capítulo 1

 

ESTUDIOS Y VIAJES

 

1870 es un año clave para Francia y Europa, como también para la Iglesia católica. En julio de 1870 estalla la guerra franco-prusiana que reformará el mapa geopolítico de Europa y cuyas consecuencias traen en germen los conflictos futuros, en primer lugar el de 1914-1918. La victoria militar abre el camino a la unidad alemana, bajo el dominio de Prusia. Como consecuencia del desastre de Sedán que arrastra la caída de Napoleón III, en París es proclamada la República.

Aprovechando la caída de Napoleón III, Víctor Emanuel invade los Estados Pontificios, que defendían las tropas francesas, y hace de Roma la capital prestigiosa del reino de Italia. El Papa se ve así privado de todo poder temporal y el papado quedará profundamente transformado. El Sumo Pontífice deberá ubicarse en otra dimensión en el concierto de las naciones y su rol será más espiritual que político. Estos trastornos acarrearán un cambio mayor para la Iglesia.

Por otro lado, a partir del 8 de diciembre de 1869, en Roma se desarrolla el concilio Vaticano I, convocado por Pío IX. Este concilio desembocará, en julio de 1870, en la proclamación de la infalibilidad pontificia. Todo contribuye para que el aumento de aura espiritual compense la pérdida del poder temporal y oriente de nuevo la función del Pontífice hacia una dimensión más pastoral. El Vaticano I confirma la corriente ultramontana que en el siglo XIX se ha difundido en la Iglesia y acrecentará el potencial de simpatía y también de veneración hacia la persona del Papa.

Perdiendo su función temporal, la institución pontificia se concentra en la persona misma del Papa, hasta el punto de identificarse muchas veces con él. No todos los católicos, evidentemente, seguirán esta evolución.

Un concilio siempre es un acontecimiento en la vida de la Iglesia, sobre todo cuando el último remonta al siglo XVI, en el momento de la Contrarreforma. De hecho, después del concilio de Trento (1545-1563), la Iglesia no había conocido una asamblea semejante. De aquí la novedad que representa el Vaticano I en esta segunda mitad del siglo XIX.

Un joven sacerdote, ordenado en diciembre del año anterior, participa como estenógrafo en el acontecimiento. Para asegurar la transcripción de las sesiones solemnes, se había creado un pequeño grupo de estenógrafos bajo la dirección de Virginio Marchese, sacerdote de Turín y antiguo estenógrafo del Senado italiano. La veintena de sacerdotes que componía este grupo había sido tomada de los distintos seminarios romanos. Uno de los cuatro franceses elegidos entre los estudiantes del seminario Santa Chiara se llama León Dehon. El Vaticano I será para él un experiencia inolvidable, que le dará una tonalidad claramente romana y eclesial a su perfil espiritual. De aquí en más, él siempre razonará y se empeñará en términos de Iglesia universal y, en adelante, Roma formará parte de su cultura hasta el punto de considerarla una segunda patria.

Después de octubre de 1865, León Dehon se halla en el seminario francés de Roma y se prepara al sacerdocio. Esta etapa es el resultado de una trayectoria con numerosas peripecias como veremos a continuación. Muy dotado, también brillante -ya es abogado-, el joven hubiera podio elegir carreras más gratificantes. Es con pleno conocimiento de causa que elige el sacerdocio. Con la suave perseverancia de las personas convencidas ha superado obstáculos y dificultades de todo tipo para llegar a esta meta que avizora desde su primera juventud.

 

Raíces familiares

León Dehon nació el 14 de marzo de 1843 en La Capelle, una aldea grande, situada al norte del departamento del Aisne, no lejos de la frontera belga. Será bautizado en el templo parroquial, el 24 de marzo siguiente, víspera de la fiesta de la Anunciación de la Virgen María. Más tarde el P. Dehon verá en eso un signo providencial, una indicación de lo que llegaría a ser el corazón de su espiritualidad, el Ecce venio; es decir Aquí estoy, del salmo 40, que muestra la actitud del creyente que entrega el don de su voluntad. La carta a los Hebreos retomará esta perspectiva para definir la actitud misma de Cristo, de sus sentimientos, en la aventura de la Encarnación. “Tú no has querido sacrificio ni oblación; en cambio, me has dado un cuerpo. No has mirado con agrado los holocaustos ni los sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, yo vengo -como está escrito de mí en el libro de la Ley- para hacer, Dios, tu voluntad” (10,5-7).

En sus NHV, Dehon escribirá unos cuantos años más tarde:

El 24 de marzo era la fiesta de un niño mártir, San Simeón. Pero eran sobre todo las primeras vísperas de la fiesta de la Anunciación. He sido feliz más tarde al unir el recuerdo de mi bautismo al ecce venio de Nuestro Señor. He sacado mucha confianza de este acercamiento.

 

Estas indicaciones son para nosotros preciosas, porque subrayan la continuidad de una existencia con múltiples facetas y compromisos. La actitud de oblación, de ofrecimiento de sí mismo, que es la trama de fondo de la Encarnación, anudará el conjunto y otorgará una densidad particular a la vocación religiosa y sacerdotal del P. Dehon.

León nace en una familia de ricos terratenientes, especializados en la cría de caballos de carrera. La Capelle pertenece a la Thiérache que es una región esencialmente agrícola. Sus principales riquezas provienen de la cría de ganado. La comarca está sembrada de grandes mercados como Hirsos, La Capelle, Le Nouvion, que son otros tantos centros de comunicación. Estamos en una zona de paso que mira hacia el norte de Francia, hacia la Lorena, hacia la Champaña y hacia Bélgica. Regularmente será atravesada por las distintas armadas que sembrarán ruina y desolación.

La familia Dehon es originaria del Hainaut francés; más precisamente, del señorío de Hon, ubicado cerca de Bavay, una ciudad importante ya en la época galo-romana, porque es precisamente entre cruce de rutas que surcan el norte de la Galia. Es en el siglo XVIII que los de Hon se radicarán en La Capelle; durante la Revolución francesa abandonan la partícula para llamarse “Dehon”. Allí siguen su vida de agricultores y ganaderos. Con las riquezas, la familia ocupa rápidamente una posición social cómoda e influyente. El abuelo es alcalde de La Capelle en el momento del nacimiento de León. Es el que firma el registro del nacimiento de su nieto. El padre de León, Alejandro Julio, y su hermano menor ocuparán el mismo cargo. La posición social de la familia Dehon está sólidamente asegurada en La Capelle, famosa en la región por sus carreras de caballos. Los Dehon poseían evidentemente una caballeriza.

León Dehon nace, pues, en medio de una pequeña burguesía rural, muy arraigada al terruño, metida en los asuntos agrícolas, pero abierta a las novedades. Podemos comprobarlo en el viaje que León, en 1885, a la edad de 12 años, emprende bajo la guía de su padre para visitar la Exposición universal de París. Es su primer gran viaje. Más adelante realizará muchos otros viviéndolos como otras tantas “lecciones de las cosas”, según su expresión.

Sin embargo, el joven León, en oposición a su hermano Enrique, que sigue las huellas de su padre, apenas se siente atraído por la vida y las tareas del campo. Moderadamente practica la equitación, lo que llama la atención en ese ambiente. En efecto es con su madre, Estefanía Vandelet, que el chico teje lazos de secreta connivencia. Aquí se juega una parte decisiva de su futura orientación, tanto en el plano cultural en general como desde el punto de vista religioso.

Por el lado de los Dehon, se es católico por tradición, pero poco practicante. El padre, Alejandro Dehon, después de su tiempo de colegial en San Quintín, había abandonado toda práctica de vida cristiana. De su primera educación religiosa, bastante rudimentaria, conserva un sentido de justicia, una actitud de bondad y un verdadero respeto por la religión. Pero sacrifica a las costumbres de la época su conducta y considera que la práctica religiosa no es una ocupación de varones sino un asunto femenino. Y, en esta materia, La Capelle estaba particularmente afectada; por respeto humano los hombres rehuían entrar en el templo.

Estaban fuertemente influenciados por las ideas cientistas que juzgan el cristianismo como insostenible oscurantismo. Más tarde, Dehon se sublevará contra estas ideas que alejan a los hombres de la Iglesia y que “desfiguran al Cristo que presentan como el apóstol tímido de los niños y de los enfermos. No es más el león de Judá, no es más el pastor de varones que reunía en Tiberíades a tres o cuatro mil galileos, dejando en segundo plano a las mujeres y a los niños”. ¡Cómo no reconocer que Dehon piensa en su padre cuando escribe esta líneas en La renovación social cristiana!.

