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TRIBULACIONES
Mientras el P. Dehon brilla en el
campo nacional con su compromiso social, su situación se deteriora en San
Quintín, a partir de 1889. En esta fecha, el obispo Thibaudier quien, no
obstante algunas discrepancias, alimentaba la más grande estima hacia el superior
de San Juan, deja el episcopado de Soissons por el de Cambrai. Quedan como
administradores de la diócesis que ya gobiernan de hecho, dos vicarios
generales: los sacerdotes Mignot y Cardon. La partida del obispo da libre curso
a los rencores, a las envidias y a otras mezquindades de una parte del clero
contra Dehon y contra su obra. Las intrigas se traman a partir de la curia
diocesana, sobre todo alrededor de uno de los vicarios generales, el cura
Mignot, antiguo colega en el vicariato de la basílica, el cual no ha soportado
la rápida promoción del P. Dehon.
Todos los pretextos son buenos para
desestabilizar a Dehon en San Quintín. El 1 de julio de 1889, Dehon anota, con
su sobriedad acostumbrada:
Una verdadera tempestad se levanta
contra la Obra. Todo podría ser aplastado. Esta prueba es más dolorosa que la
del consummatum est. ¿Qué hacer?
Estoy aplastado.
Decisiones episcopales prematuras
Sin que se pueda saber con
precisión la causa de la crisis, se puede medir su gravedad por decisiones
tomadas por Mons. Thibaudier, en setiembre. Basados en los informes
desfavorables sobre Dehon, el obispo se decide a dos decisiones que toman al
superior de San Juan por sorpresa, como si Mons. Thibaudier quisiera dejar el
terreno libre a su sucesor. Aunque conservando el título de superior, Dehon
debe, en parte al menos, transmitir sus poderes a un intrigante, el cura
Mercier, el cual fracasará enseguida en su responsabilidad frente al colegio.
El P. Dehon no habitará más en éste. Alejamiento doloroso que prepara una
ruptura que llegará unos años más tarde.
El obispo ha tomado una decisión,
aún más grave, que nuevamente clava al fundador en el árbol de la cruz; le pide
que una su congregación con un instituto más antiguo. Para el P. Dehon esta
decisión totalmente inesperada se parece a un nuevo consummatum est. Tanto menos comprende esta orden episcopal cuanto
su congregación cuenta ya un centenar de religiosos. Está doblemente herido, en
su conciencia y en su reputación social: su capacidad para dirigir la escuela
es cuestionada, después de doce años de gobierno efectivo; su fe en la obra
queda hecha ruinas. Cueste lo que cueste, Dehon obedece y halla en su
espiritualidad oblativa la disponibilidad para su sumisión. “Pronuncio mi Fiat después de las primeras emociones”.
Para San Juan la decisión episcopal se realiza rápidamente.
En lo que concierne a su
congregación, el fundador realiza algunas diligencias. Primero se dirige a los
Padres de Betharran, luego a los Padres del Espíritu Santo quienes cortésmente
rechazan toda idea de fusión o de absorción, teniendo cada congregación su
carácter específico. El P. Dehon se da cuenta de que la orden episcopal es
irrealizable, por lo menos en lo inmediato. Mons. Thibaudier, quien quiere
asegurar un ingreso normal al colegio San Juan está de acuerdo y el problema
queda en suspenso.
Pero la crisis latente entre las
autoridades episcopales de Soissons y el P. Dehon sigue en pie, porque, en lo
esencial ella tiene su origen en lo no dicho en los principios de la congregación.
Para la curia episcopal lo esencial en la obra del P. Dehon es el instituto San
Juan cuyo estatuto no está claramente definido, en la medida en que es un bien
personal de Dehon. Por otra parte, con la extensión y la internacionalización
de la congregación, el obispo teme que San Juan se le escape. Para los otros obispos
la escuela debía ser una obra diocesana, así como la congregación del P. Dehon
debía seguir al servicio de la diócesis de Soissons.
Desconfianza de las autoridades diocesanas
El primer reconocimiento romano de
1888, que prácticamente hace de la fundación del P. Dehon una congregación de
derecho pontificio, es mal recibido. Habrá que esperar hasta 1906 para el
reconocimiento definitivo.
