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CUANDO LOS FRUTOS ESTAN MADUROS...

 

El P. Dehon se halla en San Quintín cuando estalla, en agosto de 1914, la Primera Guerra mundial. Empieza para él un largo período que lo detiene prisionero en esta ciudad, porque San Quintín rápidamente se encuentra en el corazón de sangrientos combates. Desde el mes de agosto la ciudad es ocupada y lo será durante toda la guerra en la línea del frente. Ella recibe, en octubre de 1914, la visita del emperador Guillermo II que viene a confortar a sus tropas. Durante los cuatro años de hostilidades, San Quintín es sometida a una economía de guerra con el cortejo de males y sufrimientos de todo tipo, ante de ser totalmente destruida, en 1917, después de que sus habitantes fueron evacuados a Bélgica. Cuando en 1919 Dehon regresa a su “ciudad mártir”, lo que descubre es un espectáculo de fin del mundo.

Sus NQ son un eco:

 

La impresión me hizo caer al suelo. No he visto nada semejante en mi vida... Es un montón de ruinas sucias y tristes. Hay 4.000 o 5.000 habitantes como sobrevivientes después de un naufragio.

 

La ciudad, antes de las hostilidades, contaba con unas 40.000 personas.

 

Una hospitalidad generosa

A pesar de todo lo que una guerra como la de 1914-1918, pudo acarrear de exacciones y humillaciones, no se hallan en las anotaciones del P. Dehon sino raramente quejas contra el ocupante, salvo algunas críticas contra los saqueos. El P. Dehon sabe que tiene a hijos suyos en los dos lados del frente. Su comportamiento habitual es el de la bondad y de la acogida. La casa del Sagrado Corazón está superpoblada, porque allí se hallan refugiados hermanos y sacerdotes de los alrededores de San Quintín. No obstante la incomodidad, el superior recibe a los sacerdotes y religiosos alemanes que se hallan estacionados en la ciudad. “Nuestra casa del Sagrado Corazón es como una posada de religiosos alemanes”. Dehon lleva su probidad hasta subrayar la piedad de estos sacerdotes movilizados como enfermeros.

Si a veces la acogida es impuesta por el ocupante, el superior sabe transformarla en cortés y humana. Pero sabrá también recibir espontáneamente, algunas veces en perjuicio de los cohermanos franceses que no aprueban la actitud hospitalaria del superior. Dos testimonios subrayan la delicadeza del P. Dehon en esta materia. Un joven dehoniano alemán, Franz Dalinghaus, se halla, en 1918, en las afueras de San Quintín. Se arriesga y va hasta la casa del Sagrado Corazón para ver al fundador. Los cohermanos franceses ignoran ostensiblemente al militar alemán. Notando la actitud hostil, el P. Dehon invita al joven militar a compartir la comida de la comunidad y lo ubica, bien a la vista, en su propia mesa. Otro testimonio es el del franciscano Raimundo Dreiling, que siendo capellán militar en San Quintín, frecuenta la casa del Sagrado Corazón. Después de la guerra públicamente rendirá homenaje en estos términos: “durante toda la guerra no encontré sino un solo francés quien frente a los alemanes supo conservar el dominio de sí mismo y el sentido de la dignidad: el P. Dehon”.

Estos testimonios son elocuentes por sí mismos: Manifiestan la grandeza de alma del que veía en la guerra un llamado a la conversión interior.

Para el P. Dehon la destrucción de San Quintín significa también la ruina de su obra, por lo menos de sus raíces. Después de la tormenta, no queda prácticamente nada de San Juan ni de la casa del Sagrado Corazón: la obra dehoniana pierde sus primeras amarras. Los lugares y señales geográficos de los orígenes se esfuman en provecho de espacios espirituales donde domina la mirada interior, la misma que Dehon ha puesto sobre el mundo y sobre “Aquel que ellos traspasaron”; mirada que deja a los que entienden su mensaje. En 1925, después de su muerte en Bruselas, el P. Dehon es enterrado en San Quintín. Para la congregación, San Quintín reencuentra su función genealógica. Ella llega a ser la ciudad-fuente de la vida donde el viajero de los desiertos espirituales de nuestras ciudades modernas gusta detenerse para beber.