La vocación de su hijo, por este hecho, será para él un enigma y el tema de un grave conflicto. Entre el padre y el hijo se profundiza una durable incomprensión, cuando no una sorda hostilidad. La ordenación sacerdotal de León, en 1868, no los reconciliará sino parcialmente, a pesar de que el hijo revienta de dicha al ver a su padre retomar tímidamente el camino de la fe.

Muy distinta es la situación de los Vandelet donde la educación religiosa es cuidada. La madre de León fue educada en Charleville, en el pensionado de las damas de la Providencia de la Señora de Gerlache, las que luego se unirán con las Hermanas del Sagrado Corazón de Sofía Barat. De la época del pensionado, la señora Dehon heredó una piedad sólida, ilustrada, con inventiva en las distintas actividades caritativas. Pero sobre todo, después de esta época, su vida cristiana es profundamente marcada por la devoción al Corazón de Jesús cuyos elementos esenciales saca del libro de devoción del colegio, el Manual del Sagrado Corazón. Este libro la acompañará toda la vida y su contenido será transmitido a su hijo.

Se puede entonces afirmar que León descubre al Cristo dulce y humilde sobre las rodillas de su madre. Es allí donde será impregnado de esta devoción particularmente popular en el siglo XIX. Es por medio de ella que, en lo esencial, se manifiesta la fe del pueblo cristiano de la época. Cuando León es enviado al pensionado de Hazebrouk, la madre hace deslizar en el equipaje el Manual del Sagrado Corazón. Más tarde, el P. Dehon dirá que este libro “fue su verdadera guía ascética” que lo formó en las grandes devociones de su vida cristiana. Si se agregan la Imitación de Cristo y la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales, tenemos los libros claves de su adolescencia, los que alimentarán su vida cristiana. Hay que felicitarse por esta elección que atestigua una sensibilidad religiosa particularmente ilustrada, alimentada en la gran tradición ascética. La tierra está bien preparada para la obra espiritual de mañana, centrada en la persona de Cristo. Se puede coincidir con el P. Dehon cuando rinde homenaje a su madre:

 

Mi madre ha sido para mí uno de los dones más grandes de mi Dios y el instrumento de miles de gracias... Ella preparó indirectamente mi vocación.

 

El colegio de Hazebrouck

León concurre a la escuela del pueblo como medio pupilo. Todas las mañanas, aún en invierno, entra a las seis en punto. Sigue el catecismo del sacerdote Hécart, hombre ya demasiado anciano para dominar las travesuras del muchacho de diez años, muy dotado, vivaz y rápido en aprender. No precisa estudiar mucho para obtener resultados y el entorno del colegio no lo empuja hacia el trabajo. Los padres se preocupan por esta situación y deciden enviarlo, junto con su hermano Enrique, de cuatro años, al colegio de Hazebrouck, dirigido por sacerdotes del Norte. Entra en él, el 1 de octubre de 1859, y lo dejará en 1865, después de haber aprobado el bachillerato, a los dieciséis años.

¿Por qué, pues, Hazebrouck? En un primer momento el padre, quien sueña una brillante carrera para su hijo, piensa en París, pero, por la insistencia de la madre que vela sobre la educación religiosa de sus hijos, los muchachos son confiados al pensionado de Hazebrouck, donde actúa el sacerdote Boute, viejo cura párroco del ama de llaves de la familia Dehon. La elección es importante porque permite a León vivir en un ambiente cristiano homogéneo donde su vocación va a nacer y crecer. El mismo, por otro lado, no se equivoca cuando confía: “Es la gracia principal de mi vida; por ella alabaré a Dios durante toda mi vida”. León Dehon, una vez salido del colegio, conservará una larga correspondencia con sus antiguos maestros, sobre todo con el principal, P. Dehaene, porque la vida austera de esos sacerdotes maestros, como había muchos en la época, totalmente entregados a su tarea educadora, permanecerá para Dehon como un modelo y un llamado que a su vez, realizará más tarde. Al contacto con estos clérigos, mide la importancia de la tarea pedagógica. Durante muchos años, él mismo se entregará en cuerpo y alma a esta misión, formando a la vez indistintamente al hombre y al cristiano.

La Iglesia de Francia, después de la tormenta revolucionaria, insistirá masivamente en la educación de los jóvenes, por medio de escuelas o patronatos, tanto para muchachos como para chicas. Del lado masculino, varones como Juan María Lamennais, Marcelino Champagant o Don Bosco, para no citar sino a algunos, suscitan incontables vocaciones de religiosos maestros o educadores. Después de la ley Falloux de 1850, más de 900 congregaciones femeninas consiguen autorización para abrir escuelas. La Monarquía de julio, como la ley Falloux que suprime el monopolio de la Universidad sobre la enseñanza secundaria, facilitaron la tarea de la Iglesia y ésta aprovecha la brecha. Los establecimientos de las congregaciones se multiplican, tanto en el campo como en la ciudad. A los ojos de los historiadores, esta irrupción masiva de instituciones religiosas, sin olvidar las enfermeras, constituye un verdadero fenómeno social. La enseñanza llega así a ser la pieza maestra de la Iglesia para su obra de evangelización _ para la reconquista del poder, afirmarán los anticlericales que empiezan a inquietarse por este nuevo empuje clerical. Tenemos aquí, en germen, los futuros conflictos de la III República.

Hazebrouck es uno de estos colegios que, de origen municipal, pasa a la dirección eclesiástica. Es aquí donde León oye su llamado al sacerdocio. Es verdad que el entorno lo preparaba, porque el estilo del colegio, bajo el impulso del P. Dehaene, tendía a una pedagogía integral que ponía el acento sobre la vida cristiana. Los estudios clásicos allí eran valorados; el latín para los más dotados, llegó a ser un idioma casi corriente. La austeridad de vida que reinaba debía templar los caracteres y fortificar las convicciones cristianas.

Se comía pan negro todos los días y distintos alimentos de las campañas flamencas, poco apetitosos para estómagos delicados. El reglamento era viril: levantada matinal, poco calor, mucho trabajo y pocas vacaciones. Los estudios eran duros. Los buenos alumnos de retórica eran admitidos aunque no hubiesen hecho filosofía.

 

La descripción un poco sombría, digna de un informe militar, no debe hacernos olvidar lo esencial. Este ambiente, bien arraigado en las hondas tradiciones de Flandes, será enriquecedor y abrirá también el corazón de León. Junto a sus estudios, él se inscribe en numerosas asociaciones religiosas, sobre todo en la Conferencia de San Vicente de Paúl, cuya fundación remonta al 1833. En ese año, Ozanan reúne en París a sus primeros compañeros. Gracias a las actividades de la conferencia, León comienza a descubrir la cara oculta de la sociedad de la cual todo lo ignora: la miseria y la pobreza. Cuando recordamos que, durante este período, lee el Manual del Sagrado Corazón, la Introducción a la vida devota y la Imitación de Cristo, podemos con derecho afirmar que es en Hazebrouck donde se manifiestan las dos grandes orientaciones de su vida: una espiritualidad del Corazón de Jesús y el compromiso social.

El atractivo hacia el sacerdocio se precisa desde el primer año del colegio. La misa cotidiana y la tarea de sacristán, por su parte, ayudarán para eso. León fija su decisión de responder a ese llamado en la noche de Navidad de 1856. A partir de ese momento, el sacerdocio se convierte en la meta de la cual nunca se alejará. Una constancia semejante sorprenderá al mismo P. Dehon. “Lo que es asombroso -dirá más tarde- es que desde entonces mi resolución no fue jamás sacudida”. Por cierto, el adolescente conocerá las dificultades y las tentaciones propias de su edad. Pero el trabajo de la gracia será más fuerte y le permitirá superar todas las resistencias y las oposiciones que encontrará en su camino. La decisión del adolescente es irrevocable y sabrá encontrar los caminos, a veces originales, para realizar el proyecto. Vemos aquí una personalidad fuerte que se construye sobre la base de convicciones argumentadas y de perseverancia en las elecciones y en las decisiones: cualidades indispensables para el fundador de un instituto.

Durante las vacaciones de 1856, León emprende su primer gran viaje en compañía del nuevo párroco de La Capelle, el presbítero Juan Demiselle, con el cual trabará una larga amistad. Lieja, Aix-la-Chapelle, Colonia, serán las principales etapas de este periplo de varias semanas. De este viaje, el adolescente guarda la costumbre de anotar cuidadosamente los lugares visitados, las impresiones experimentadas, las reflexiones que le inspira lo que ha visto. Para Dehon viajar es hojear el gran libro del universo, donde descubre la vida y las pasiones de los hombres y allí mismo las mirabilia dei. Sus numerosos cuadernos de viaje dan testimonio de esto.