El Santo Oficio abre regularmente
el informe de las “revelaciones”de Sor Ignacia y los obispos de Soissons se
muestran reacios a apoyar el pedido del fundador. Ellos no se juegan sobre la
extensión de la fundación a la cual le asignan poco futuro. Estarían
satisfechos, y con razón, con una pequeña institución local que estuviera a su
disposición. La respuesta de Mons. Duval, recién llegado, a un pedido del Santo
Oficio, del 25 de enero de 1892, es reveladora:
Yo pienso que esta obra a pesar de
la adhesión de su Fundador y de algunos miembros, no posee las condiciones de
vitalidad necesaria para asegurar su perpetuidad. Por estos motivos creo que no
hay razón para conceder, por el momento, el privilegio de una aprobación antes
de que la obra haya mostrado lo que vale y las ventajas que puede brindar a la
Iglesia. Sólo el tiempo podrá hacerla conocer.
Semejante apreciación apenas
alienta a Roma a dar una respuesta positiva a la demanda del fundador.
A la llegada del nuevo obispo, en
marzo de 1898, el P. Dehon vuelve a la carga y le pide que apoye su ruego de
reconocimiento definitivo de su congregación. El fundador se complace en
informar al nuevo obispo sobre el estado de su instituto: 220 religiosos de los
cuales 70 sacerdotes, distribuidos en más de diez comunidades y en varios
continentes, puesto que ya hay dehonianos en Brasil y en Zaire. Después de
haber hecho averiguaciones en el lugar, Mons. Deramecourt toma conciencia de
los grandes reparos que se manifiestan ante la orden del P. Dehon. Para saber a
qué atenerse, se dirige a Mons. Mignot, el antiguo vicario general de la
diócesis y ahora obispo de Fréjus. Este le contesta que comparte su malestar y
que conoce todas las reticencias que rodean la fundación del P. Dehon y agrega:
En su lugar, le contestaría que en
la diócesis las opiniones están tan divididas con relación a una obra que aún
no se ha consolidado, que creería deber esperar todavía un tiempo antes de dar
su aprobación explícita.
Fue lo que hizo el obispo quien no
dio su aprobación. Y el P. Dehon pudo archivar la cuarentena de cartas
episcopales favorables a su instituto.
Dehon tendrá así que luchar contra
la desconfianza de las autoridades diocesanas por la sobrevivencia de su
congregación. Como también debe luchar para evitar que San Juan caiga en poder
de la diócesis. No pudiendo llegar a sus propósitos con relación a San Juan,
Mons. Duval busca alejar al titular de San Juan y paternalmente le encomienda
viajar. Consejo paradójico, porque, por otro lado, le reprocha al fundador el
manejo de su congregación, “mal organizada”, dice, demasiado dispersa.
A partir de 1890 Dehon transcurre
una parte de los inviernos en Roma, lo que, sin duda, hace para no
desagradarle. Será el tiempo de la lectura y de la escritura. Es en Roma donde
en 1894, lee a Marx.
No olvida a sus clásicos, como
Dante cuya obra resume en sus anotaciones. Está al corriente de la literatura
contemporánea, a partir de la famosa compilación de Jeanson-Félix, de la cual,
entre otros, vuelve a copiar el juicio sobre Nietzsche antes de agregar: “Le ha
faltado una pizca de humildad para reconocer que la fuerza y la ciencia humanas
tienen varias limitaciones: Omnia
vanitas”.
Un paso episcopal falso
Pero este modus vivendi, impuesto por Mons. Duval, perjudica la buena marcha
del colegio San Juan. El sacerdote Mercier no goza de suficiente autoridad para
hacer reinar coherencia y armonía dentro del cuerpo docente, compuesto, en
parte, de religiosos dehonianos y, en parte, de sacerdotes diocesanos. Se
multiplican intrigas de todo tipo y también dentro de los religiosos algunos se
declaran a favor del obispo. Se denigra al P. Dehon hasta poner en duda su
honor y sus costumbres. Un rumor disimulado le reprocha comportamientos dudosos
frente a algunos alumnos. Es verdad que este hombre grande y esbelto, de
aspecto si no severo al menos digno y reservado, sabía mostrarse paternal con
sus alumnos los cuales, por otro lado, lo adoraban, según el testimonio casi
unánime de ex-alumnos de San Juan. No es por casualidad que, allí también,
llamaran al P. Dehon: “Padre muy Bueno”.
En julio de 1893 Mons. Duval quien
se encuentra lejos de su diócesis da fe a denuncias calumniosas y despacha una
carta severa al P. Dehon ordenándole dejar San Quintín:
Usted no puede quedar más en San
Quintín, es necesario, cueste lo que cueste, procurar de inmediato su partida.
