Tema Central

Primo Corbelli

Un llamado a la paz...

una reflexión cristiana

sobre una guerra y todas las guerras

 

 

Un llamado a la paz... Recientemente, también en América Latina han soplado vientos de guerra y se han movilizado tropas en Colombia, Venezuela y Ecuador; hemos asistido estupefactos a la violencia desatada recientemente en Argentina. A nivel mundial se han evidenciado las reivindicaciones pacifistas del Tíbet, pero hay muchas otras guerras que siguen violando el más natural de los derechos humanos y de los pueblos. Por ejemplo, ya han pasado cinco años de una guerra absurda en Irak que ha provocado un millón de muertos iraquíes. Fuertes protestas se dan en todo el mundo, y es preciso hacer un balance crítico sobre esta guerra, desde la fe.

 

Después del 11 de setiembre de 2001, Estados Unidos emprendió la guerra contra el terrorismo islámico por su propia cuenta como potencia hegemónica mundial, provocando entre otras cosas, un odio creciente del fundamentalismo islámico hacia el mundo occidental, identificado con el Cristianismo. Este camino belicista ha dejado intactas las cuestiones de fondo que son las verdaderas causas del terrorismo y los grupos fundamentalistas han crecido en todas partes. Es imposible calcular el costo humano de la guerra y resulta significativo que no se haya hecho ningún esfuerzo serio para contabilizar los muertos iraquíes, mientras que se conoce en detalle el número de soldados estadounidenses caídos en combate (ya son más de 4.000), además de unos 30 mil heridos. Un reciente informe realizado por la empresa británica ORB, basado en entrevistas personales a 2.414 adultos iraquíes, estima en un millón  las muertes iraquíes provocadas directa o indirectamente por la guerra entre el 19 de marzo de 2003 y el verano boreal de 2007. "Le Monde Diplomatique" habla de la fragmentación de la sociedad y reseña que no sólo la producción de petróleo no superó su nivel de antes de la guerra, sino que sigue habiendo cortes de electricidad varias horas por día, el 70% de la población no tiene acceso directo al agua potable, los hospitales no están equipados, los médicos emigraron y la cantidad de refugiados y personas desplazadas ronda los 4 millones. Es el mayor desastre regional desde la guerra de Afganistán de la década de 1980. Existe además una xenofobia generalizada entre los iraquíes que apunta a todos los occidentales, como vimos en los atentados de los últimos meses, y en especial a las fuerzas norteamericanas de ocupación. Se ha logrado una adversión que será difícil de superar por varias generaciones.

En realidad Estados Unidos, mas allá de los intereses petroleros, lo que ha intentado implantar sobre todo es un nuevo orden mundial después de la caída de la URSS, empezando por Afganistán y siguiendo por Irak: la nueva concepción de "guerra preventiva" practicada en Irak, como instrumento necesario contra el terrorismo, presupone un derecho jamás reconocido a nivel internacional. Para el presidente norteamericano y sus sostenedores, Norteamérica es la tierra bendecida por Dios, destinada a llevar al mundo sus valores de libertad y democracia, sin por eso rechazar la amistad por ejemplo con Arabia Saudita que tiene un gobierno despótico, pero con la mayor producción mundial de petróleo.

Entre nosotros se dispara la compra de armas; Colombia, Venezuela, Brasil, Chile se lanzan a la carrera armamentista. La instancia mediadora del Grupo de Río en Santo Domingo evitó que el conflicto planteado entre Colombia, Venezuela  y Ecuador escalara a niveles mayores. Estados Unidos por su parte respaldó evidentemente la incursión colombiana invocando no sólo el derecho de autodefensa unilateral, sino justamente la doctrina que define la guerra preventiva en la lucha contra el terrorismo. Es conocido el trabajo para una verdadera paz que la Iglesia hace en Colombia, con cantidad de mártires desconocidos. A nivel mundial, el año 2007 se ha despedido con 23 guerras declaradas y más de 30 zonas en situación de conflicto. ¿Qué piensa la Iglesia de esta realidad? ¿Qué enseña la Iglesia sobre la guerra y la violencia?