Prisionero en San Quintín, el P. Dehon que tiene las costumbres de los viajes y de las visitas, se siente ocioso. Está incomunicado con las demás comunidades de la congregación, porque el correo no funciona. Después de su repatriación, en 1917, se enterará de que toda la correspondencia estaba bloqueada en Chàteau-Thierry. Prácticamente no sabe nada de su obra; teme por su supervivencia, porque la mayoría de las comunidades se hallan en los países en conflicto.

Dehon vivirá esta situación como “una opresión moral”, según sus propias palabras. Soporta sus 75 años con una salud que se degrada. Sufre de nuevo violentos esputos de sangre, como los que tuvo en 1878, en el momento de la fundación. Para aliviar esta opresión que lo agobia, el fundador cultiva el jardín, alrededor de la casa del Sagrado Corazón. Cuida flores y arbustos para “recreo y descanso” de los huéspedes y para asegurar un hermoso adorno en la capilla.

 

El tiempo de interiorización

Las circunstancias, pues, le imponen una especie de retiro, que abarcará casi todo el tiempo de la larga guerra. Repetidas veces habla de eso explícitamente en sus notas. Para llenar estos ocios forzados, se sumerge en la lectura. Los autores espirituales y ascéticos le brindan el alimento para estos días sin gloria. Sería demasiado largo citarlos aquí, porque son numerosos, en función principalmente del tiempo libre de que dispone. Se esfuerza minuciosamente en resumir en sus NQ el argumento; no duda en copiar páginas enteras. Las NQ de este período son más voluminosas.

Amén de la elección de autores y de las preferencias literarias, estas notas nos revelan los cambios espirituales que muestran la movilidad interior del anciano. Así, en 1915, descubre a Isabel de la Trinidad de la cual lee la biografía.

Es como una visión la que lo introduce en el corazón del misterio trinitario.

 

Conservo de esta lectura, confiesa él, una devoción más profundizada hacia la Santa Trinidad.

 

Efectivamente, a partir de esta fecha, hallamos en sus notas referencias siempre más numerosas a la Trinidad: prueba de que lo que antes era sólo dogma llega a ser ahora una parte viva de su vida interior. Algunos días antes de su muerte, transcribirá esta oración:

 

Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo, Gloria al Padre que es mi Padre y mi Creador. Gloria al Hijo que se hace mi Hermano y mi Salvador. Gloria al Santo Espíritu que es mi guía y el alma de mi alma.

 

A todas luces, con este tiempo de guerra, comienza un largo retiro espiritual que lo llevará dulcemente, paso a paso, hasta la muerte y al encuentro con su Señor. Se tiene la impresión de que el proceso de interiorización se acelera en él. Vive más y más en el interior de sí mismo para encontrar allí a su Dios, al cual ha sacrificado todo, para cruzar con El su propia historia cuyo valor se esfuerza en medir. A partir de este momento y hasta su muerte, en 1925, el P. Dehon relee su pasado; se puede decir que lo contempla de nuevo porque él vuelve constante y ampliamente sobre el mismo curso de sus últimos diez años.

 

El fundador se inclina sobre su obra

El proceso es habitual en el anciano para quien el pasado más lejano llega a ser el presente más cercano. Pero aquí, por la historia y la sinuosidad del camino recorrido, este mecanismo, en general tan anodino, revela la preocupación mayor del hombre que se vuelve hacia su pasado, hacia la solidez y la autenticidad espiritual “divina” de la obra que deja. Sí, el P. Dehon vuelve constantemente sobre el origen de la obra, sobre sus fases iniciales, sobre los protagonistas, especialmente sobre Sor Ignacia y sus mensajes, que considera son, parcialmente al menos, de origen divino. En la lectura de los NQ del último período, uno queda impresionado por esta voluntad incansablemente repetida de conocer su obra, la congregación, como de origen divino. Todo transcurre como si fuera a este precio que el fundador, al ocaso de su vida, podía tener confianza. Tiene tan clara conciencia de las faltas, de las fallas, de la diferencia entre lo que él proyectaba y lo que realizó que era necesario que la obra fuera divina para que subsistiera y creciera.

El 14 de marzo de 1916, su aniversario, escribe en este sentido:

 

Empiezo hoy mis 74 años. Mi impresión es la de un verdadero aplastamiento por el recuerdo de las faltas de mi vida. Releo los salmos penitenciales; ellos manifiestan mis sentimientos.

