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La "Casa de la Paz" Marguerite
Barankitse, llamada también Maggy, nació en Burundi, África central,
de una familia católica tutsi, uno de los dos pueblos que vive en
aquella zona de África: el otro es el pueblo hutu. Huérfana a los
cinco años, se crió con un tío que llegó a ser ministro de gobierno
en su país. Figura de primer plano en la defensa de los derechos de los
niños y jóvenes marginados por la sociedad, es conocida por su
compromiso indomable y valeroso en favor de la paz y reconciliación.
H ija de una rica familia de terratenientes burundeses, podría estar disfrutando de una vida plácida en cualquier país de Europa, lejos de la guerra que desangra su país desde hace una década. Pero optó por quedarse junto a sus compatriotas más desamparados, los niños, víctimas inocentes del conflicto fratricida entre hutus y tutsis. Su lucha personal comenzó en octubre de 1993, cuando el país conoció las primeras elecciones democráticas y salió elegido como presidente Melchior Ndadayé, de la etnia hutu, arrebatando el poder del que siempre había gozado la minoría tutsi.Temerosos de perder el control en el Ejército, militares tutsis asesinaron a Ndadayé. Fue la chispa de una espiral de matanzas y venganzas en las que se envolvería tanto el Ejército como las milicias hutus y tutsis, haciendo blanco de sus ataques a la población civil. Como resultado, de diez años de guerra tenemos 100.000 muertos, 200.000 refugiados y otros 200.000 desplazados internos. "Comencé mi labor en este contexto complicado y complejo, porque siempre denuncié la injusticia social", cuenta Marguerite, que emprendió su trayectoria humanitaria con la adopción de siete niños, cuatro hutus y tres tutsis. En el mes de octubre de 1993 Maggie fue testigo de la masacre contra los hutus cometida por los tutsi cerca del lugar donde trabajaba como maestra: trató de ayudar a un grupo de hutus que huían de las matanzas tutsis, ocultándolos en el Obispado de Ruigi. "Llegaron un domingo a las 9 de la mañana, reconocí a los tutsis, algunos de ellos familiares míos, y supe que no podría salvar a los hutus que intentaba proteger". Con los ojos empañados recuerda cómo suplicó que no les mataran, pero la golpearon y la ataron -sobrevivió porque era tutsi- mientras que ante sus ojos incendiaban el edificio, matando a 72 personas. Desde ese momento, "en mi corazón dije no al fratricidio, no podía aceptarlo". Recogió a 25 niños hutus supervivientes de la matanza y, al poco tiempo, cuando se desató la venganza hutu, también asumió el cuidado de otro grupo de pequeños tutsis a quienes despiadadamente les habían arrancado los ojos. Fue así como Maggy se entregó en cuerpo y alma a rescatar y cuidar a niños huérfanos, enfermos de Sida y disminuidos psíquicos con la idea de hacer posible la convivencia interétnica. En 1994 nació la Maison Shalom "Casa de la Paz", en la provincia de Ruigi, una de las más pobres del país. Una casa donde Maggie ha ayudado a más de 10 mil menores, de varias nacionalidades, sobrevivientes de la guerra civil en Burundi y de los conflictos en los países de la región. La han llamado la "Madre Teresa de África", pero ella prefiere que continúen diciéndole Maggy, aunque para sus chicos es simplemente O’ma, la abuela. Una de las chicas de la Maison Shalom que había sido enviada a estudiar en el extranjero: después de su regreso a Burundi, ha sido elegida gobernadora de la región. El sueño de Maggie y de sus voluntarios es que la Maison ayude a formar la nueva clase de dirigentes de Burundi, un país que debe ser reconstruido. En sus primeros años, tuvo que financiar los proyectos mediante la venta de sus propiedades personales y, aunque la situación de su organización sigue siendo precaria, ahora cuenta con el apoyo de Cáritas Alemania, UNICEF y los Padres Blancos. Su trabajo le ha costado amenazas de muerte y ataques a sus propiedades. En una ocasión "me quemaron el coche para desanimarme, pero no lo consiguieron", afirma. A quienes la han amenazado e intentado desacreditarla por su trabajo en favor de los huérfanos, les ha respondido: "Si ustedes me matan, me harán un