 

"SI QUIERES LA PAZ..."

 

Un antiguo lema de los romanos decía "Si quieres la paz, prepárate para la guerra". Fue la manera en la que se impuso a todo el mundo la "paz romana"; a través de las armas. En realidad no es algo pasado de moda ya que en la actualidad también se quiso establecer la paz a través de la guerra (por ejemplo en Afganistán, Irak...). Es una trágica ilusión que sigue engañando a los hombres, a pesar de que la historia enseña que una paz establecida de esa manera no se llama "paz" sino "victoria" y los vencidos siempre se levantarán algún día para la revancha. Es la espiral de la violencia que hace que desde 1948 (60 años) haya una guerra permanente entre judíos y palestinos; y los que intentan romper esa espiral, también caen víctimas de la violencia.

Esta continuidad de la guerra en búsqueda de la victoria hace que crezca la carrera armamentista en calidad y cantidad. La ballesta (que había sido prohibida por el Concilio Lateranense en 1139 porque le parecía incontrolable), fue reemplazada por el fusil, el fusil por la ametralladora (que puede hacer hasta 1.250 disparos por minuto), y la ametralladora por las armas nucleares, químicas y biológicas. Al mismo tiempo, de guerra entre soldados, la guerra se ha transformado en guerra contra todos. En la Primera Guerra Mundial todavía la proporción de los muertos era de un civil por cada 10 militares. En la Segunda Guerra Mundial el número de los muertos entre los civiles es parejo al de los militares; ya no se puede hablar de "daños colaterales" o muertes "accidentales".

En Vietnam el 80% son civiles y el 20% militares; en caso de conflicto atómico los muertos serían el 95% civiles y el 5% militares, como ya ha ocurrido en Nagasaki e Hiroshima.

Se hizo por otra parte famosa en la historia la definición que en la "Ciudad de Dios" san Agustín daba de la paz: "la tranquilidad del orden". El Concilio Vaticano II no usó esta expresión; ya en el Antiguo Testamento la palabra "shalóm" que suele traducirse por "paz" y que fue traducida en griego como "eirené" (= tranquilidad pública), significa en realidad mucho más que una simple ausencia de guerra. Es plenitud de vida donde confluyen la justicia, la verdad y el amor. Hay una paz falsa a la que el pueblo judío se había acostumbrado en Egipto y una paz verdadera que es fruto de la libertad y de la justicia que hay que ir construyendo con sacrificio día  a día aún en la travesía del desierto. Los profetas condenaron el orden injusto y opresor como generador de guerra y violencia. Los sucesivos descalabros del pueblo de Dios hicieron muy difícil seguir confiando en que los hombres, por si solos, podrían alcanzar algún día la paz. Apareció entonces la esperanza mesiánica; será el Mesías quien instaurará el "shalóm". El profeta Isaías sueña que en sus días habrá justicia y equidad (Is 32,17), habrá armonía entre el hombre, los animales y la naturaleza (Is 11,6-9;35,9;65,25), se transformarán las espadas en arados (Is 2,4). Sin embargo tampoco la paz mesiánica se alcanzará sin lucha de parte nuestra.

 

¿JESUS FUE VIOLENTO?

 