 

El sacerdocio que divide

Agosto de 1859 marca el final de una etapa. León termina sus estudios secundarios y el 16 de agosto aprueba con éxito el bachillerato en letras. El problema de su porvenir se plantea, tanto a él como a sus padres.

De vuelta a La Capelle, el nuevo bachiller comunica a sus padres la decisión de ser sacerdote. Este anuncio resuena “como un rayo”.

Para los padres, particularmente para el papá, es un choque. No había habido, hasta el momento, gran afinidad entre él y su hijo. El hombre se había convertido en una personalidad local y soñaba para el muchacho grandes carreras a nivel nacional; la elección de León arruinaba todos sus proyectos. No lo comprende y, con mayor razón, no comparte su idea... Por lo demás, ¿cómo podría? Su cristianismo es demasiado superficial, por no decir esencialmente sociológico. No podía aceptar para su hijo el proyecto del presbiterado que en nada correspondía con las ambiciones que acariciaba: las de un éxito social, de prestigio y de poder. Se enfrentan dos lógicas que crean una profunda incomprensión entre el padre, ansioso de una carrera y de posición social, y el hijo, en búsqueda de la unión con Cristo y del don de sí mismo a Dios. Si la relación hijo-padre es a menudo problemática, aquí llega a ser opuesta: el padre no se reconoce más en su hijo y el hijo pierde la referencia paterna en lo más profundo de su amor. Así se anuda un drama secreto, que teje un lienzo de fondo de sufrimiento, de frustración y finalmente de soledad entre dos seres que se quieren uno al otro. De su padre dirá con gravedad: “El estaba poseído por una tristeza que casi no lo abandonó hasta la muerte”.

El hijo deberá, por consiguiente, oponerse al padre para cumplir su proyecto, para realizarse de acuerdo a él. El proyecto dehoniano, del cual veremos progresivamente la complejidad, comienza aquí con una desobediencia inicial. Jamás León podrá contar con su padre para sostenerlo, para acompañarlo y estimularlo. Por supuesto, su madre lo comprende, lo apoya en secreto sin oponerse verdaderamente a su esposo. El sacerdocio de León Dehon es huérfano, por lo menos de padre; no tiene antepasados, pero tendrá numerosos sucesores. En el momento de la ordenación de León, Alejandro Dehon reanuda tímidamente la práctica sacramental, lo que causa una inmensa dicha en el hijo. El padre se había acostumbrado a lo que no podía aceptar. La llaga se avivará en el momento de la fundación de la congregación, que corta totalmente la posibilidad de promoción al episcopado. . .

Jamás para el P. Dehon el sacerdocio será, de cerca o de lejos, una carrera. A sus ojos, ver en el sacerdote a un funcionario de Dios, es una caricatura. Por su historia personal, Dehon ha vivido el sacerdocio como quien no se casa con las ambiciones personales o los éxitos sociales. Habla de la aventura espiritual, que no tolera la mediocridad, aunque no está exento de debilidades. Durante toda la vida, el P. Dehon estará movido por esta convicción, de la cual la escuela francesa y sobre todo Bérulle le brindarán más tarde la argumentación teológica. La preocupación de la cualificación sacerdotal, a la vez humana y espiritual, dibuja una constante que encontraremos en numerosas iniciativas posteriores y, de una manera particular, en la fundación de la congregación.

 

París

Ante la negativa del padre, el hijo se inclina momentáneamente. En lugar de entrar en el Seminario de San Sulpicio, de París, como él pensaba, se inscribe para el concurso de la Escuela Politécnica: tal había sido la decisión paterna. Más, paralelamente León Dehon se anotará en primer año de derecho, aunque sin seguir regularmente el curso. Después de haber conseguido con éxito, en julio de 1860, el bachillerato en ciencias que le abre la entrada al Politécnico, abandona este camino para consagrarse totalmente al derecho. El derecho le parece más acorde con su cultura y con su sensibilidad personal. Por otro lado, ve en él una preparación lejana a su proyecto sacerdotal, retrasado, pero no abandonado.

En agosto de 1862, León Dehon obtiene su licencia en derecho. Este título universitario le abre la posibilidad de inscribirse en el foro. En noviembre presta el juramento de abogado y empieza su pasantía en un despacho de procurador. Pero como él no busca defender, consagra lo esencial de su tiempo a la preparación de una tesis de doctorado en derecho que defiende con éxito el 2 de abril de 1864.

Por obedecer a su padre, León Dehon transcurre así cuatro años de estudios en París. Esta larga estadía será un período particularmente rico y fecundo. El estudio del derecho no lo ocupa totalmente, porque no lo considera ni como una preparación a una carrera ni como el aprendizaje de un trabajo. Es más bien un paso obligatorio y la espera de otra cosa.

El estudiante de derecho se impone un ritmo de vida tal que pueda favorecer su vocación sacerdotal, el objetivo último. Habita en la calle Madame y hace de la parroquia de San Sulpicio su parroquia, que frecuenta asiduamente, en especial para la misa matinal cotidiana. Aquí recoge algo del espíritu del P. Olier, el fundador de los sulpicianos, del cual deseaba alimentarse entrando al Seminario de San Sulpicio. Gracias a la enseñanza de los sulpicianos reúne los primeros elementos de la espiritualidad sacerdotal, de los cuales más tarde hará la base de su propia doctrina espiritual: la unión a Cristo, a sus misterios, a sus sentimientos. Por otro lado, se empeña en las diversas obras de la parroquia como la Conferencia de San Vicente de Paúl. Por consejo de su padre espiritual, elegido entre los tenientes curas de la parroquia, llegará a ser catequista de marginados y analfabetos, muy numerosos en ese barrio.

Ese sector de París ofrece una imagen contrastante. No se reduce sólo a los negocios de los cuales se burlará ruidosamente Huysmans. Entre el Panteón y el barrio Mouffetard y San Sulpicio se extiende una zona de extrema pobreza: los males y las miserias del Segundo Imperio se concentran allí y se extienden. Atravesando esas calles estrechas, sin sol, nauseabundas, superpobladas, el joven bien vestido debe soportar los sarcasmos y los insultos de varones y mujeres que, a causa de sus condiciones de vida, han perdido toda dignidad humana. Mide también el foso que separa las clases sociales; toca con su mano el odio profundo que el pueblo miserable alimenta contra la burguesía de la cual forma parte. Este barrio le ofrece, de alguna manera, el rostro de una sociedad del siglo XIX en vías de industrialización y de pauperismo. Para remediar estos males el estudiante se empeña en las obras de caridad. Más tarde, el cura teniente de San Quintín, recordando su experiencia de París, medirá los límites de la misma: la caridad no es suficiente; los marginados ante todo tienen derecho a la justicia social.

Por otro lado, León Dehon aprovecha su estadía en París para abrirse a la vida de la sociedad y a la política, para iniciarse en las cuestiones estéticas. Frecuenta asiduamente el círculo católico de San Sulpicio, una de las numerosas obras que florecen en la Francia de mitad del siglo XIX y que denotan la vitalidad del catolicismo. El círculo era un lugar de encuentro y de cambio, frecuentado por los estudiantes e intelectuales católicos. Allí se organizaban conferencias, tanto sobre cuestiones literarias cuanto sobre conflictos de actualidad: el problema del galicanismo, la cuestión del liberalismo católico que la escuela de Lamennais había enunciado ruidosamente y que había suscitado tantas esperanzas y era objeto de debates apasionados y otros problemas que él encontrará más adelante. Por medio de personas que descubre, como Ozanam, el periodista, Luis Veuillot, Dupanloup, el oratoriano Gratry o el futuro diputado de Valenciennes, Thellier de Pocheville, León descubre un rostro del catolicismo francés cuya riqueza y diversidad está lejos de sospechar.

 

El encuentro con el amigo

En el círculo católico Dehon conoce a un joven estudiante de arqueología, León Palustre, que más tarde se hará famoso por sus publicaciones y presidirá los destinos de la Sociedad francesa de arqueología. Una amistad profunda se anuda entre los dos estudiantes que tienen gustos comunes, a tal punto que acaban de alquilar juntos un departamento en la calle Bonaparte, “un departamento de artista”, precisa León, donde se amontonarán numerosos recuerdos de sus viajes comunes, porque Palustre hará sentir a León Dehon el gusto por los viajes que no perderá jamás. Juntos descubren París, sus museos, sus monumentos. Por otra parte, Palustre lo abre al mundo de las bellas artes, sobre todo a la pintura y a la arquitectura, un mundo totalmente desconocido para Dehon. Los dos jóvenes comparten un ideal cristiano común y cada uno considera una consagración a Dios. En su pequeño departamento comienzan muy temprano su día -a las cinco de la mañana- con media hora de lectura de la Biblia sirviéndose de los comentarios del célebre exegeta benedictino de Saint-Vanne, dom Calmet. El detalle merece ser subrayado, porque la lectura de la Biblia era poco común en esa época en el mundo católico. Dehon conservará un sentido muy agudo de la Escritura que encontraremos luego en sus obras de espiritualidad.

