ESTELA BARNES DE CARLOTTO
Una abuela que no se rinde
En marzo de 1976, un golpe de Estado de las Fuerzas Armadas desalojó al
Gobierno constitucional argentino, y una política de terror y avasallamiento de
los derechos humanos se instaló en el poder. En pocos años, esta política
desembocó en una espiral de violencia oculta y silenciosa que asesinó a 30.000
ciudadanos de toda edad y condición social. Se los mal llamó desaparecidos, y había entre ellos
pequeños de corta edad y criaturas en proceso de gestación que vieron la luz en
las cárceles de la dictadura militar y que fueron robados por sus mismos
secuestradores que los anotaron como hijos propios."Para buscar a esos niños, localizarlos y restituirlos a sus
familias legítimas nació en octubre de 1977 la Asociación Abuelas de Plaza de
Mayo", nos dice Estela de Carlotto, su presidenta.
• Un antes y un después en la vida de Estela de Carlotto.
- Mi vida está marcada por dos
etapas: la anterior a la desaparición de mi hija y la posterior. Tuve una niñez
muy feliz, única hija mujer en un hogar de clase media baja, fui muy buena
alumna, tenía un boletín de casi 10 en todo, me gustaba el teatro, sabía
recitar, cantar, era la adalid en educación física. Fui conciliadora cuando
había problemas entre los chicos; lo digo así, sin humildad, porque es un don
que tengo... en mi conducta general. Siempre encuentro un justificativo de por
qué la gente hace algo... A veces no, por ejemplo la muerte de mi hija no tiene
justificativo...
• Pero ésa es una situación límite donde se comprende que se sienta
indignada...
- Enojada quizás. Pero no con odio.
Esta es otra condición que felizmente tengo pero no puedo criticar a quien lo
siente y lo expresa.
La primera etapa de mi vida (hasta
que desapareció Laura), fue una etapa burguesa, con una vida tranquila. Mi
escuela secundaria, con las Hermanas de la Misericordia, fue una experiencia
feliz: eran monjas muy progresistas y yo no tengo más que buenos recuerdos...
Me casé con mi primer y único
novio, Guido, mi actual esposo. Tuvimos cuatro hijos, dos mujeres y dos
varones. Los criamos a la manera nuestra, con libertad, con cariño, en un
hogar. Pude seguir trabajando como maestra gracias a mi mamá, una excelente abuela
que los cuidó en mis horas de escuela. Mi marido, descendiente de italianos del
Véneto, fue un padre protector.
Era una vida tranquila... En la
ciudad de La Plata, donde vivíamos, había normas sociales muy pautadas: la
comunión, los 15 años, el casamiento, la Iglesia, mi trabajo como maestra que
yo amaba. El año 1977 me encuentra ejerciendo un cargo directivo. Ya hacía
tiempo que la militancia de mis hijas mayores me daba pautas de que se
anunciaban cambios mayores. No tuve preparación política y pertenezco a esa
generación "apolítica" que sólo votaba cuando le tocaba, que aceptaba
sin protestar las marchitas militares que anunciaban la interrupción de los
gobiernos legítimos. Había un conformismo, un no plantearse estas situaciones,
y yo me responsabilizo mucho por esta actitud porque hubiéramos evitado todo lo
que siguió.
• ¿Qué sucedió después?
- Cuando comienza a actuar la
Triple A, comienzan a aparecer estudiantes y obreros asesinados. En mi familia,
el primero en desaparecer es mi marido. Estuvo 25 días desaparecido, y ahí tuve
la primera experiencia de buscar a una persona que se la tragó la tierra.
Después de pagar el rescate y de ver a curas, policías, militares, políticos,
apareció. Fueron días terribles. El tema era tabú y no lo hablábamos con nadie.
Había desconfianza, miedo...
• Y sobre todo una doble sentencia: por un lado la de los militares, y
por otro la de la opinión pública que no entendía bien qué pasaba, pero
condenaba...
- Sí, pero hasta cierto punto...
Creo que nosotros mismos nos autodiscriminábamos y nos autocensurábamos. Yo en
la escuela no contaba nada... Hasta que después desapareció Laura y su
compañero. Cuando me enteré que estaba embarazada, ¡qué alegría sentimos! Estaba
viva, iba a tener un hijo y no la iban a matar, suponíamos... Y entonces empecé
a tramitar mi jubilación para poder criar a mi nieto. La lógica me hacía pensar
que el bebé nos iba a ser entregado a nosotros. Yo pensaba, ¿para qué pueden
querer al bebé?... La ironía está en que a Laura la asesinaron el 25 de agosto
de 1977, dos meses después de dar a luz. Yo no sabía que había tenido su bebé y
me mandan a llamar para entregarme el cadáver de Laura...
• Fueron muy pocos los desaparecidos muertos entregados a las
familias...