Jesús, el Mesías, fue el primer apóstol de la no violencia, de una no violencia activa que no se resigna al mal pero que busca vencer el mal con el bien. Predicó el amor a los enemigos y la fraternidad universal, pidió devolver bien por mal, proclamó la bienaventuranza de los hacedores de paz, prohibió el uso de la espada incluso en caso de legítima defensa como en el huerto de Getsemaní (Mt 26,51-53), rechazó hacer bajar fuego sobre los samaritanos (Lc 9,51-55). Muchas veces la invitación de Jesús de "no resistir al mal" (Mt 5,39) se ha interpretado como simple no resistencia al mal. En realidad una traducción más exacta del verbo griego significa: "no reaccionar violentamente frente al mal". Jesús aconseja resistir al mal, pero sin violencia. Actuar en forma contraria, sería convertirse en personas pasivas y resignadas, cobardes y cómplices de abusos e injusticias. Jesús nunca en su vida dio ejemplo de esta clase de pasividad. Jesús predicó que la paz es un don de Dios y hay que pedirlo, pero a la vez es una tarea humana a la que está asegurada una bienaventuranza acompañada a veces por persecuciones. No sólo se trata de buscar la paz definitiva y total del cielo, sino que esa paz ha de traducirse en la tierra como anunciaron los ángeles en Belén (es el título de la famosa carta de Juan XXIII "Pacem in terris": "Paz en la tierra").

Los primeros cristianos habían quedado tan impresionados por la repulsa de Jesús a toda violencia, que hasta se negaban a participar en las guerras o a vestir el uniforme militar. Hay testimonios de soldados que abandonaron la milicia al hacerse cristianos. De hecho en muchos lugares se exigía a los nuevos cristianos renunciar al estado militar si esa era su profesión. Afirmaba Tertuliano: "Cristo al desarmar a Pedro, desarmó a todos los cristianos". La causa principal de esta objeción al servicio militar era el rechazo a matar y la preocupación por cumplir el gran mandamiento de Jesús de amar a todos, inclusive a los enemigos. A principios del siglo IV sin embargo la situación cambió totalmente ya que el emperador Teodosio sólo permitía el alistamiento en el ejercito de soldados cristianos. ¿Qué había pasado? Ahora el imperio era cristiano y había que defenderlo de los bárbaros. Eusebio de Cesarea escribía que el imperio cristiano era la realización del Reino mesiánico.

En el año 410 los bárbaros de Alarico ocuparon y saquearon la ciudad de Roma y eso provocó una enorme conmoción. San Agustín, si bien odiaba la guerra, la vio inevitable y formuló la doctrina de la "guerra justa" en ciertos casos. Según Agustín las guerras debían ser sólo defensivas y ser el último recurso del que servirse, después de haber agotado todas las otras opciones frente a un agresor. Además no debían dar pie a la venganza ni causar un mal mayor al que se pretendía enmendar.

En el siglo XX el pastor luterano D. Bonhoeffer vivió una disyuntiva similar a la de san Agustín. Se convenció de que era necesario para evitar males mayores acabar con la vida de Hitler (por eso entró en el complot), a la vez que veía en ello una acción contraria al Evangelio. Inclusive se manifestó dispuesto a llevar adelante personalmente el atentado, pero antes abandonaría formalmente su Iglesia confiando únicamente en la misericordia de Dios.

 

POSTURA DE LA IGLESIA EN LA HISTORIA

 

Se había entrado en una pendiente peligrosa; a partir del siglo IX encontramos obispos e incluso papas que empuñan la espada en múltiples contiendas. En el siglo XI se dio el último paso convocando las cruzadas contra los musulmanes. Más tarde, el tercer Concilio de Letrán (1179) hizo un llamamiento a la guerra santa contra los Cátaros. Como bien escribe el teólogo Luis González-Carvajal: "La guerra dejó de verse como un mal inevitable, con el que a veces era necesario transigir a regañadientes y quedó convertida en un deber, e incluso en un deber sagrado". Se empezó a bendecir las armas, aparecieron las órdenes de monjes-soldados. Luis González-Carvajal escribe: "Entonces sí que se disparó la crueldad de la guerra. Al fin y al cabo cuando la guerra se hace en nombre de Dios, cabe suponer que el enemigo está de parte del diablo y es legítimo exterminarlo".