Desde abril hasta julio de 1861 León Dehon reside en Inglaterra para aprender la lengua del país. Regresará al año siguiente con Palustre para una gira a través de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Aprovecha su paso por Londres para visitar la Exposición universal. Consigue una audiencia con el arzobispo de Westminster, el cardenal Wiseman, autor de la famosa novela Fabiola o la Iglesia de las catacumbas. El cardenal habló mucho de Roma, de la cual regresaba. En 1863, Dehon emprende un nuevo viaje con Palustre recorriendo Alemania del Norte, los países escandinavos y luego Europa central. Salidos el 12 de agosto de Estrasburgo, llegan a principios de noviembre a Viena y son recibidos por el conde de Chambord, pretendiente al trono de Francia, que vive en exilio en Frohsdorf. El 4 de noviembre, Palustre y Dehon son invitados a la mesa del conde y de la condesa de Chambord: conmovedor encuentro que fortifica los sentimientos realistas de los dos.

Seguirán otros viajes, porque les han tomado el gusto en esta época de estudios. Si el viaje es un placer, Dehon lo vive ante todo como un medio de cultura, como lo realizan escritores y artistas. “Veía en los viajes un manantial inagotable de estudio”. En ellos descubre a los hombres en su vida, en sus costumbres y en su historia. Llenará cuadernos de notas que hormiguean de detalles y de anécdotas hasta el punto de que parecen, a veces, la copia de una guía turística. Pero no faltan las observaciones personales como las fuertes impresiones, que ponen de manifiesto un carácter curioso, atento a las personas y que levantan su protesta frente a las situaciones insoportables.

Así el mercado de pulgas de Dublín le inspira juicios severos porque los viejos andrajos que los ricos ingleses dejan de lado, atestiguan “el estado de opresión y de pobreza de Irlanda”. Protesta contra los casinos de las grandes ciudades termales alemanas como Ems, Wiesbaden, Hombourg donde se dan cita la burguesía adinerada y las grandes familias principescas. El atractivo de la ganancia envilece al hombre, que cautivo de su pasión por el juego, ofrece “un espectáculo inmoral y afligente”.

Me parece que en estos viajes León Dehon adquiere el sentido de la historia que marcará mucho su pensamiento. Desde este punto de vista, él es realmente hijo de su siglo. El siglo XIX es por excelencia el siglo de la historia, este sexto sentido del hombre, como lo llamará Nietzche. Es típico ver esta problemática en el P. Dehon: situar históricamente para comprender la complejidad y las puestas en juego de una cuestión. Por medio de los viajes, Dehon aprende a conocer al hombre en su realidad cotidiana de una variedad infinita. Después de ellos ¿cómo no relativizar los puntos de vista, las afirmaciones demasiado unilaterales? Los viajes son escuelas de tolerancia. Dehon lo será todo, excepto un ideólogo encerrado en sus certidumbres. Siempre desconfiará de los nacionalismos estrechos, sean los del pensamiento o los del corazón.

 

Carencias intelectuales de la Iglesia

Ni los viajes ni los estudios apartan a León Dehon de su vocación. Estaría tentado de afirmar lo contrario; este tiempo de maduración lo confirma en su voluntad de ser sacerdote. Progresivamente va madurando, durante su vida parisiense, un proyecto de gran alcance. El estudiante de derecho, que frecuenta las iglesias de París y encuentra a muchos presbíteros, constata una falla: la Iglesia está ausente de lo que él llama “la dirección intelectual del país”. El clero francés no se ocupa del debate de las ideas, porque no está preparado para los estudios elevados. La clarividencia de Dehon en este punto es asombrosa, porque de repente subraya una de las carencias de la iglesia de Francia del siglo XIX: el nivel mediocre de la formación del clero. Desde el principio del siglo, los hermanos Felicidad y Juan María Lamennais en Reflexiones sobre el estado de la iglesia de Francia en el siglo XVIII y sobre la situación actual, deploraban la gran plaga que amenazaba la Iglesia de Francia; es decir, la ignorancia. Para remediarla proponían la creación de “conservatorios de ciencias eclesiásticas”. Ellos pensaban fundar también un instituto -la congregación de San Pedro, cuyo título es todo un programa- para la formación de un clero ilustrado y sabio que supiera debatir las ideas del momento, si fuera necesario las de las Luces. Pero este proyecto, comenzado en Malestroit, en Bretaña, no tendrá porvenir por la evolución de Felicidad y su ruptura con la Iglesia.

Otras personalidades como Luis Bautain, en Estrasburgo, o Gratry, en París, veían la necesidad de renovar la formación sacerdotal. Ningún proyecto tendrá éxito, porque los obispos que temían la ciencia y la modernidad, no los apoyaban. Ellos confiaban en los sulpicianos, especialistas en la formación del clero. Ahora bien, estos rechazan las novedades para colocar el acento en las cualidades de generosidad y de piedad en detrimento de la formación intelectual. Se conforman con enseñar una teología de manual, con repetir la apologética de Bossuet sin acceso directo a las fuentes, ya se tratara de las Escrituras o de la patrística. El trabajo de edición de los textos de los Padres griegos y latinos, realizado por Migne, es ignorado. Habrá que esperar la creación de universidades católicas, en 1875, para que la situación empiece a moverse y la Iglesia emprenda su renovación intelectual. Aquí hacemos notar que, más tarde, el P. Dehon defenderá la idea de que la renovación de los estudios en los seminarios exigirá que los mismos estén relacionados con una universidad católica.

El joven estudiante de derecho no tiene, alrededor de los años 1860 una visión clara de tal situación, pero presiente los puntos principales y anhela participar en la renovación de la formación clerical para ayudar a la Iglesia a reencontrar su lugar en el debate de la cultura; y habla de este proyecto con dos personalidades de la época; primero con el P. Alfonso Gratry que está empeñado en la restauración del Oratorio en Francia. León Dehon leerá varias de sus obras, particularmente las Sources, de las cuales apreciará las cualidades pedagógicas. También manifiesta su proyecto a Monseñor Dupanloup, el obispo de Orléans, al que visita con regularidad. Los dos lo alientan en su proyecto pero, como buenos galicanos que son, le desaconsejan Roma para los estudios teológicos. “Estaban prevenidos contra la teología romana”, comenta sobriamente Dehon que admira a estas grandes figuras de la Iglesia de Francia y lamenta sus reticencias frente a Roma.

Ahora bien, León Dehon, como por instinto, se inclina más a elegir Roma para su formación teológica, no obstante las reservas que acabamos de señalar. El estudiante recela de repente de este galicanismo en el cual, más tarde, verá una de las causas de debilitación de la Iglesia de Francia.

Le quedaba convencer a su padre, que había impuesto a su hijo una carrera de estudios profanos con la esperanza de verlo abandonar su deseo de ser sacerdote. Después de haber obedecido realizando sus estudios jurídicos, León repite a su padre su intención. El diálogo fue uno de los más difíciles, porque el padre se había negado siempre a oír hablar del sacerdocio para el futuro de León. En esta ocasión otra vez negó sus palabras.

 

Mi padre me había prometido claramente antes que me dejaría libre cuando fuera doctor pero, llegado el momento, no quería aún rendirse.

 

Un viaje de diez meses

La situación, pues, está bloqueada y no es el caso de que el hijo se rebele contra el padre. La mentalidad de la época no lo permitiría y los sentimientos de León no hubieran podido llegar a tal extremo. Palustre, que se encuentra en La Capelle en el momento del choque entre el padre y el hijo, propone una solución de espera que satisface a ambas partes. Sugiere un largo viaje a través del Medio y Cercano Oriente. El padre, para ganar un año y con la última esperanza de que se obre el cambio deseado, da el consentimiento y el dinero necesario para su realización. Este será el viaje más largo que el P. Dehon emprenderá, porque durará más de diez meses. Este periplo representa el momento clave en la formación y en la evolución de León. Lo vive como un coronamiento de sus estudios profanos, un complemento de su formación clásica, antes de la entrada al seminario. Viaje de estudio, si lo hubo, tanto más porque nuestros dos amigos transportan una verdadera biblioteca que debe ayudarlos a descubrir los tesoros culturales de las ciudades visitadas. A medida que el viaje prosigue, devuelven los libros que ya no necesitan, con los objetos-recuerdos de los países ya explorados.