Elija Holanda o América como lugar de su residencia. Esconda allí su vida. Los
mejores de sus sacerdotes harán frente a las necesidades de San Juan y a la
dirección de su Congregación.
Hace tres años, le había
encarecidamente aconsejado ausentarse por algún tiempo. Hoy le mando irse.
Queda uno estupefacto por la
brutalidad de esta carta que invoca un escándalo que el obispo no nombra. Se
trata de una correspondencia personal que no exige la prudencia de los escritos
públicos. De regreso a Soissons, en agosto, el obispo se da cuenta de que ha
actuado con precipitación y ligereza. ¿Es acaso indicio de una segunda
intención de devolver la obra de Dehon a lo que ella nunca tendría que haber
dejado de ser: una institución puramente diocesana?
El obispo, pues, regresa sobre su
decisión tomada apenas un mes antes, pero manifiesta la misma hostilidad hacia
el P. Dehon; las medidas que toma lo atestiguan. Dehon sigue siendo responsable
legal de la institución San Juan, pero sin ninguna responsabilidad concreta en
la vida del colegio.
Por otro lado, para el gobierno de
la congregación a la espera del próximo capítulo, pide que sea el asistente el
que trate los asuntos comunes. Esta sospecha del obispo es tanto más asombrosa
cuando, por otra parte, confía a la prudencia del P. Dehon a algunos sacerdotes
con problemas. ¿Qué manifiesta esta incoherencia?
Una vez más el P. Dehon es
crucificado, inclina la cabeza y obedece. No obstante su calma aparente, es
sacudido en su fe, no viendo muy bien cuál podría ser su futuro. Así decide
hacer, en octubre de 1893, un retiro de 30 días. En un cuaderno separado, anotará
la sustancia de sus meditaciones y reflexiones. La confidencia del primer día
lo dice todo sobre sus estados de ánimo, a continuación de la prueba que ha
sufrido:
¡Qué gracia es para mí este retiro!
Iba hacia mi perdición. He llegado a ser una tierra reseca.
Igual que esta otra anotación
centrada sobre la Pasión:
La muerte de Cristo es mi vida. Su
sangre me embriaga de amor y su Pasión es la fuente de todas las gracias y de
toda la fuerza.
Estos 30 días de oración y de
meditación dan de nuevo al P. Dehon la fe en su obra. Este tiempo será decisivo
para su futura orientación. Allí halla el equilibrio y la paz interior. Por
eso, al final del retiro, puede hacer un balance positivo:
Este retiro marca una gran etapa de
mi vida; él debe ser decisivo para mi obra y mi salvación.
Se entrega a la obra, renovando su
ofrenda y su total disponibilidad a Cristo para la obra de la cual se sabe
responsable.
Me entrego todo entero a Nuestro
Señor para servirlo en todo y hacer en todo su voluntad. Estoy listo para hacer
y sufrir lo que El querrá con la ayuda de su gracia.
Así comienza el pacto que pronuncia
al final del retiro.
Después de este retiro el fundador
ha encontrado cierta serenidad. Y tendrá necesidad de la misma, porque las
intrigas, las sospechas y las denuncias seguirán cada vez más. Ellas crearán
graves disensiones en el interior de la congregación como lo hemos subrayado.
Los opositores, agrupados alrededor del P. Blancal, aprovecharán de los
capítulos generales de 1893 y 1896 para intentar, inútilmente, destituir al P.
Dehon de su cargo de superior general. Ellos conducen una campaña activa ante
el obispo para que éste intervenga en el desarrollo de las elecciones en el
capítulo.
La diatriba toma a veces el sesgo
de una verdadera campaña de intoxicación cuyo tono, de rara violencia, no deja
de sorprender. Doy como prueba este extracto de la carta, dirigida a Mons.
Duval, el 30 de julio de 1896 por un tal padre Delgoffe. Teniendo en cuenta que
el P. Dehon no había obedecido la orden episcopal de dejar San Quintín, agrega:
Quiera Dios que este hombre nefasto
desaparezca en seguida y que jamás se hable de él, ni en nuestra sociedad ni en
nuestra diócesis.
