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HACIA NUEVOS HORIZONTES
Después de 1878, la actividad del
P. Dehon es absorbida por la dirección de una gran institución escolar que,
desde el inicio del año lectivo de 1880, comienza con 15 clases y por el
gobierno de su congregación. Acabamos de conocer las peripecias del nacimiento.
Después del breve laudatorio de 1888 el clima cambia. El fundador encuentra una
segura serenidad, porque se siente confortado en su proyecto por el documento
romano. Da nueva amplitud a sus compromisos; su actividad supera el límite de
la diócesis y de la región para volcarse sobre toda Francia. Su irradiación
superará también los límites del país. El fundador está libre de la angustia
interior a propósito de la supervivencia de su congregación. Con la seguridad
alcanzada en este punto, puede brindar toda la riqueza de su personalidad.
Lo más significativo de este
movimiento se halla en un cambio de acento, como si asistiéramos a una
redistribución de los elementos constitutivos. El período que va desde 1889
hasta los primeros años del siglo XX es marcado por una intensa actividad social
y cultural. El decenio anterior estuvo ocupado por su fundación. Los temas que
vuelven constantemente en las notas de esta época pertenecen a la teología
ascética y mística y dan vueltas alrededor de los problemas de la reparación.
Hay reorganización. No que después de 1888 Dehon renuncie a esta problemática,
pero podría decirse que la inscribe en una perspectiva más vasta y por este
hecho la relativiza. Su visión ascética entra en un campo pastoral y cultural.
Por cultural hay que entender una actividad al servicio de la sociedad. Dicho
de otra manera, su espiritualidad, siempre marcada por la idea de la
reparación, no se vivirá más fuera de los rumores del mundo, sin relación con
los cambios, los problemas, la dinámica misma de la sociedad. Ella reviste así
una dimensión apostólica.
El primer signo de este cambio
aparece en 1887, cuando el fundador responde a las numerosas y repetidas
solicitaciones de León Harmel. Los dos hombres, además de las preocupaciones
sociales, tienen en común una profunda devoción al Corazón de Jesús. Impresionado
por la personalidad y el compromiso del P. Dehon, Harmel pide algunos
religiosos dehonianos para la capellanía de su célebre fábrica-comunidad de
Val-des-Bois que, para la época, es una referencia de progreso social en
armonía con el espíritu cristiano. En julio de 1887, los primeros dehonianos
llegan a Val-des-Bois, y quedarán tres cuartos del siglo. El 7 de julio, el P.
Dehon escribe esta observación: “Espero de esta fundación muchas ventajas para
el desarrollo de la obra”. Es efectivamente un desarrollo inédito, que sale de
los caminos recorridos por la pastoral de la época y no se apega a la práctica
de una consagración reparadora victimal.
En este sentido, la inserción en un
medio profesional es significativa de la voluntad del fundador de ensanchar sus
campos y perspectivas. Pero esta fundación no responderá a las perspectivas del
P. Dehon: quedará como una iniciativa aislada, más simbólica que real con
respecto a la evolución del instituto.
Tal iniciativa atestigua la
maduración del proyecto dehoniano, su evolución. Durante los primeros diez años
del instituto, en la lógica de la corriente victimal, todo acontece como si la
fundación dehoniana se redujera a una cierta forma de vida interior, con
marcados acentos de contemplación. Se la puede resumir en la idea del sacerdote
reparador o víctima. Un buen número de religiosos de la primera generación vive
en esta concepción, hasta el punto que, entre 1893 y 1900, reinará en la
congregación una verdadera tensión con reales amenazas de escisión.
En 1897, el P. Dehon renuncia a un
viaje al Zaire con motivo de preparar una implantación misionera, porque teme
hallar, a su regreso, su obra “derribada”, según su expresión. Una parte de los
religiosos no entiende la actividad social del fundador. Un pequeño núcleo,
agrupado alrededor del P. Blancal, que viene de los sacerdotes del Sagrado
Corazón de Toulouse, apoyado en secreto por el obispo de Soissons que se opone
a la internacionalización del instituto, conduce la resistencia contra el P.
Dehon.