Dehon y Palustre empiezan su viaje en Estrasburgo el 23 de agosto de 1864. No es fácil seguir a los dos viajeros en su prodigiosa caminata, no obstante los cuadernos de viaje perfectamente documentados que nos ha dejado León Dehon, porque el mapa político de esos países no corresponde ya al que nosotros conocemos hoy.

En esa época dos grandes imperios se dividen Europa central como también el Medio y Cercano Oriente. De un lado encontramos la monarquía austríaca que ellos cruzarán el 6 de junio de 1865, con el Emperador Francisco José y con una Budapest en regocijo. El imperio, en camino de liberalización, para transformarse, en 1867, en el imperio ­austro-húngaro, agrupa un mosaico de pueblos y países. Al sur, el imperio otomano, en plena descomposición, se extiende oficialmente desde Constantinopla hasta Egipto, y goza de un régimen de muy vasta autonomía.

Después de haber atravesado Alemania del Sur, Suiza e Italia del Norte, nuestros viajeros se quedan una decena de días en Venecia. Por la costa adriática alcanzan Grecia, donde se detienen por seis semanas:

 

Hemos recorrido toda Grecia, explica León Dehon, en búsqueda de las épocas heroicas, de la edad clásica y de los siglos cristianos.

 

Al final de la estadía, confía:

 

Había visto con mucho placer lo que concierne al arte y la historia profana, pero me he emocionado íntimamente cuando encontré aquellos grandes recuerdos cristianos como los de San Dionisio, en Atenas, de San Pablo en el Areópago y en Corinto y de San Andrés en Patraso.

 

Esta observación nos señala el sentido del viaje, revelando los centros de interés y la mayor preocupación del joven León.

Sobre el barco que lo lleva a Alejandría, León entra en contacto con el mundo oriental: fue un choque. Sobre todo lo impresiona un bajá que se desplaza con un séquito de sesenta personas entre mujeres, esclavos, eunucos, criados y halconeros. “Es el retrato mismo de la Edad Media”, observa Dehon y añade con un dejo de superioridad:

 

Apenas uno sale de los países católicos hallamos al esclavo, al eunuco, el harén, la pereza, el desaliño, la ignorancia y la grosería.      

 

Los dos estudiantes se quedaron tres meses en Egipto, visitando los más importantes centros culturales. Allí conocerán al célebre egiptólogo Mariette, el creador del gran museo de El Cairo.

León, sin embargo, tiene prisa por llegar a Jerusalén; lo dice claramente en una carta dirigida a sus padres desde El Cairo, porque la Tierra Santa, donde se quedará un mes y medio, es la cumbre, tal vez la meta secreta de su viaje. En Palestina la peregrinación se sobrepone al turismo; los dos jóvenes siguen paso a paso las huellas de Cristo. La subida a Jerusalén se realizará a pie y cada lugar visitado está acompañado con una oración. “Visitaba rezando”, escribe Dehon para indicarnos la estima de su peregrinación. El momento fuerte de esta estadía en Tierra Santa será la semana santa de 1865 que es vivida litúrgicamente, del Domingo de Ramos hasta la mañana de Pascua, con grandísimo fervor religioso:

 

Los grandes días de la semana santa en Jerusalén son los más conmovedores que se pueden experimentar. Uno sigue, estremeciéndose, todas las etapas de la Pasión y de la Resurrección. A cada hora del día, contemplando los misterios sagrados, se puede decir: fue aquí.

 

La vuelta la realizan por el Asia Menor; paran en Constantinopla “la más magnífica ciudad del mundo”. Suben por Hungría y Austria; allí los viajeros se separan: Palustre regresa directamente a París mientras que Dehon se dirige a Roma adonde llega el 14 de junio de 1865. Es su primera estancia en Roma, que será definitiva.

 

Gracias a las cartas de recomendación de Monseñor Dupanloup, León Dehon puede encontrar a varias personalidades eclesiásticas. Consigue también una audiencia con Pío IX, al cual manifiesta su vocación y su duda sobre el lugar de sus estudios teológicos. El consejo del Papa pesará mucho sobre él: Roma le ganará a San Sulpicio de París. Esta elección marcará la personalidad religiosa del fundador de los dehonianos. Dejando la ciudad eterna anota:

 

Había acabado en Roma lo que quería hacer. Mi vocación estaba en su meta. Era la coronación de mi viaje.

 

Aún es preciso hacer que sus padres acepten, -sobre todo su padre- la elección de Roma para sus estudios. Esto no es fácil porque el progenitor no comparte las perspectivas de su hijo. Curiosamente también la madre, pese a su piedad, no comparte del todo el propósito de León. Se ve, pues, forzado y con violencia -la palabra no es demasiado fuerte- a imponer a sus padres la decisión de ir a Roma. Una determinación semejante, en un joven tan sensible como León manifiesta la firme convicción que lo domina y que lo guiará toda la vida. También se puede decir que es la única vez en la vida del P. Dehon en la cual impone con fuerza una decisión importante. Aunque esta determinación no excluye los sufrimientos y las heridas del alma, frente a la incomprensión de sus padres. El único apoyo que León encuentra en su familia, le viene de su abuela paterna, a quien él familiarmente llama “mamá Dehon”.

Las NHV en una página tan conmovedora como un relato bíblico de la vocación, nos descubren algo del combate que León tuvo que sostener en ese verano de 1865.

 

Durante esas vacaciones tuve que sostener con mis padres algunas escenas bien dolorosas. Mi padre sufría cruelmente por mi decisión: él no entendía nada. Todos sus castillos en España se desmoronaban. Mis grandes facilidades lo habían llenado de orgullo. Soñaba para mí una carrera de honores según el mundo. Durante largo tiempo deseó para mí la Escuela Politécnica. Ahora había estudiado derecho y él me destinaba a la diplomacia o la magistratura. Mi madre, de quien había esperado confiadamente una ayuda, me abandonó por completo. Era piadosa, quería que yo fuera piadoso, pero el sacerdocio la espantaba; le parecía que no sería más de la familia, que estaría perdido para ella.

 

Tuve que endurecer mi corazón para resistir todos los asaltos que hube de sostener. Fui a veces duro para con mis padres: era necesario. Les dije que era mayor de edad y que pensaba ser libre. Se llegó a la conclusión de que me dejarían partir, mas las escenas de lágrimas se renovaban a menudo.

 

La vocación religiosa del P. Dehon brota de las grandes profundidades donde arraigan todas las realidades decisivas. Se comprende que fuera capaz de enfrentar todas las pruebas futuras.

 

Roma, una segunda patria

León Dehon llega el 25 de octubre de 1865 al seminario Francés de Roma, Santa Chiara. Este edificio había sido construido en 1853 por expreso pedido de Pío IX, el cual quería multiplicar los seminarios para formar en Roma una élite eclesiástica. Santa Chiara había sido confiado a la congregación de los espiritianos que aseguraban la dirección y la gestión del mismo. Cuando llega León Dehon, el superior del instituto es el P. Freyd, un sólido alsaciano que tendrá un rol importante en su formación y en su evolución interior porque será su director espiritual. Para el P. Dehon, el P. Freyd será siempre un modelo de vida religiosa.

Después de un retiro predicado por el P. Rubillon, asistente del superior general de los jesuitas, él se sumerge “con ardor y actividad” en sus estudios que lo acercan a la meta. Concurre al colegio romano, hoy la Gregoriana, fundado en 1551 por San Ignacio de Loyola y dirigido desde entonces por los jesuitas. Este colegio fue reconocido como universidad, con sus derechos y privilegios, por Julio III, en 1552. Dehon estudiará allí por cinco años. Empieza con un año de filosofía, finalizado el cual rinde su doctorado, porque se lo dispensa de una escolaridad más larga en razón de sus estudios anteriores. Estudiará después la teología y completará su formación con el estudio del derecho canónico. En estas dos disciplinas también aprueba el doctorado. Cuando regresa de Roma, en 1871, es cuatro veces doctor: los tres doctorados conseguidos en Roma a los que hay que añadir el de París.

Esta preparación fuera de lo común explica la riqueza y la diversidad de la obra realizada por el P. Dehon.