En la lógica de esta diatriba se
sitúa la tentativa de escisión de la cual hemos hablado anteriormente. Estas
querellas como las campañas de calumnias contra la persona del P. Dehon,
dejarán huellas en la primera generación de religiosos dehonianos. Ellas empañarán,
en algunos, la figura espiritual del fundador, del cual no comprenden ni
comparten el estilo de vida abierto, la curiosidad del espíritu por todo lo que
el hombre ha creado de grande y de bueno, su interés por los problemas de la
sociedad. Para estos religiosos que no viven la santidad de las realidades
humanas, el comportamiento de Dehon puede ser el de un hombre muy inteligente
pero no el de un modelo religioso. No podían comprender la originalidad de
alguien que procura vivir la unión con Dios en un universo secularizado, lo que
requiere no la negativa ni el rechazo sino la audaz innovación de los
verdaderos místicos, porque para los grandes hombres espirituales la santidad
es un camino que se gana sobre sí mismo y no contra la sociedad.
Con su sentido particular de lo
humano, el P. Dehon ha comprendido que su persona es fuente de conflictos y de
divisiones en San Quintín, tanto en San Juan como en la casa religiosa del
Sagrado Corazón. Como hombre de paz y de concordia, procura actuar discretamente.
Sabiéndose persona non grata en San
Quintín, se brinda con toda libertad en el gobierno de su congregación y en las
actividades editoriales, tanto como participaciones en los congresos, como
hemos visto.
En resumen, las desavenencias y las
querellas en San Quintín conducen a Dehon, a partir de 1893, a alejarse y a
tomar altura tanto en la guía de su congregación como en el plano de la
reflexión sobre el estado de la sociedad y de la cultura en la Iglesia. El
pertenece a esa raza de hombres para los cuales el futuro no se perfila jamás
en la estricta continuidad del pasado; por eso se impone el deber de la
inventiva.
Los escritos espirituales: una suma del Sagrado Corazón
A partir de 1890, el P. Dehon se
transforma en un escritor particularmente fecundo. En un capítulo anterior,
hemos subrayado lo esencial de su obra sociocultural. Hay que agregar otro no
menos importante sobre su obra espiritual. Damos a conocer aquí, a título de
información, dos biografías, según el estilo hagiográfico de la época. Una está
dedicada a su primer compañero y fiel discípulo, presente en el momento de sus
primeros votos, el P. Alfonso María Rasset, muerto en 1905. La otra evoca la
figura de una joven religiosa, Sierva del Sagrado Corazón, Sor María de Jesús,
fallecida a los 23 años, en 1878, después de haber ofrecido su vida por la
salud y la obra del P. Dehon.
En lo esencial su obra espiritual y
ascética trata de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. El quería escribir
una suma de esta espiritualidad
reuniendo todo lo que esta corriente había producido a través de los siglos. El
P. Dehon efectivamente escribirá mucho sobre esta materia con éxito desigual.
La lista de sus obras es elocuente por sí misma:
El retiro del Sagrado
Corazón, 1896.
Mes de María, sobre las
letanías de la Santa Virgen, 1900.
Mes del Sagrado Corazón,
sobre las letanías del Sagrado Corazón,1900.
De la vida de amor hacia
el Sagrado Corazón, 1901.
Coronas de amor hacia el
Sagrado Corazón, 1905.
El corazón sacerdotal de
Jesús, 1907.
El año con el Sagrado
Corazón, 1909.
La vida interior, 1919.
Estudios sobre el
Sagrado Corazón de Jesús o contribución
a la preparación de una
suma doctrinal del Sagrado Corazón, 1922.
La línea que rige esta enumeración
es impresionante. A todas luces Dehon ha hecho de la espiritualidad del Corazón
de Jesús su morada espiritual e interior. De allí saca el alimento para nutrir
su vida mística. Esta constancia, más allá de su expresión literaria, remite a
un estilo de existencia, a una manera de ser: escribe lo que vive.
Desde este punto de vista, cada
obra llega a ser un ejercicio espiritual. En ellas describe su relación con
Dios, con Cristo como un lazo de amor, como una historia de ternura entre dos
personas. Es bajo el ángulo del amor que Dehon percibe y vive su cristianismo.
Este canto de amor es como la respiración de su alma, en medio de las
dificultades de todo género.
Para Dehon el amor divino está
primero. El Dios-Amor llama al hombre. Es necesario, pues, poner a este amor
divino por delante de toda exhortación espiritual. Sobre este punto, se aparta
de la problemática de los ejercicios ignacianos que terminan en una contemplación
para excitar al amor.
Dehon piensa que todo paso
espiritual debe comenzar con la acogida del amor de Dios. Y todas sus obras no
persiguen sino un fin: poner bajo los ojos el inmenso amor de Dios hacia el
hombre. El nos invita, siguiendo al evangelista Juan a “mirar al que ellos
traspasaron”. Esta mirada es el mejor estimulante para responder al amor de
Dios.
