmann

En función de su escala extremadamente grande, las fábricas de celulosa necesitan simplificar bajo una autoridad central no solamente los paisajes, la diversidad biológica y la diversidad genética, sino también los sistemas políticos. El enorme tamaño de las fábricas y de los paisajes que reorganizan a su alrededor implica que para sobrevivir tienen la necesidad de permanentemente atraer subsidios, estimular la demanda y, sobre todo, controlar la resistencia que les presenta tanto la gente común como el propio ambiente.

Allí donde la oposición no desafía los intereses fundamentales de la industria de la celulosa y el papel, la misma intentará contenerla a través de una redistribución interna de sus recursos de diversas formas, aliviando tensiones en un área a través de su disminución en otra. Por ejemplo, intentará:

- Comprar a quienes se resisten o intentar demostrarles como sus preocupaciones pueden ser “atendidas” dentro del sistema industrial, a través de, por ejemplo, sobornos, esquemas de plantaciones por contrato o promesas de “desarrollo económico”.

- Asegurar que quienes se resisten sean aplastados por la fuerza, bajo la premisa de que estén aislados, que sean pocos, que estén mal coordinados, que estén fuera de la vista del público y que el gobierno entienda que es de su interés sufragar los gastos militares resultantes.

- Insistir en discutir los asuntos en público solo en el idioma de la economía ortodoxa y de la “demanda global” y no en los lenguajes de los productores rurales comunes o de la política.

- Ceder a ciertas demandas de los oponentes, cuando no se los puede comprar o disuadir para que modifiquen sus demandas, si es difícil suprimirlos o si los intereses industriales subsisten relativamente intactos. La industria papelera de Japón, por ejemplo, ha tenido simplemente que aceptar la resistencia ambientalista a la explotación de las tierras del oeste norteamericano y trasladar su búsqueda de materia prima a otra parte. En el mismo sentido, la industria occidental está lentamente capitulando frente a la oposición al uso de cloro en el tratamiento de la celulosa, y encuentra fácil ceder a las demandas de mayor reciclaje dado que hace tiempo que está acostumbrada a utilizar el papel de desecho como materia prima.

Sin embargo, hay tipos de oposición que representan un peligro mayor. Ninguna corporación papelera posee los recursos para adecuarse a la caída de la demanda de todos sus productos ni, en caso de tener que enfrentarse a una oposición a las plantaciones por parte de comunidades en amplias áreas del Sur, poder comprar esa oposición en todos los lugares donde surge, o aplastarla totalmente, o trasladar su búsqueda de materia prima a otro planeta.

Estos desafíos, frente a los cuales la industria no puede ni adecuarse ni aplastarlos, son enfrentados inteligentemente aplicando la vieja estrategia de “divide y reinarás”. Dejando de lado los intentos de conciliación o de borrar del mapa a aquellos grupos con los cuales tiene conflictos irreconciliables a nivel de base, la industria concentra, por el contrario, su atención en mantener a estos grupos divididos de potenciales aliados en las burocracias y en las clases medias urbanas y de los países del norte.

Es así que los sectores vinculados a la celulosa y el papel en Indonesia y otros países han recurrido a la represión y los abusos en su país, mientras que contratan firmas de relaciones públicas como la estadounidense Burson Marsteller para presentar un panorama mejor a sus clientes y a los legisladores de Occidente, así como para infiltrar, socavar y monitorear a los grupos ambientalistas occidentales. Las firmas de relaciones públicas contratadas por la industria intentan marginalizar como “radicales” o “irresponsables” a los movimientos por la reducción del consumo de papel en Occidente.

Hace algunos años, O. Fernández Carro y Robert A. Wilson, ejecutivos de Arjo Wiggins Appleton, sintetizaron estas estrategias al instar a sus colegas a no apuntar a la “oposición aparente” si hacerlo implica “olvidar a las amplias masas entre ambos bandos: el público”, a no “responder a la agenda cambiante de otros” sino a “elaborar la agenda y volver difusos los temas negativos”. La política, continuaban, “proporciona el empaquetado y el vehículo para alcanzar los objetivos de la industria. El éxito se mide por la libertad de plantar cultivos para fibra, tomando en consideración la suma total de todas las fuerzas políticas (en su más amplia acepción). Hay dos elementos en el subsistema político [dentro de la totalidad del sistema de calidad de la silvicultura industrial]: el mensaje y el objetivo. El mensaje debe ser corto, no técnico, y básico: por ejemplo, ‘Los árboles son buenos. Se necesitan más árboles, no menos’. Nuestro objetivo debe ser el de crear y movernos dentro de un círculo siempre creciente de opinión pública favorable”.