Uno de los maestros de la Gregoriana que más lo marcará será su profesor de dogmática, el P. Juan Bautista Franzelin. Este jesuita jugará, por otra parte, un papel importante en la preparación del Vaticano I, porque es considerado como uno de los teólogos del Papa, y Pío IX lo hará cardenal en 1876. Para Dehon, Franzelin será otro modelo sacerdotal: el presbítero sabio y profundamente religioso que pone el dogma como base esencial de toda la vida cristiana y la condición de una auténtica fecundidad pastoral y espiritual entre los sacerdotes. Dehon retendrá esta perspectiva que ensayará poner en obra para su vida personal, como lo atestigua el siguiente pasaje:

 

Es por el abandono del dogma que sufrimos las ruinas morales e intelectuales de nuestra pobre sociedad.

Si la formación dogmática del sacerdote es vigorosa, su acción moralizadora será potente, porque no dejará de comunicar al pueblo convicciones que acarrean consecuencias prácticas. Así pensamos que hay que dejar, en la preparación del sacerdote, un larguísimo tiempo, la mejor parte, para el dogma; como se hace en Roma.

 

Escribiendo estas líneas, el P. Dehon piensa en los seminarios franceses que no tienen las mismas exigencias intelectuales; en ello verá una de las causas de la poca eficiencia pastoral del clero francés. En este sentido hay que entender que, para todo lo referente a la formación de los clérigos, Roma es para él una referencia.

El joven de 28 años que en octubre de 1865, llega a Roma queda literalmente fascinado por la ciudad eterna que elegirá como segunda patria. El aficionado del arte no acaba de realizar el inventario de los tesoros artísticos que Roma oculta. Encontrará también al arqueólogo Palustre que reside en ella varios inviernos seguidos. Juntos descubren y admiran la Roma artística. Pero lo que más lo entusiasma es la Roma Papal. Hasta 1870, Roma es la capital del estado pontificio donde el Papa es el soberano todopoderoso. Es el 31 de diciembre de 1870 cuando Víctor Emanuel entra en Roma y la declara capital de Italia anexando, de hecho, el Estado Papal. El sumo Pontífice se considera prisionero en el Vaticano.

Dehon, entonces, habrá conocido los últimos años de la ciudad papal con la corte pontificia y sus ostentaciones suntuosas, sus grandes liturgias en las principales basílicas, como las inolvidables bendiciones papales en la plaza de San Pedro, de las cuales dice que “no hay nada más imponente”. Toda esta solemnidad lo impresiona y lo seduce a tal punto que conserva una cierta nostalgia. Pero si Dehon, con el correr de los años, llega a ser más y más romano, como él mismo lo reconoce, es porque hace la experiencia de una ciudad que vive al ritmo de la religión, que ha conservado, de alguna manera, su alma cristiana. Una carta del 5 de marzo de 1869, dirigida a sus padres que acaban de visitar la ciudad eterna, revela claramente este trasfondo:

 

Ustedes han comprendido que Roma es como un santuario donde Dios hace sentir especialmente su influencia sobrenatural, derramando abundantemente sus favores e instruyéndolos con los ejemplos de sus santos.

 

Desde este punto de vista, Roma sigue siendo para él un “modelo”, sociológicamente hablando, de la articulación del cristianismo con la sociedad, una concentración de vida social cristiana que desaparecerá con la supresión del Estado Papal. Después de una estancia en Roma, en enero de 1891, afirma a este propósito:

 

Residiendo hoy en Roma se experimenta un malestar indecible que crece día a día. Roma no ve más a su Pontífice, no tiene más fiestas, no más dicha: su vida social está casi apagada.

 

Una espiritualidad sacerdotal

Para Dehon, Roma es inseparable de la persona del Papa. En cada estadía en Roma procura tener una audiencia con el Papa, como lo veremos más adelante. Sus encuentros con el Soberano Pontífice representan, a sus ojos, momentos de gracia, de tiempo, excepcionales. A lo largo de su existencia Dehon cultivará una verdadera devoción al Papa, como era común en la época.

 

Pasar un cuarto de hora junto al Vicario de Jesucristo, escribe el 11 de diciembre de 1890, ¡qué gracia! ¡Hay que haber experimentado estas santas y puras emociones para comprenderlas! La audiencia del Vicario de Jesucristo tiene algo de las impresiones de la primera comunión y de una primera misa, que son audiencias con el mismo Cristo.

 

Mas, si para el P. Dehon Roma es siempre una referencia, es ante todo porque allí pudo realizar su sueño más querido, el sacerdocio.

Podemos decir que su vida de seminarista estará habitada por este designio. El texto mismo de sus NHV es significativo sobre este punto de vista. “Por fin me hallaba en mi ambiente, era feliz”. Hacía falta la extrema sobriedad de esta nota sobre la llegada al seminario de Santa Chiara para expresar la plenitud interior del joven, porque el tiempo del seminario representa para él un período de gracia, de intensa maduración intelectual y espiritual.

Podrá allí apuntar a los dos objetivos que ha planeado alcanzar para su sacerdocio: “la piedad y la ciencia”, términos que saco de una carta del 12 de noviembre de 1865. El seminarista define aquí las grandes exigencias de su sacerdocio. Más tarde, el P. Dehon añadirá el apostolado, particularmente social. Así bosqueja lo que él llama la trilogía dehoniana que, a sus ojos, debe estructurar toda su vida de presbítero: santo, sabio, apóstol. El marco de toda su vida encierra esto; a esto volverá con regularidad, especialmente en sus obras sociales. El marco se completará según las circunstancias, muy diversas por lo demás. Su solidez le permitirá una existencia rica, variada, a veces también dispersa, que sin embargo se unifica alrededor de esta triple exigencia.

Porque si el P. Dehon pudo superar grandes resistencias paternas para ser sacerdote es porque tiene una idea elevada del presbiterado que no se expresa en términos de función y de ministerio, sino de vida. Ve y vive el sacerdocio como una vida de unión, la más estrecha posible, con Dios. Bajo la guía de su padre espiritual, el P. Freyd, León entra en la problemática de la escuela francesa que propone al cristiano, sobre todo al sacerdote, profundizar la unión con Dios meditando incansablemente los misterios de la vida de Jesús. En esta contemplación de los misterios; es decir, de los grandes acontecimientos de la vida de Cristo, el estudiante descubre y acoge el amor de Dios para con los hombres. Este camino le permite integrar la espiritualidad del Corazón de Jesús que hereda de la época, particularmente de su madre. Asistimos así al nacimiento de una actitud espiritual típica que va definiendo progresivamente una sensibilidad dehoniana que el fundador querrá legar a sus hijos como él escribe:

 

Es vocación de las almas consagradas a mi corazón procurar siempre descubrir mi amor bajo la corteza de todos los misterios.

 

Desde este punto de vista, Dehon se sitúa en la línea de Bérulle, de Olier, de Juan Eudes que están preocupados por la idea del sacerdocio y que procuran fortificar al sacerdote integrándolo a una congregación religiosa o a una sociedad presbiteral.

En la lógica de la espiritualidad de la escuela francesa, Dehon concibe, desde los años de su seminario, al sacerdocio en términos de vida religiosa; es decir, de consagración a Dios. Con Bérulle ve en el sacerdote primero un “consagrado” que actúa in persona Christi. Esta consagración es la condición de su eficacia espiritual y misionera. En la medida en que el sacerdote es otro Cristo, debe, según la expresión de San Pablo, tener los mismos sentimientos de Cristo. Dehon percibe muchísimo esta exigencia interna de unión y de imitación que lo identifica más al que se da y que quiere servir. “Ardía en deseos de llegar a ser un santo sacerdote”, nos confía. Es esta lógica de la santidad la que lo va llevando progresivamente a la vida religiosa. Ella está incluida, para usar una expresión viable, en la coherencia espiritual de su partida. En espera de esta plenitud, esta espiritualidad prepara a León Dehon al sacerdocio como un encuentro personal con Cristo.

Es consagrado sacerdote, en presencia de sus padres, el 19 de diciembre de 1868, en la Basílica de San Juan de Letrán, la madre de todas las iglesias. Su dicha es aún más grande porque su padre participa de la impresionante ceremonia de ordenación de casi 200 sacerdotes. Al día siguiente, los padres asisten a la primera misa de su hijo y comulgan de su mano. La emoción alcanza el colmo, porque el hijo es testigo de la vuelta a la práctica religiosa de su padre, objeto de tantas oraciones y luchas.

Una frase de sus NHV me parece resumir bien los sentimientos profundos del nuevo sacerdote. Se puede también ver en ella el hilo conductor de su futuro ministerio sacerdotal.