Espiritualidad y apostolado
La acogida de este amor de Dios le
da, por otro lado, la fuerza y la lucidez de pensar en una sociedad basada en
la “justicia y la caridad”, según su fórmula preferida. Es desde esta óptica
como hay que establecer un lazo entre la obra espiritual y las obras sociales,
unión de la cual la revista El Reino
ofrece la demostración ejemplar. En un primer momento, uno podría sentirse
tentado a colocar el acento sobre la ruptura que se constata en la cronología
de los escritos. La última gran obra social aparece en 1900, cuando lo esencial
de la producción espiritual es publicado después de empezado el siglo.
Esta extraña sucesión cronológica
divide los tiempos de actividad; ella diferencia formas de compromiso, en
función de las responsabilidades, de los acontecimientos y de las etapas de la
vida. Pero no traduce una ruptura de perspectiva o un cambio de orientación. Al
contrario, durante el período de intensa actividad social, se notan
regularmente en sus NQ algunas observaciones que vuelven como un leitmotiv:
Tengo sed de vida interior, de
pureza, de unión con Nuestro Señor, de espíritu de inmolación y de amor.
La espiritualidad reparadora, de
oblación de sí mismo que el P. Dehon desarrolla a lo largo de sus obras,
traduce la fuerte convicción de que la primera eficacia del apóstol está en la
vida interior.
Aquí hallamos la trama de fondo del
ideal dehoniano, arraigado en la Escuela francesa, que especifica e identifica
al sacerdote más por su estatura espiritual que por sus actividades. Lo que
Dehon traduce en esta nota, se podría poner como emblema de su personalidad y
de su obra:
A Dios no le interesan ni nuestra
ciencia ni nuestras obras si no posee nuestro corazón.
Si Dehon ha buscado tanto la vida
religiosa, no es para abandonar el terreno apostólico. Al contrario, allí halla
el arraigamiento espiritual que ofrece al apóstol las armas de su combate por
el Evangelio. En su retiro de julio de 1910, el fundador subraya este lazo casi
dialéctico entre la vida interior y el apostolado.
Una persona ocupada debe, más que
otra, ser fiel a los ejercicios de piedad, colocarse profundamente en la
presencia de Dios cuando empieza; volver a ella aún en ciertos momentos del
día: Es esta parte de la vida interior la que no debe sacrificar. El apostolado
debe ser una irradiación de gracia y de santidad.
La unión con Dios
El P. Dehon anota que es sobre todo
en “el ejercicio de la unión con Nuestro Señor” donde él halla esta
profundidad. Y a medida que avanza en la vida, más se fortifica y se repite
esta convicción. La exigencia de unión y de comunión con Dios me parece la nota
dominante, fundamental, la más constante actitud espiritual del P. Dehon. Los
otros rasgos de su espiritualidad como la oblación, la adoración, la
reparación, son los componentes y los medios para alcanzar la unión.
Hay, pues, que comprenderlos con
relación a esta exigencia de fondo y referirlos a esta continuidad. Querer
tratarlos en sí mismos, aisladamente, como se hace demasiado a menudo con la
reparación, es meterse en un atolladero; porque es privarse de la clave de
interpretación que hace a la unidad y a la continuidad de la vida espiritual de
Dehon. Por otro lado, él mismo es explícito sobre este punto cuando escribe:
El ejercicio de unión con Nuestro
Señor es preferible a todos los demás y nos ayuda más que todos los otros... Yo
quiero sujetarme a él definitivamente. Nada haré fuera de esta unión con Jesús,
por Jesús y en Jesús.
Podría ser que tal insistencia del
P. Dehon sobre este punto tradujera, a lo sumo, el objetivo profundo de su
fundación religiosa. La espiritualidad del Corazón de Cristo le ofrece el
espacio y el medio de esta unión-comunión.
Para no equivocarse, hay que tener
en cuenta que esta literatura, demasiado desacreditada, hay que aceptarla como
es: una guía espiritual que tiende a provocar un camino interior. No hay que
buscar desarrollos teóricos; se trata más modestamente de meterse en camino
para ir siempre más a Dios y en Dios. La forma misma de la escritura manifiesta
esta preocupación práctica. Dehon adopta el género literario de la meditación
cotidiana. Arrancando de un texto de la escritura, propone a menudo, en tres
puntos, una exhortación para vivir en Dios. La meditación finaliza con una
breve plegaria.