 

El comentario es evidentemente recargado, excesivamente exagerado. Pero alcanza la actitud habitual de los santos de saberse y de sentirse a una distancia infinita del Santísimo. Lo que aquí es motivo de una discusión es menos el hombre que confiesa su culpabilidad que Dios en el trabajo de santificación en lo humano. Cada congregación religiosa no es, en última instancia, sino un camino de santidad. He aquí lo que busca verificar el fundador.

Si el P. Dehon, envejeciendo, vuelve constantemente sobre los orígenes de la congregación no es porque se desinterese por el presente. Al contrario, se trata de fijar el origen para conservar el dinamismo creador. El decanta las debilidades personales, los límites históricos como las apreciaciones subjetivas para desnudar el núcleo fecundo; es decir, la obra de la gracia divina que es la fiadora del porvenir. Si el fundador se culpa a sí mismo con tanto exceso es porque cree, con mayor fuerza, en la supervivencia de su fundación.

Una página de 1921 sugiere claramente este mecanismo de columpio entre la debilidad humana y la vitalidad divina.

 

Mi familia espiritual se desarrolla constantemente, no obstante mis debilidades y mis faltas. Estoy impactado por la lectura del salmo 24. David se humilla y reconoce sus faltas, pero los dones de Dios se dan sin arrepentimiento, la raza de David reinará sobre el mundo por Cristo... Dios me ha conservado también en mi misión, no obstante mi indignidad y he aquí que la familia del Sagrado Corazón se extiende por toda la tierra.

 

El P. Dehon experimenta la dicha de ver crecer su obra y extenderse: en 1904 la congregación tiene 250 religiosos y 30 novicios. En 1910, después de la división en dos provincias, la congregación tiene 326 religiosos, repartidos en 16 comunidades en Europa, en Brasil, en El Zaire y en Camerún. Cuando el fundador muere, en 1925, existen cuatro provincias: Francia, Bélgica, Alemania, Holanda, Italia; España está en formación. Por otro lado, hay religiosos dehonianos en Suecia, Finlandia y Austria. Nuevos campos de apostolado se han agregado fuera de Europa, como Canadá, Estados Unidos, e Indonesia; un total de 700 religiosos y 80 novicios.

Algunos meses antes de morir, el P. Dehon puede escribir, como balance:

 

He deseado en mi juventud ser misionero y mártir: misionero lo soy por mis cientos de sacerdotes en las cuatro partes del mundo; mártir lo he sido por las grandes cruces hasta el consummatum est: Nuestro Señor había aceptado mi voto de víctima.

 

Un final de guerra animada

A partir de febrero de 1917, bajo el impulso de la ofensiva aliada, los alemanes achican sus líneas de frente: San Quintín se halla, de hecho, en la avanzada. Las autoridades de ocupación deciden la evacuación de la población civil hacia Bélgica. El 12 de marzo, el P. Dehon, enfermo, es evacuado en furgón a Enghien donde los jesuitas lo reciben fraternalmente y lo cuidan con la mayor abnegación. Algunos días después de su llegada, el 17 con exactitud, le comunican el deceso “en exilio” de la fundadora de las Hermanas Siervas. En sus notas hace esta observación:

 

La querida Madre muere en exilio, conforme a su vida de víctima. Sus obras y las nuestras están destruidas en Fayet y en San Quintín. Es la vocación de Job. ¡Fiat! ¡Fiat!

 

Un mes más tarde, el P. Dehon consigue de los ocupantes la autorización de viajar a Bruselas. De nuevo en comunidad. Se informa de la situación de la congregación y mide los desastres materiales y espirituales de la guerra. Pero está demasiado agotado física y espiritualmente para retomar una verdadera actividad de gobierno. El P. Dehon necesita descanso. Es cuando le llega, en octubre de 1917, el llamado de su amigo Benedicto XV para verlo en Roma, como ya lo hemos dicho. Antes de partir, Dehon almuerza con el cardenal Mercier quien le confía algunas diligencias para los ambientes romanos. A los 75 años, el P. Dehon toma de nuevo su bastón de viajero. Por Suiza entra en la Francia no ocupada y de allí parte para Roma, donde empezó, en 1865, su preparación al sacerdocio. Se pueden adivinar los recuerdos que reflotan. Pero el fundador está demasiado ocupado para pasar su tiempo en vanas quejas. Amén de las numerosas visitas, sobre todo al Papa, de las cuales ya hemos hablado, atiende la abundante correspondencia, en parte amontonada a causa de la guerra. Luego visita a algunas comunidades dehonianas de Italia y regresa a Francia que continúa en la guerra.