Además del mensaje “los árboles son buenos”, muchos otros “mensajes” hipersimplificados han demostrado ser útiles para la industria de la celulosa y el papel en su estrategia de “divide y reinarás”:

- Que la demanda de papel aumente indefinidamente es, o bien inevitable, o deseable, o ambas cosas.

- La demanda de papel no proviene de algunos grupos, clases o sociedades en particular, sino del “mundo” o de “la nación” como un todo, a los que entonces se otorga un estatus moral superior al de la población local que defiende su tierra y su agua. Esta idea ayuda a aprobar subsidios para la industria que transversalizan regiones y clases, y también para justificar grandes desalojos forzados.

- Las plantaciones de árboles para celulosa constituyen un uso económicamente productivo de tierras desocupadas y degradadas. Este “mensaje” es efectivo solo entre ambientalistas que no conocen la forma de pensar y la práctica de la industria a nivel local. Como lo señalaran el Banco Asiático de Desarrollo y Shell International, la industria no está particularmente interesada en tierras degradadas. Lo que requiere, en cambio, es la existencia de porciones contiguas de “tierra adecuada para tasas de crecimiento biológico superiores para las especies que el mercado quiere” así como “agua todo el año” y fácil acceso para el transporte. El mensaje tampoco puede ser usado con grupos que saben que lo que se considera “degradado” o “sin uso” depende en forma absoluta de quién esté hablando.

- La expansión de las plantaciones ayuda a hacer a los países subdesarrollados a volverse “autosuficientes” respecto del papel. Este “mensaje” puede ser útil cuando se trata de audiencias que no saben, por ejemplo, que la nueva capacidad de producción de celulosa de Indonesia y Brasil está dirigida en su mayor parte a la exportación, y que la “autosuficiencia” en uno u otro tipo de papel cuenta muy poco frente a las políticas comerciales liberales impulsadas por la propia industria, que impondrán la importación de celulosa y papel a cualquier país que no los produzca más baratos.

- Las plantaciones son hasta diez veces más productivas que los bosques naturales. Este “mensaje” define acotadamente la “productividad” como “productividad de árboles con valor de mercado para celulosa luego de dos o tres ciclos de crecimiento”. Solo resulta útil con audiencias que no saben que hay otras formas de “productividad” que son de mayor interés para las poblaciones locales, como la siembra de cultivos y el mantenimiento de las aguas superficiales y los bosques comunitarios.

- La promulgación de "directivas" para las plantaciones las hará “sustentables”. Este mensaje es atractivo principalmente para los académicos, tecnócratas y ambientalistas del Norte que desconocen o son indiferentes a lo que realmente sucede allí donde las plantaciones de celulosa, por ejemplo, han sido certificadas por el FSC.

Este tipo de “mensajes”, utilizados selectivamente, alientan la globalización de la industria de la celulosa y el papel, porque ayudan a bloquear las alianzas entre los grupos de base que luchan contra las plantaciones de monocultivo de árboles para celulosa y los grupos ambientalistas de otros lugares, particularmente en el Norte.

Sin embargo, lo inverso también es verdadero. Es solo el alcance global de la industria contemporánea de la pulpa y el papel –su capacidad de explotar la distancia espacial y cultural entre los residentes de las áreas rurales en las zonas de plantación y las intelectualidades de otra parte- lo que permite que se extiendan sus simplificaciones excesivas y sus falsedades para asegurar la aquiescencia al desarrollo de las plantaciones forestales industriales por parte de las bases de poder mayormente urbanas y del Norte.

Este apoyo es crucial, dado que un “mercado libre” en alza para la fibra de madera, la pulpa y el papel solo puede ser construido y coordinado si los subsidios otorgados a consultores, ingenieros forestales, agencias de cooperación y organizaciones no gubernamentales para promover las plantaciones, pueden ser justificados frente a un enorme y difuso público.

Usar este tipo de mistificaciones, sin embargo, es siempre apostar a que no serán expuestas a través de la coordinación internacional de los opositores a las plantaciones.


Fuente: Boletín Nº 83 del WRM, junio de 2004

 

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