 

Yo me levantaba presbítero, poseído por Cristo, todo lleno de El, de su amor por el Padre, de su celo por las almas, de su espíritu de oración y de sacrificio.

 

El concilio Vaticano I

Un acontecimiento excepcional marcará la estadía romana de León Dehon, el concilio Vaticano I que empieza el 8 de diciembre de 1869. Nuestro estudiante vivirá desde adentro este acontecimiento mayor de la vida de la Iglesia, puesto que forma parte de una veintena de estenógrafos encargados de seguir las sesiones solemnes. Tal función trastornará su ritmo de estudios, pero le brindará la ocasión de una experiencia única. A través de la extrema variedad del cuerpo episcopal, del cual unos 774 representantes participan en el concilio, el joven sacerdote descubre la extraordinaria diversidad, la sabrosa riqueza de su Iglesia. El concilio le brinda la experiencia de universalidad de la Iglesia. Para él la Iglesia no se limita jamás a los intereses de un solo campanario; al contrario, tiene una visión amplia, abierta, casi mundial. Roma es para él el símbolo de tal universalidad; ella es el espejo de esos miles de rostros de un único y mismo credo.

El concilio proporciona al estenógrafo la ocasión de rozar cotidianamente a hombres a los que la función episcopal coloca más bien en una vidriera de catedral. Mide su densidad humana, con sus debilidades y sus límites, pero también con sus convicciones y sus pasiones. Según su costumbre, León Dehon redacta un diario que, por otra parte, ha sido publicado en 1962 con motivo de la apertura del Vaticano II. Este diario del concilio es un documento precioso: nos entrega el reflejo de un gran acontecimiento vivido por un joven sacerdote francés. Contiene una galería de retratos que subraya la extrema diversidad de esta asamblea de Obispos. Las observaciones sobre las personas recalcan las apuestas del encuentro, poniendo en evidencia “la lucha ardiente y a menudo apasionada en el concilio y fuera de él” a propósito de la infalibilidad papal. No debemos admirarnos de ver al P. Dehon tomar conocimiento y partido en la definición de este dogma. Pero sabe reconocer el mérito de los contrarios como Dupanloup o Maret que arrastran, tras sus personas, a la mayoría del episcopado francés. Está satisfecho con el alemán Trossmayer por haber dado toda su amplitud a un debate que, siguiendo los esquemas preparatorios, reflejaba demasiado unilateralmente el punto de vista romano. Se hace eco del pedido del obispo de Orleans: “Hay que hacer un gran concilio”. Y desde este punto de vista, echa de menos vivamente que los contrarios a la proclamación del dogma hayan sido excluidos de las comisiones preparatorias.

“Se comenzó enseguida con un poco de estrechez de miras como en la clase de teología”. Esta observación, hecha por un romano convencido, manifiesta una personalidad abierta más allá de sus propias convicciones.

El concilio es una encrucijada de hombres y de ideas. León Dehon lo aprovecha al máximo y encuentra personalidades que, por distintos motivos, están en Roma. Verá regularmente al periodista Luis Vevillot que informa a los lectores del gran diario católico fundado por Migne, “L'Univers”, sobre los trabajos del concilio. León admira al reportero, cuyos comentarios usa abundantemente, aunque lamente la posición tomada o el tono polémico “perfecto para los presbíteros pero chocante para los no iniciados”, precisa Dehon. Igualmente encuentra a Gratry, ya conocido, en París; conoce al P. d'Alzon, fundador de los asuncionistas, quien desea fundar una universidad católica en Nîmes. Dehon comparte sus preocupaciones sobre la formación clerical y le somete sus proyectos que confía también a monseñor Mermillod, el futuro animador de lo que se llama la unión de Friburgo, que será uno de los crisoles de la doctrina social de la Iglesia. Entre d'Alzon y Dehon, no obstante la diferencia de edad y de temperamento, hay una vasta identidad de ideas, especialmente sobre la Iglesia de Francia, a tal punto que el joven sacerdote se preguntará, durante un largo tiempo, si no debería entrar en los asuncionistas.

Roma, el concilio, los numerosos encuentros y contactos dan al P. Dehon una altura de miras a partir de la cual él procura analizar lo más objetivamente posible la situación de la Iglesia en Francia. Se asombra particularmente de la debilidad intelectual y teológica del episcopado francés. “Hemos sido muy humillados en este aspecto”, comenta Dehon. A sus ojos esta carencia es la consecuencia de una política desastrosa dirigida por el episcopado francés.

Claramente se expresa en su diario:

 

Francia no poseía más universidades católicas. Nuestros seminarios eran piadosos, pero se contentaban con organizar pequeños cursos después de la Revolución y seguían en esta postura.

 

Hallamos aquí un tema grato al P. Dehon, que goza profundizándolo con motivo del Concilio Vaticano I. El reúne, con más matices, el juicio un tanto mordaz, de Stendhal en Rojo y Negro:

“Después de Voltaire... la Iglesia de Francia parece haber comprendido que los libros son sus verdaderos enemigos. La sumisión del corazón es más importante a sus ojos. Tener éxito en los estudios, aún sagrados, le es sospechoso y con derecho.”

El 18 de julio de 1870, la constitución Pastor aeternus, que define la infalibilidad papal, es votada por casi unanimidad: sobre 535 votantes hay sólo dos votos contrarios. Es cierto que unos 80 opositores no habían concurrido a esta sesión solemne. Dehon tiene cuidado de anotar, con la mayor satisfacción que, en adelante, todos los contrarios aceptaron el dogma, una vez proclamado. El 20 de julio, en compañía de Monseñor Pie, obispo de Poitiers, con quien viaja en el mismo compartimiento de ferrocarril hasta Lyon, regresa a Francia. Los acontecimientos políticos se precipitan. La guerra franco-alemana como la caída del Estado Pontificio impedirán la reanudación del concilio. El joven presbítero vivirá estos sucesos en La Capelle, milagrosamente preservada, aunque allí se oye tronar el cañón, y las vanguardias prusianas acampan a algunos kilómetros de allí en Hirson, Vervins, Guisa. En la misma La Capelle que ve pasar una parte de la armada derrotada, después del revés de Sedan, acampan unos seiscientos soldados, en su mayoría originarios del Flandes francés. Naturalmente él llega a ser su capellán. Lleva su preocupación pastoral hasta dar cada semana pequeñas charlas religiosas a estos soldados algo ociosos.

Excepto, entonces, un pequeño ministerio, el P. Dehon consagra sus largos meses de guerra a la lectura. Estudia, según su afirmación, “los espíritus dirigentes de nuestro siglo...” de Maistre, Montalembert, Ozanan, Lacordaire, a los cuales agrega el historiador Guizot como líder de la escuela social liberal cristiana, Carlos Perrín. Dehon se empapa de sus análisis, que lo ayudan a comprender la cuestión social. Quedamos sorprendidos por tal elección de lecturas que denotan una necesidad de comprender su época, de abrirse a las grandes cuestiones contemporáneas. Los estudios no encierran a Dehon en un universo fuera de su tiempo y de las preocupaciones de los hombres; al contrario, son la palanca para una mejor presencia en su tiempo. Es la inteligencia puesta al servicio del compromiso.

 

Sacerdote ¿Para que misión?

Después de la firma de los preliminares de paz, el 26 de febrero de 1871, Dehon considera el regreso a Roma para completar sus estudios. Se pone en camino en marzo, mas se queda algunas días en Nîmes para hablar con el P. d'Alzon y con un compañero de Roma, el cura Desaire quien se ha unido a los asuncionistas. Se intercambian ideas sobre la necesaria renovación de los estudios eclesiásticos. ¿Esta reforma debe realizarse bajo la dirección de d'Alzon? A esta pregunta Dehon, no obstante todas las presiones, no contesta; sigue en la duda, comparte el análisis, denuncia las mismas irregularidades de la Iglesia de Francia. Está igualmente de acuerdo con los objetivos a realizar. Una carta posterior, del 28 de noviembre de 1874, los precisa:

 

La enseñanza superior me parece el medio más eficaz para rehacer la sociedad cristiana. En nuestras ciudades salvamos algunas almas, pero en el conjunto somos dominados por la corriente y la educación universitaria que cada día hace más mal que el bien que podamos hacer.