Primero se detiene en Paray-le-Monial, luego reside en Lyon. De allí pasa a Moulins para visitar al obispo, Mons. Pénon, un antiguo dirigido del P. Andrés Prévot, quien comparte el ideal dehoniano. En todas partes, no obstante su edad y el cansancio, predica retiros. Predicará así el retiro en el gran seminario de Moulins. En el momento del armisticio el 11 de noviembre de 1918, se halla siempre en Lyon.

 

La basílica de Cristo Rey

Después de haber obtenido un visado, el P. Dehon vuelve a Roma. Se detiene en Bolonia, donde la comunidad celebra sus bodas de oro sacerdotales. Llegado a Roma, se apresura en encontrar al Papa. Es en uno de estos encuentros cuando madura el proyecto, ya evocado, de una gran basílica en honor del Sagrado Corazón.

De regreso a su comunidad de Bruselas, en abril de 1919, después de un largo vagabundeo -él mismo utiliza la palabra puesto que señala en sus anotaciones: “Estaba errante después de 16 meses”- el superior general prepara el primer capítulo después de la guerra. Era necesario volver a dar la vida a lo que había sido dispersado o destruido. En octubre del mismo año, asiste en París a la consagración de la basílica del Sagrado Corazón, en presencia de un centenar de obispos. Esta imponente ceremonia aviva en él el proyecto romano que madura rápidamente. Será, en efecto, el 8 de febrero de 1920 cuando el cardenal Gasparri formulará el pedido oficial en nombre del Papa. En una carta del 16 de marzo de 1920, el P. Dehon anuncia a Sor Ignacia que el Papa le pide levantar en Roma una basílica a la realeza universal del Sagrado Corazón. El mismo correo nos dice que Benedicto XV de inmediato ha donado 200.000 francos.

La primera piedra del edificio se coloca el 18 de mayo de 1920. El fundador, que tiene 77 años, está presente, rodeado de su amigo el cardenal Begin, de Quebec, y de algunos otros cardenales y obispos. “Es un día memorable para la obra”, anota él. Es un hecho que el P. Dehon se sumergió en este proyecto, empleando sus últimas fuerzas en juntar los fondos necesarios. Los tiempos de guerra, que acumulan ruinas y quiebras, apenas son propicios para las grandes generosidades. El P. Dehon, quien pasa la mayor parte de su tiempo redactando cartas de colecta -así en julio de 1920 despachará hasta 4.000- experimenta la amarga negación. Constatando el poco eco de sus pedidos, se lamenta de la dificultad de la empresa. Su hermano Enrique, conociendo su nueva iniciativa, le escribirá: “Dios mío, ¿dónde te vas aún a meter?”.

A pesar de todos, el P. Dehon persevera para llevar a buen término el proyecto, primero por amistad con Benedicto XV, pero también, y puede ser el fundamento mayor, por el honor de la congregación, como repite varias veces. Pues desea que su instituto, a ejemplo de las grandes órdenes, tenga su basílica en Roma. Pienso que hay que ver en esta voluntad la manifestación cada vez más clara de la conciencia aguda del fundador. El quiere ver su obra a la altura de las que el tiempo ha consagrado: al menos pone los medios para llegar a eso dándose una perspectiva de futuro, de duración por esta construcción, señal de la permanencia de su congregación.

He aquí por qué esta última gran empresa es importante para el fundador; ella expresa, en la piedra, su voluntad de ver que su congregación perdura. Simbólicamente levanta un monumento que la historia deberá conservar.

Una carta del 11 de setiembre de 1920 establece el lazo que el fundador ve entre la edificación de esta basílica y su congregación:

 

Rezad y haced rezar por esta obra de Roma, insiste él. Ella es importante para la congregación. Nosotros nos veríamos bastante humillados si no lo lográramos. Esto será muy duro, los tiempos son difíciles.

 

El P. Dehon no verá la realización de estos proyectos, pero la obra se concluirá y la basílica será inaugurada en junio de 1934. Ella está dedicada a Cristo Rey y no como estaba inicialmente previsto al Sagrado Corazón, pues Roma ya poseía un edificio con este título.

En cambio, el fundador tendrá la dicha de ver las Constituciones de la congregación definitivamente aprobadas, el 5 de diciembre de 1923. Para el P. Dehon este reconocimiento dibuja el tiempo de la plenitud, porque, según su palabras, “la obra está ahora completa”. Su oración se trueca en acción de gracias; ella culmina en la Eucaristía y en la adoración. El fundador no se cansa de agradecer por la obra acabada, no obstante todas sus debilidades y desfallecimientos.