En la época contemporánea sin embargo los papas fueron grandes defensores de la paz. El Papa Benedicto XV que fue elegido ya iniciada la Primera Guerra Mundial con una ceremonia privada dentro de la capilla Sixtina, en su primera encíclica del 1º de noviembre de 1914 denunció las "gigantescas carnicerías" que se estaban realizando. En 1915 dijo que aquello era una "matanza organizada", no un conflicto. El 1º de agosto de 1917 en una "Nota a los Jefes de los países en guerra" les pidió cesar esa guerra tremenda "la cual cada día más se revela como una inútil masacre". Esta última expresión del Papa conmovió al mundo, a pesar de haber encontrado resistencias en algunos sectores del Vaticano. El Papa se mantuvo en esa línea de rechazo absoluto de la guerra y de neutralidad hacia las partes para poder mediar entre ellas, en vista de una paz rápida y concordada. La "inútil masacre" de la Primera Guerra Mundial dio como único resultado diez millones de muertos, veinte millones de heridos y una victoria aplastante que por sus duras y humillantes condiciones causó el rearme de la Alemania nazista.

La Segunda Guerra Mundial enseñó algo a la humanidad, se creó la ONU, se proclamaron los Derechos Humanos, surgió el movimiento pacifista pero no desa-pareció la guerra como forma de establecer la paz a través del dominio del más fuerte. La bomba atómica contra los japoneses, según los documentos oficiales americanos, no era principalmente para doblegar a Japón que ya lo estaba, sino para advertir a Rusia y a todos los demás países que la nueva superpotencia militar y política era Estados Unidos. Y como consecuencia llegó la "guerra fría" con la división del mundo en grandes bloques y una carrera enloquecida de los armamentos. Los Papas mantuvieron la misma línea de Benedicto XV. No siempre fue así en las Iglesias Locales que pocas veces han sabido oponerse a la opinión pública de sus respectivos países en momentos de exaltación bélica. Un ejemplo conocido es cuando el Papa Juan Pablo II condenó la guerra de las Malvinas y llamó a Roma a los representantes de los dos episcopados. Sin embargo unos y otros defendieron la postura de su respectivo gobierno o, al menos no la rechazaron. En Ruanda y Burundi hubo una carnicería entre cristianos (alguien dijo: "la sangre de la raza es más fuerte que el agua del bautismo"). Todavía no se ha tomado conciencia que ha muerto más gente en las guerras del siglo XX que en los anteriores 10 mil años, y que alcanzar la paz es el principal desafío de nuestra época.

 

UNA "MENTALIDAD TOTALMENTE NUEVA"

 

El Concilio exhortó a terminar con todas las guerras pero admitió que por ahora todavía una guerra defensiva puede ser razonable si se tienen en cuenta ciertas condiciones. "La guerra no ha sido desarraigada de la humanidad. Mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de medios eficaces, una vez agotados todos los recursos pacíficos de la diplomacia, no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos" (Gaudium et Spes n.79). Al mismo tiempo instó a "examinar la guerra con mentalidad totalmente nueva" (n.80) dado el estado actual de las armas y a "preparar aquella época en la que gracias al acuerdo entre naciones, se podrá prohibir totalmente el recurso a la guerra" (n.82).

Juan XXIII había dado un paso más, realmente sustancial y que el Concilio no tuvo en cuenta, al negar en la "Pacem in terris", la racionalidad de toda guerra: "En nuestra época que se jacta de poseer las armas atómicas, resulta irracional sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado" (n.127). La encíclica tuvo gran resonancia mundial y fue leída en la ONU; respondía a una profunda, urgente, prioritaria preocupación de toda la humanidad. En la misma línea el papa Pablo VI lanzó el grito en la ONU: "¡Nunca más la guerra!". Y desde Bombay en 1964 hizo un llamado frente a los espeluznantes gastos en armamentos, para que se destinara el 10% de esos gastos al desarrollo de los países más pobres. Juan Pablo II llegó a decir: "El concepto de guerra justa pertenece al pasado. Lo defendía santo Tomás en caso de legítima defensa. Pero en nuestro tiempo no tiene ya validez, porque hoy los hombres tienen otros medios para poder resolver los conflictos".