- Sí. Casi un
"privilegio". La enterramos el 27 de agosto en La Plata. Y el 30 de
agosto me jubilé, con una hija asesinada y un nieto que no sabía si existía o
no. Me enojé con Dios, me enojé con Jesucristo... Yo había rezado tanto, había
hecho promesas... Pero me duró poco el enojo... porque me dije no es Dios, son
los hombres los que hacen estas cosas, no Dios...
A pesar de todo mi fe está
enterita. Será porque no tengo rencor, no tengo sentimientos que me
envenenan... Y eso que, por ejemplo, me resultó difícil la actitud de mis
compañeras del colegio de la Misericordia que se escandalizaban... y me lo
decían.
• Y aquí nace la otra Estela... una Estela distinta...
- Sí. Una Estela hecha de la misma
masa, pero que toma posiciones, que tiene actitudes distintas... El día de la
muerte de Laura fue el día más terrible de mi vida. No sé si me esperan otros
peores... Yo que ya venía colaborando con muchas madres de desaparecidos, me
incorporé en 1978 al recién fundado grupo de Abuelas de Plaza de Mayo. Era todo
muy difícil. No sabíamos qué hacer, qué estrategia emplear, cómo vencer los
miedos. Además mi vida había dado un vuelco: tenía una hija muerta, dos en el
exilio y el más chico con nosotros.
• Y ese duelo que parece nunca acabar...
- Pero que es tan necesario. Y
también lo hice. Mi hermano y mi marido no me habían dejado ver el cuerpo de
Laura y yo durante años no pude dejar de ir un solo domingo al cementerio a
llevarle flores. Tenía algo inconcluso dentro de mí. En 1985, ya en democracia,
hice exhumar el cuerpo y el equipo de antropología forense lo examinó a fondo
para determinar con exactitud todo lo que los militares habían negado. El
deterioro de su dentadura probaba su largo secuestro; por la pelvis supimos que
había tenido un bebé y por las balas que tenía alojadas en el cráneo, que había
sido ejecutada por una Itaka disparada a 30 cm., por la espalda... Así reuní
elementos de prueba para la justicia y para demostrar al exterior, donde
teníamos causas abiertas, qué era lo que había pasado. Esta vez sí quise
verla... Vi sus huesitos, su pelo, la vi a ella, la vi. Y cerré el duelo y
nunca más necesité ir al cementerio. Voy sólo de vez en cuando... Por eso digo
que a los muertos hay que verlos...
• ¿Qué le dirías a alguien que ocasionalmente puede tener alguna
información sobre estos chicos desaparecidos?
- A esa persona que tiene algo para
contarnos y lo está guardando por diferentes motivos le diría que no lo oculte
porque esa información puede darle la libertad a un chico, puede posibilitarle
dejar de ser víctima para ser él mismo, para que recupere sus derechos. La
experiencia institucional nos dice que la verdad duele pero es sana y la verdad
construye, mientras que la mentira es destructiva. Todos los chicos que hemos
restituido después de una acomodación en su verdad, en su familia, crecen
sanos, en libertad, como chicos normales. Preguntan mucho, quieren saber, se
les responde, y están en lo que es suyo, lo que sus padres quisieron. Entonces
cuando hay algo que se sabe, hay que decirlo, hay que contarlo.
• ¿Por qué hay Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y no padres y abuelos?
- Esto lo preguntan muchas veces y
es lógico. Es una cuestión casi de división de roles naturales. Puede haber
otras interpretaciones. Cuando en los primeros momentos desaparecían las
personas y se empezaba a trabajar, en la Plaza de Mayo había hombres, mujeres,
jóvenes, un poco de todo. En el caso nuestro es que yo me pude jubilar y
dedicarme, pero mi marido tenía que seguir trabajando para mantener la casa. Él
me espera, me apoya, me tiene paciencia, me alentaba y me sigue alentando. Pero
hay otra cuestión que es la visceral: la de mujer, la de madre, que nos impide
dejar de hacer todo lo que tenemos que hacer para seguir buscando. También es
cierto que muchos hombres se resintieron en su salud y se murieron. La mayoría
de las abuelas son viudas... Y que para los militares el hombre era más
peligroso. "¡Déjenlas a esas lloronas viejas locas!, ya se van a
cansar...". Si hubieran adivinado que íbamos a persistir para siempre nos
hubiesen secuestrado en mayor número. Lo quisieron hacer con las Madres cuando
secuestraron -y asesinaron- a Azucena
Villaflor, que era la líder por excelencia.
Pero el grupo siguió. Ahora
dividido, en dos. Nosotros tenemos más afinidad con la Línea Fundadora de
Madres de Plaza de Mayo. El otro grupo tiene su propia dinámica y no somos
quién para juzgarlo. Creemos que el amor
construye, el odio no, aún a riesgo de parecer tontas o débiles...
Gabriela Castori
(extractado de "El Mensajero"
n. 3, 1999)