En un informe dirigido al superior
general, este pequeño grupo se hace portavoz de una opinión más general. Se
perciben las graves divergencias sobre la finalidad de la congregación. Se
enfrentan dos concepciones de la vida religiosa y, con mirada retrospectiva,
podemos preguntarnos cómo han podido coexistir.
“Entrando en la Sociedad del Corazón
de Jesús -dice el informe- nosotros hemos querido unirnos a una familia
consagrada a la vida interior... cuyas obras capitales son: la adoración del
Santo Sacramento y la difusión de la doctrina de amor, de misericordia y de
sacrificio que fluyen de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, por medio de
la predicación de los retiros, sobre todo en las comunidades religiosas, y de
algunas misiones, sobre todo entre el pueblo sencillo”.
Aquí aparecen con toda claridad
algunas consecuencias de las ambigüedades de origen que hemos, señalado y que
encierran el proyecto dehoniano en un marco estrechó y poco radiante. La
maduración que ha seguido a la condena ha permitido al P. Dehon salir de esta
verdadera trampa que arriesgaba sofocar su institución. Pero no todos lo
entienden y las ambigüedades seguirán hipotecando el desarrollo y la coherencia
del instituto.
Espiritualidad del Sagrado Corazón y laicismo
Como muchos cristianos del siglo
XIX, Dehon tiene una conciencia aguda del Reino de Dios, de su urgencia. Pero
estamos en presencia de una conciencia trágica, por el hecho de la evolución de
las mentalidades y de las sociedades, que desgarra la coherencia espiritual y
social que la cristiandad había logrado formar. La sociedad no sólo se emancipa
de la tutela de la Iglesia, sino que pretende evolucionar y darse normas fuera
de toda referencia y obediencia religiosa. La Iglesia asiste impotente a esta
ruptura llamada laicismo que procura privatizar el mensaje evangélico,
recusándole toda pretensión a una dimensión social.
La Revolución francesa que Mons.
Ségur o el P. Ramière, el fundador del Mensajero
del Corazón de Jesús, entre otros, comparan con la obra de Satanás, brilla
como el símbolo de esta nueva sociedad laica y atea. Con relación a esta
sociedad y para oponérsele espiritualmente, ya que políticamente los católicos
están divididos, la idea de reparación cobra todo su significado. Una parte del
catolicismo francés, en particular numerosas congregaciones femeninas, intuye
la necesidad y urgencia de la reparación frente a esta situación
socio-política. La espiritualidad del Sagrado Corazón servirá de soporte a esta
corriente. Se desarrolla una literatura abundante que mezcla y confunde
sensibilidad política, patriotismo y mensaje evangélico. El canto “Salvad,
salvad la Francia en nombre del Sagrado Corazón”, que resuena en todos los
templos, es un ejemplo típico y las peregrinaciones de los parlamentarios a
Paray-le-Monial, particularmente en 1873, conservan esta confusión.
En la voluminosa obra del P. Dehon,
hallamos conceptos que se remiten, punto por punto, a estas características.
Desde este enfoque, él pertenece, por su cultura y sensibilidad al catolicismo
francés del siglo XIX. Pero se diferencia de él por un cambio de acento. Con
los mismos rasgos esenciales, los distribuye de otra manera para desembocar en
una configuración original. Probablemente es su paso por Roma, donde se siente
en su casa, el que le da esta libertad con relación al catolicismo francés.
El Reino del Corazón de Jesús en las almas y en las sociedades
La primera gran iniciativa de
Dehon, dentro de esta perspectiva es el lanzamiento de una revista, en enero de
1889. El título de la publicación que él quiere mensual, manifiesta el estado
de ánimo de su fundador quien delinea el programa en el editorial: El Reino del Corazón de Jesús en las almas y
en las sociedades. La ardiente necesidad del Reino se proclama en un
artículo del primer número, intitulado “Nuestro programa”. Empieza con estas
palabras, tomadas de Margarita María: “Yo reinaré... a pesar de todas las
oposiciones”. Aquí tenemos un periódico mensual claramente ofensivo, llevado
por una voluntad firme y decidida de reconquista cristiana, tanto en el plano
individual como en el social.