 

La liturgia celestial

La muerte no lo sorprenderá al P. Dehon. A medida que envejece, se prepara con gran emoción, mezclada a veces con un cierto sentimiento de miedo, para la idea de ese paso que lo colocará en la presencia de Aquel cuya voluntad ha querido cumplir fundando la congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón. Los últimos mese de su existencia acentúan la espera. Vive en el encuentro futuro que le permitirá reunirse con todos aquellos y aquellas con los cuales ha actuado. Una carta del 25 de mayo de 1925 manifiesta esta suerte de liturgia celestial que ocupa sus días:

 

Vivo, en el espíritu, en la otra vida, vivo con la Santa Trinidad, con el Sagrado Corazón, con María y José, con mis patronos y amigos del cielo. Recuerdo a todas las personas piadosas que conocí durante mi vida y pienso verlas de nuevo muy pronto.

 

La espera llega a ser aquí anticipación de lo que anhela. Esta íntima comunión participa ya del mismo misterio del Reino. “Asisto, confiesa él, a la gran misa eterna del cielo”.

Pero la mística dehoniana, aunque intensa en la búsqueda de Dios, no olvida las realidades humanas, los combates, los sufrimientos y las esperanzas de los hombres. Los últimos meses de la vida del P. Dehon son como toda su vida: morirá como ha vivido, con Dios, con los hombres.

Hubiéramos podido creer que a medida que se intensificaba su meditación, y se preparaba a la muerte, las preocupaciones de la ciudad humana se esfumarían, pero no fue así. Algunas semanas antes de morir, refiere este hecho del todo asombroso en un anciano de 82 años, que sigue muy atento a la actualidad:

 

Compro algunos diarios para la comunidad, me parece bueno estar al corriente de la historia contemporánea y tener algunos temas de conversación.

 

¡Qué juventud de espíritu, qué preocupación por el futuro en este hombre avanzado en los años, pero preocupado del presente!

Y las últimas líneas de las voluminosas NQ, antes de que la pluma caiga de sus manos, son un llamado a su acción social. ¡Qué símbolo!

Como si este punto final marcara la obra cumplida:

 

Recibo buenas cartas de Mons. Víctor Borne de Lyon; él me recuerda mis ardientes campañas en la Democracia cristiana por la acción católica en Francia. Durante algunos años escribí el editorial en esta excelente revista. Era una linda manera de realizar mi campaña social, bendecida por León XIII.

 

En julio de 1925, una epidemia de gastroenteritis reina en Bruselas. El P. Dehon quien no duda en visitar a sus hermanos enfermos es alcanzado por el mal. Pero él no cambia para nada sus costumbres y asiste con regularidad a los ejercicios de piedad de la comunidad. En la noche del 9 al 10 de agosto, una complicación cardiovascular pone en peligro sus días. Por la mañana del 11 de agosto, el padre asistente lo prepara para su próximo desenlace y, en presencia de toda la comunidad, le da el sacramento de los enfermos. El P. Dehon renueva sus votos religiosos y pide perdón a la comunidad por sus faltas y debilidades.

La agonía comenzará al día siguiente por la mañana, el 12 de agosto, interrumpida solamente por estas palabras pronunciadas con dificultad, mientras miraba la imagen del Sagrado Corazón que tiene bajo sus ojos: “Para él yo vivo, para él yo muero”. Serán sus últimas palabras. Se apaga hacia las 12 horas y 10 minutos.

Su entierro será celebrado el 19 de agosto de 1925, en San Quintín. Su cuerpo descansa en el templo de San Martín que él mismo había hecho construir. Así, lo que había comenzado en San Quintín, allí se arraiga. Pero la historia no se detiene allí.

La vitalidad de una obra espiritual no conoce las fronteras que encierran nuestras existencias carnales. La vida y la obra del P. Dehon siguen inspirando. Ellas irradian el misterio de amor del Cristo, del cual su Corazón es el símbolo y ¡cómo habla! Esta es la señal de que la santidad de Dios transforma y transfigura a aquél que se deja asir por este don sin igual, para llegar a ser, a imagen del P. Dehon, verdadero “servidor de Dios”. Un servidor en proceso hacia la anhelada canonización, en camino de ir más lejos...

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