gran favor: porque desde arriba haré más milagros que estando viva y ustedes serán humillados". Desde entonces han dejado de molestarla. "Estos niños me dan mucho más de lo que yo les doy, me regalan la alegría de vivir", ha declarado. La razón de las intimidaciones radica en el miedo. "Si protejo a los niños a cuyos padres han matado las milicias, éstas creen que luego se vengarán". Pero se equivocan. "En nuestros centros, a todos los burundeses, enseñamosa perdonar, a convivir en paz, les decimos que la violencia engendra violencia, que es el arma de las personas débiles". Los recelos también surgen por sus críticas abiertas al gobierno. "Si destinaran el dinero que emplean en la guerra, el 1’4% del presupuesto estatal, a servicios sociales evitaríamos enfermedades, la gente tendría agua potable, alimentos, medicinas". Y a la falta de compromiso de los poderes nacionales, se suma la indiferencia internacional hacia Burundi. El objetivo que persigue es que los niños de la calle a los que recoge (huérfanos del Sida y de la guerra) recompongan sus vidas dentro de un ambiente familiar. Para ello, Maggy está construyendo viviendas con huerta en tierras de su propiedad que entrega a los mayores de 16 años, a los que anima a que adopten a niños que hayan conocido en los centros de acogida y formen así familias interétnicas. Otro grave problema que afronta el país es el avance implacable del Sida que infecta al 20% de la población en medios urbanos y al 6% en zonas rurales, según las cifras oficiales. En los centros que gestiona Maggy, 120 niños son seropositivos y 69 de ellos han desarrollado la enfermedad. Su organización realiza campañas de prevención, claves para atajar la propagación del VIH en un país sin medios para pagar los costosos tratamientos. "Cuando un niño va a morir, lo tomo en mis brazos, le doy cariño y al menos así muere con dignidad", relata Maggy. "Seremos pobres, pero tenemos dignidad", subraya. Respecto al futuro de su país (actualmente está gobernado por un presidente tutsi que cuenta con el apoyo de un pequeño grupo de hutus enfrentados a milicias rebeldes hutus, y desde ambos bandos atacan a civiles de cualquier grupo étnico) afirma que sueña con la paz, pero "con mis ojos veo que queda un largo camino" en el que seguirá luchando. Su labor ha obtenido amplio reconocimiento internacional. En 1998 recibió el Premio a los Derechos Humanos de manos del Gobierno francés, en el marco del 50 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En 2000, recogió el Premio Norte-Sur, que otorga el Consejo de Europa a personalidades destacadas en la defensa de la democracia y los derechos humanos. Y en 2003 fue galardonada con el II Premio Juan María Bandrés a la defensa del derecho de asilo, concedido por la Comisión Española de Ayuda al Refugiados (CEAR) y la Fundación CEAR. Marguerite Barankitse ha sabido unir armoniosamente, a pesar de las contradicciones, los valores de las estructuras sociales que ha encontrado. Ha combinado con acierto los valores de las sociedades tradicionales de su país, la religión católica y los aportes de las instituciones públicas de la época de la colonización y del Estado de hoy. Ella misma ha afirmado: "Trato de tomar lo bueno que encuentro en todas las culturas: en las tradiciones de mi pueblo y en la cultura occidental. Pero ha sido mi fe la que me ha permitido ver las cosas de una manera diferente. Mi fe me ha sostenido en los momentos más difíciles. He llevado conmigo a todas partes la frase del Evangelio "Estaré con ustedes hasta el final de los tiempos". Esta certeza me ha permitido decir sí, y asumir cada situación que he encontrado en la vida, y ha sido la fuerza la que me ha mantenido en pie. Cada acontecimiento me ha pedido y me sigue pidiendo un sí a la vida y un no al odio entre hermanos. Esta decisión, tomada día a día, exige una energía que supera las fuerzas humanas. Para mí hay una sola religión, la del amor y el perdón contenidos en la fe bíblica... Debemos tener el valor de hacer la revolución del amor, ya que hemos sido creados para hacernos felices recíprocamente". |
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