Hojeando los números, llama la
atención el mensaje de esperanza que trasunta y que se dirige a todos,
principalmente al clero y a los que desesperan y están desamparados. Dehon
quiere trazar una perspectiva futura en esta sociedad que abandona sus signos cristianos.
Procura buscar un camino de evangelización de esta sociedad tal como se
configura. Es necesario, en primer lugar, conocer los elementos constitutivos,
las líneas de fuerza. En resumen, se impone un trabajo previo de análisis. En
este espíritu, cada entrega trae una crónica, redactada la mayoría de las veces
por el P. Dehon, que relata y analiza los acontecimientos salientes de Francia
y de la Iglesia. El hecho de que sea el P. Dehon en persona quien la redacta,
incluso cuando está en Roma, muestra hasta qué punto él es quien percibe,
dentro de esta sociedad de fines del siglo XIX sus evoluciones, sus esperanzas
y frustraciones, pero en una visión más amplia que el solo punto de vista
francés. El resto del contenido de la revista se reparte entre artículos de
espiritualidad en la tradición del Corazón de Jesús y artículos sociales.
Injustamente esta revista, que
alcanza los dos mil suscriptores, fundamentalmente entre el clero, ha sido
juzgada con cierta parcialidad como una publicación de espiritualidad, como un
facsímil de la revista de Paray-le-Monial que el P. Dehon conoce bien: El Reino de Jesucristo. Es interesante
ver hasta qué punto su fundador rechaza tal análisis. Cuando en 1903, Dehon se
ve obligado a suspender su publicación, escribe: “Ella era el globo de ensayo
de mis estudios sociales, que entregaba antes de publicarlos en volúmenes”. Y
hay que agregar que esta orientación, típica de una nueva manera de presencia
de la Iglesia en una sociedad en camino de secularización, le hizo perder
numerosos suscriptores desde el primer momento. De esta manera se ve que, en el
espíritu de Dehon, el “Reino” se integra explícitamente a su problemática
social, hecha de compromiso y de reflexión.
La originalidad dehoniana reside en
esta articulación de campos que se ignoraban hasta el momento. Desde este punto
de vista, Dehon pertenece a la generación que asiste a los últimos crujidos de
la cristiandad antes de su hundimiento. Conserva la devoción al Corazón de
Jesús, pero ella no podría significar más la homogeneidad entre la sociedad y
la cristiandad como lo fue desde Margarita María. No queriendo hacer de tal
devoción un instrumento de reacción ni de repliegue impotente en la
interioridad subjetiva, le otorga un nuevo lugar de expresión que será el
espacio social. Para Dehon, vida interior y estado social se juntan en esta
espiritualidad, como se atestigua en la exhortación que él pone en boca de
Cristo y que se dirige a un ejercitante:
“Dejar reinar mi corazón en tu vida
interior y trabajar con la oración y la acción para el reinado de mi Corazón en
la sociedad; ésta debe ser la resolución de tu retiro”.
Lo que en la época era percibido y
visto como una simple devoción, con Dehon llega a ser un desarrollo de
renovación del cristianismo y de la sociedad. Luchará para arrancar la
espiritualidad del Sagrado Corazón de la esfera devocional e intimista en la cual
se había refugiado. Por otro lado, trabajará con León Harmel con el mismo fin
en lo que concierne a la Tercera Orden franciscana a la que pertenece. En los
dos casos, Dehon quiere articular vida interior y celo apostólico. Esta
perspectiva y esta preocupación definen el fin de la Revista como lo indica una
frase preliminar particularmente fuerte:
“El culto del Corazón de Jesús, no
es para nosotros una simple devoción, sino una verdadera devoción de toda la
vida cristiana y el acontecimiento más considerable después de la redención.
Este pensamiento domina todos los esfuerzos de nuestro apostolado y es, por
otra parte, la razón de ser de esta revista”.