Por medio de numerosas
meditaciones, desarrolla el conjunto de los misterios de la vida de Jesús; los
hechos y los gestos de su recorrido terrenal. Pero la meditación no se limita
al desarrollo de los acontecimientos; es importante ir al corazón del misterio
para sentir y percibir el amor de Dios. Tal es el método espiritual que Dehon
emplea en sus escritos ascéticos y que describe con estas palabras: “Procurar
descubrir el amor bajo la corteza de todos los misterios”. El toma el Evangelio
como un libro, según su feliz expresión, escrito interior y exteriormente, y
penetra hasta su corazón, que es el Corazón de Dios.
Su obra espiritual es la puesta por
escrito de la experiencia personal de su vivencia mística; así como su obra
social expresaba sus acciones y comportamientos frente a la sociedad del siglo
XIX. En este sentido, el P. Dehon es un pragmático que procura hacer compartir
sus convicciones, sus análisis y sus intuiciones con sus hermanos.
Se puede, entonces, decir que sigue
fiel a su preocupación pedagógica con el clero, porque para Dehon los primeros
lectores son los sacerdotes y los consagrados. En esta actividad editorial
continúa su compromiso al servicio de la formación del clero. Piensa que la
espiritualidad del Corazón de Jesús es la corriente espiritual más conforme a
esta misión. Pues apoyándose en Juan 15,15, pasaje en el que Cristo llama a sus
apóstoles no más servidores sino amigos, el P. Dehon afirma, en lo que llama su
testamento espiritual, que si el Corazón de Jesús pertenece a todos, “él tiene
ternuras particulares para los sacerdotes que le están consagrados”.
Dos surcos, un origen
Si hay expresiones en la vida de
Dehon que acentúan uno u otro aspecto en profundidad, el filón es único. Dehon
no respira sino al soplo del amor divino que se expande en dos grandes
vertientes: la exigencia social cultural y la espiritualidad de oblación reparadora.
El mismo compara su obra a dos surcos que tienen el mismo origen.
Yo he sido conducido por la
Providencia a cavar hondo algunos surcos, pero dos sobre todo dejarán una
profunda huella: la acción social cristiana y la vida de amor, de reparación y
de inmolación al Sagrado Corazón de Jesús. Mis libros, traducidos a numerosos
idiomas, llevan en todas partes esta doble corriente que brotó del Corazón de
Jesús. Deo Gratias!
El P. Dehon tiene 67 años cuando
nos entrega este análisis que propone una verdadera interpretación de su
existencia y de su obra. A esta edad, puede evaluar su tarea y percibir su
profunda unidad. Confidencia aún más preciosa que rara en un hombre que tiende
a culpabilizarse, a acusarse a sí mismo de todos los pecados del mundo. Una
mirada más serena lo asegura de la solidez de la obra. Cuida de no olvidar
nunca el doble propósito: la preocupación de los hombres en el compromiso
social y la vida de unión y de oblación a su Señor. La originalidad dehoniana
consiste en esta articulación que conjuga el amor de los hombres con el amor de
Dios.
Tal mensaje es capital para la
Iglesia, sobre todo en los tiempos difíciles, como fue la época del P. Dehon.
El reflejo espontáneo, en ese momento hubiese sido replegarse sobre sí mismo,
cuidar su identidad, asegurar sus defensas internas. La actitud dehoniana no
obedece a este reflejo protector. Por el contrario piensa y ama a la Iglesia en
su relación con los hombres inextricablemente mezclada con sus culturas, sus aspiraciones
y sus pasiones. El no comprende a la Iglesia en ella y por ella misma. Su combate
aspira a la unión y a la reconciliación del pueblo con la Iglesia.
La vida religiosa, a sus ojos, es
parte inseparable de la aventura humana. Ella no se acaba, en comunidades
fervientes pero replegadas sobre sí mismas. La vida religiosa debe expandir un
soplo de ardor, de coraje, al anuncio de la Buena Noticia. Por lo demás es uno
de los reproches constantes que los obispos de Soissons, como una parte de sus
religiosos, harán al fundador: demasiadas iniciativas. En su relación a la
Santa Sede, en 1892, Mons. Duval escribía: “El P. Dehon, cuando tiene algunos
miembros, los envía a fundar nuevas casas... semejante dispersión perjudica la
solidez de su obra”.
No es evidente que su misma congregación
haya entendido siempre bien esta orientación fundamental que unifica la doble
preocupación de la cual hemos hablado anteriormente, colocando el acento sobre
la transmisión del mensaje. La corriente victimal reparadora, por otro lado,
insiste sobre su conservación. De nuevo resurgen aquí las ambigüedades de
los orígenes.