 

Sin embargo, León duda. Primero de la fiabilidad del proyecto universitario católico de Nîmes. Piensa que tal realización sólo puede dar resultado con el concurso del episcopado que se hace esperar. En otra parte se interroga sobre la personalidad de d'Alzon. Estamos evidentemente en presencia de temperamentos bien distintos. D'Alzon es un hombre más bien de acción, de temperamento vivaz, emprendedor hasta el punto de llegar a ser enredador a veces, hasta la exageración; Dehon, al contrario, es más bien reservado, moderado en sus pasos y aun vacilante sobre las grandes elecciones futuras. La diferencia de edad, por otro lado -d'Alzon ha nacido en 1810- no facilita el entendimiento. Dehon ha venido a buscar consejo y luz para sus futuros compromisos. D'Alzon, aferrado por sus múltiples obras, busca colaboradores de la envergadura de Dehon para secundarlo. No toma la necesaria distancia para el consejo; busca más bien convencer y ganar al interlocutor para su causa. El balance que Dehon hace del encuentro da testimonio de la incomprensión entre los dos hombres.

 

El P. d'Alzon parecía comprender y apreciar nuestros proyectos pero, en el fondo, él era un hombre de acción, osaría decir también de agitación, en el sentido más positivo del término, más que hombre de estudio. Partí de Roma, conservando mis dudas.

 

La Roma laica

Con una cierta aprehensión Dehon deja Nîmes por Roma, donde llega el 18 de marzo. Se pregunta qué hallará en la capital de la cristiandad cuyo estado político ha cambiado radicalmente. El día siguiente a su llegada envía una carta tranquilizadora a sus padres: políticamente todo está en calma. Roma, invadida por los piamonteses a quienes él llama “la canalla” no sufre perturbación o desorden. Cada uno está metido en sus cosas. Los cursos de la Gregoriana se desarrollan normalmente.

Pero, desde el punto de vista religioso, todo ha cambiado. El “bandidaje italiano” -saco esta expresión de una carta a sus padres del 1º de mayo de 1871- ha transformado el espíritu de la ciudad, derramando los principios laicos y revolucionarios. En su correspondencia con sus padres o con Palustre, el P. Dehon gusta oponer el pueblo romano con los Piamonteses invasores y semejantes a la canalla revolucionaria: oposición fácil, probablemente dictada más por sus sentimientos personales que por la opinión de los Romanos. El paralelismo que establece en una carta entre el ocupante piamontés en Roma y la ocupación prusiana en Francia muestra su partido definido. El P. Dehon, por otro lado, está persuadido de que la ocupación de Roma será de corta duración y de que sus efectos estarán limitados.

 

Ellos (los Piamonteses) pasarán como la inundación -arriesga pronosticar- y se barrerá el lodo que dejarán.

 

Otro paralelismo, muy revelador, aparece en su correspondencia de la época. La ocupación de Roma, como la Comuna de París, a los ojos del P. Dehon, son frutos de una misma causa: la revolución atea que preconiza un Estado sin Dios. No ve en los desórdenes y en la decadencia de las costumbres sino una consecuencia obligatoria de los principios revolucionarios cosmopolitas esparcidos por las sociedades secretas y por la masonería. El análisis dehoniano en la materia se limita sólo al punto de vista moral religioso. No comprende otro aspecto del problema. A pesar de todas las evoluciones, Dehon conservará esta reacción como telón de fondo de sus juicios. Actualmente rechaza una sociedad cuyos valores de referencia no sean los del cristianismo. En este sentido no reconoce más en la capital italiana su Roma de la cristiandad. El reproche esencial, dirigido a los republicanos, atañe menos a la elección de la forma de gobierno que a los principios laicos de la separación del Estado de la religión. Dehon retomará este debate a propósito de Francia en los años 1890, cambiando sensiblemente la problemática.

A fines de julio de 1871, Dehon ha finalizado sus estudios romanos. Antes de regresar a Francia, hace un retiro bajo la dirección del P. Mauron, superior general de los redentoristas, a fin de buscar una respuesta para su porvenir. La cuestión es importante y el tiempo apremia. En el estado actual de las cosas, se impone una doble orientación: la vida religiosa que, según ya hemos visto, fluía en su evolución espiritual. Por otra parte piensa, desde hace tiempo, en un proyecto de estudios eclesiásticos que penetre en la renovación de la enseñanza y de la formación de los futuros clérigos. Este proyecto está tan maduro, tan detallado que, en el mes de agosto, viaja a Lovaina para estudiar de cerca el funcionamiento de la universidad y más en particular el del colegio teológico. Para Dehon esta doble perspectiva tiene su coherencia interna; ella es motivada por una única preocupación evangélica: poder unificar una vida sacerdotal y religiosa. La cuestión determinante, que queda en suspenso y de la cual el joven sacerdote busca la luz, es saber si debe llevar a cabo este proyecto bajo

la dirección del P. d'Alzon cuyos objetivos, según hemos visto, son muy semejantes.“Salí del retiro, dice Dehon, inclinándome hacia la Asunción, pero sin una determinación muy segura”. En resumen él no ve siempre con claridad su futuro; adhiere globalmente a la obra del P. d'Alzon sin poder decidirse a consagrar su vida. ¿De dónde puede venir esta resistencia?

Durante el verano, las cartas del P. d'Alzon se hacen apremiantes. Está, por fin, decidido que el P. Dehon vaya a Nîmes al principio de octubre; pero a medida que el plazo se acerca, León Dehon se halla más y más inquieto. Habla de angustia ante la idea de considerar esta solución. En el sentido estricto de la palabra, el P. Dehon se enferma al querer alcanzar Nîmes. Frente a esta situación, a fines de septiembre despacha un telegrama a su director espiritual de Roma, el P. Freyd, quien le contesta telegráficamente el 1 de octubre. El despacho que, según el P. Dehon, ha determinado la orientación de su vida, está redactado en estos términos: "su vacilación es legítima. Sería mejor que tomara cierta distancia si fuera posible". Hay que afirmar que el P. Freyd teñía sus reservas sobre la personalidad del P. d'Alzon. Por otro lado, no veía la necesidad de una enseñanza católica superior en Francia porque, en el fondo, temía una competencia a las universidades romanas y a su seminario Santa Chiara.

 

Una decisión episcopal incomprensible

Sea lo que fuere, este telegrama deja en libertad al joven sacerdote, quien ve en él una señal de la Providencia. El P. d'Alzon tendrá una lectura más amarga que no quedará sin consecuencias sobre sus futuras relaciones y sobre las de su fundación respectiva. Dehon no irá de inmediato a Nîmes; se pone a disposición provisoriamente del obispo de Soissons, a la espera de hallar una solución definitiva a su porvenir.

El 3 de noviembre llega la respuesta del obispo. El P. Dehon , sin otra forma de proceso, es nombrado séptimo vicario de la basílica de San Quintín, que es la única parroquia de esta segunda ciudad, en importancia, del departamento de Aisne. El golpe es fuerte. Tal nombramiento está en las antípodas de los proyectos del joven presbítero: una vida consagrada a los estudios para responder a los desafíos de los tiempos modernos. De hecho, es difícil dar una explicación a tal decisión episcopal. No sólo no innova desde el punto de vista pastoral, puesto que Dehon llega a ser un oscuro vicario de una parroquia de proporciones desmesuradas, sino que, por otra parte, no toma para nada en cuenta las cualidades excepcionales, la preparación fuera de lo común del joven sacerdote. Soissons era una

diócesis pobre en hombres y en valores. Dehon no será el único en asombrarse de tal nombramiento. Su condiscípulo de Roma, el P. Bougouin, futuro obispo de Périgueux, al saber la noticia, le escribe su decepción:

 

San Quintín estaba lejos de sus previsiones, como la vida que allí conducirá... Experimento un sentimiento de tristeza.

 

Por lo que se refiere al P. Dehon, él ve en esta decisión un llamado de Dios. Así lo vive, retomando la actitud misma de María en la Anunciación: fíat, que se cumpla en mí lo que has dicho. Vemos dibujarse aquí como un reflejo espiritual que encontraremos a lo largo de toda la vida del P. Dehon, esta disponibilidad a lo que acontece como si fuera misteriosamente guiado por la divina Providencia. Será un rasgo característico de su espiritualidad que él llama abandono. Esta actitud espiritual, muy evangélica, manifiesta, por otro lado, una calidad humana que revela una sensibilidad cultural particular, me refiero a la fe en el porvenir. Dehon forma parte de estos hombres con espíritu de fundadores, que siempre miran a lo lejos, escrutando el horizonte, para quedar abiertos al futuro. Estos hombres crean el porvenir.

Su paso por el ministerio pastoral ordinario marcará una etapa decisiva en la vida de Dehon. En San Quintín realizará la experiencia de un sacerdocio-misión, cuando hasta el presente sólo lo había vivido como santidad.

 

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