Renovación, en el sentido de
fermento que debe transformar toda la sociedad. En otras palabras, la
espiritualidad del Corazón de Cristo no se reduce a un fervor espiritual; ella
debe ser un dinamismo de renovación social y de justicia social. El dúo clásico
en el P. Dehon “amor-justicia” se junta en la fórmula que se repite una y otra
vez bajo su pluma: el reino social del
Sagrado Corazón. No es él el inventor de la fórmula que encuentra en el
uruguayo Matovelle, del cual ya hemos hablado, pero él la hace popular en
Francia en el último decenio del siglo XIX. La idea que sostiene esta expresión
y que tiene irrefutables connotaciones políticas, es que hay que unir la
dimensión de amor a todo esfuerzo y a toda reivindicación de justicia; que el
amor no puede prescindir de la justicia. Esta articulación es, en cierto modo,
el punto de equilibrio de las obras de Dehon. En sus libros que tratan los
problemas de la sociedad, Dehon consagra un capítulo a la espiritualidad del
Sagrado Corazón para dar un arraigo místico a la perspectiva social. Y en la
mayoría de sus obras espirituales desarrolla consideraciones sobre el reino
social del Corazón de Jesús para subrayar la dimensión social de esta
espiritualidad.
Un doble centenario
Y, por fin el último elemento de
esta autopsia de la revista, su fecha de lanzamiento: 1889, primer centenario
de la Revolución francesa. El gobierno de las izquierdas la celebra, en tono
menor para evitar toda provocación; festeja más la República que la Revolución.
Será la Exposición universal, con la inauguración de la torre Eiffel, la que
dará todo su brillo al acontecimiento. La manifestación atrae toda Europa a
París, incluidos los socialistas que crean allí la II Internacional. Serán los
católicos quienes conmemorarán, por el
contrario, la Revolución y sus fechorías. En el congreso internacional de
París, en 1888, se lanza la idea de oponer al centenario de la Revolución el
del reino social del Sagrado Corazón, como recuerdo del segundo centenario de
las apariciones de Paray-le-Monial. Dehon retoma la idea, pero con espíritu
menos polémico que El Mensajero del
Corazón de Jesús.
El lanzamiento de su revista se
inscribe así en el ámbito de un doble centenario. Haciendo el análisis del
orden social impulsado por la Revolución, él propone, de hecho, otro proyecto
de sociedad, cuya inspiración hay que sacarla del Evangelio. Dehon arremete,
lanza en ristre, contra las evoluciones que empiezan con el Renacimiento porque
éstas no tienen más en cuenta las ansias y las necesidades religiosas de los
hombres. Para él, relegando lo religioso hacia la esfera de lo privado, se lo
maltrata y no se le brindan los medios para expandirse. Dehon rechaza
categóricamente esta tesis nacida del liberalismo y que los socialistas
adoptarán. Este “ateísmo social”, según su expresión, es el mal por excelencia
de su época. Desde este punto de vista, Dehon pertenece a la corriente del catolicismo
intransigente del siglo XIX.
Por otro lado, el Dehon realista
sabe que la historia no se rehace. Su intransigencia doctrinal debe acomodarse
a un estado de hecho. Aquí aparece de nuevo su personalidad abierta,
equilibrada, que no se encierra en la intransigencia de tantos doctrinarios
ciegos. Puesto que, de hecho, la política ha tomado su camino independiente con
relación a lo religioso, Dehon desplaza los elementos del problema y sustituye
lo social a lo político. El milita, pues, en favor de una presencia de la
Iglesia en el nivel social. En lugar de un enfrentamiento estéril y costoso con
el Estado, preconiza una acción a nivel de la sociedad civil, sobre todo por la
creación de asociaciones. Dice también que el siglo XX será el siglo de las
asociaciones. Es todo el sentido de su combate por la democracia, que debe
reconciliar la Iglesia con el pueblo, como veremos más adelante.
Es la misma flexibilidad que Dehon
pone al servicio de León XIII quien, en su carta del 16 de febrero de 1892 “En
medio de los cuidados”, pide a los católicos franceses que acepten la
República. Para convencer a los numerosos católicos refractarios, Dehon analiza
la evolución y los cambios de la sociedad, distinguiendo cada vez los
principios y el estado de hecho, procedimiento que recuerda la distinción hecha
por Mons. Dupanloup a propósito del Syllabus de Pío IX. Dehon recuerda que la
República no es sino una forma de gobierno entre las otras y que, en este
sentido, no tiene nada anticristiano. Aceptado este principio, él puede
criticar una revolución cuyos principios no está obligado a reconocer.