Juan Pablo II reconocía como un signo de esperanza "la nueva sensibilidad cada vez mas contraria a la guerra como instrumento de solución de los conflictos" y alentaba la "búsqueda de medios eficaces pero no violentos para frenar la agresión armada" ("Evangelium vitae" n.27).

Hoy no hay guerra, por limitada que fuera, que no entrañe un peligro gravísimo de destrucciones y matanzas masivas. En realidad la teoría de la "guerra justa" ha servido en el pasado para legitimar todas las guerras. Nunca fue aplicada en realidad, porque aplicándola ninguna guerra se podía justificar: ninguna guerra protege la población civil ni tiene en cuenta la proporcionalidad de los medios; no hay distinción entre combatiente y no combatiente; matar al "enemigo" no es considerado homicidio, y las muertes de los civiles hoy son llamas "efectos colaterales".

Frente a la mentalidad bélica "dura de morir", está el deber para el futuro de acabar absolutamente con la guerra, desarmar los arsenales atómicos, abolir la producción y comercio de armas y luchar por una autoridad mundial y regional capaz de impedir que los estados se tomen la justicia por sus propias manos; y sobre todo eliminar las causas (económicas, políticas etc.) que llevan a la guerra.

 

PROFETAS DE LA NO VIOLENCIA

 

Siempre hubo grandes profetas en la Iglesia y fuera de ella que lucharon contra la guerra. San Francisco con su saludo "paz y bien" y con su palabra evangélica ayudó a resolver graves conflictos en las ciudades italianas de Siena, Arezzo, Asís. Consideraba el dinero destinado a las cruzadas como un dinero sustraído a los pobres. En Egipto en 1219 (quinta cruzada) pidió a los cruzados terminar con la guerra y siempre buscando la paz, sin armas y sin escoltas se presentó al Sultán quedando en su campamento varios meses; al volver pidió a sus frailes "ir entre los Sarracenos, vivir con ellos en paz y, si es posible, hablarles de Cristo". Bartolomé de Las Casas recorrió 17 veces el océano para denunciar frente a la Corona que la guerra contra los indios era "un homicidio y un robo generalizado".  

En nuestra época tenemos sobrados ejemplos de luchadores no violentos como Gandhi, Luther King, Oscar Romero, Nelson Mandela, los obreros polacos, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, los Sin Tierra de Brasil, los Monjes de Birmania, el Dalai Lama..., que han logrado éxitos impensados. En 1989, 13 naciones de la ex Unión Soviética hicieron otras tantas revoluciones no violentas; nunca había pasado en la historia. Recientemente los monjes budistas birmanos han sacudido la opinión pública mundial con sus marchas del silencio contra la dictadura.

Gandhi afirmó que Jesús "fue el más activo de los resistentes no violentos de toda la historia humana" y estaba escandalizado de que las naciones "cristianas" estuvieran dotadas de los ejércitos más poderosos y violentos y de se bendijeran sus armas; "esto es la negación del Sermón de la Montaña ", decía.

Muchos de estos profetas ofrecieron su vida sin ver los resultados de su sacrificio; pero dejaron un testimonio imborrable. En junio de 1989 en la plaza Tianammen de Pekín, 7 mil jóvenes fueron masacrados y aplastados por los tanques. "Luchamos por la vida, con el coraje de morir. No buscamos la muerte. Pero si la muerte de algunos puede mejorar la vida de muchos, no tenemos derecho a vivir. Nuestro espíritu no morirá jamás", dejó escrito uno de esos muchachos. El 26 de octubre pasado fue beatificado en Linz (Austria) Franz Jagerstatter, padre de familia, que llamado a las armas en el ejercito nazi, rehusó enrolarse, ni como enfermero, a una guerra que juzgaba "injusta" y que iba a causar "un enorme derramamiento de sangre". A pesar de las presiones de los amigos, de los curas, de sus propios familiares, se rehusó hasta lo último (fue guillotinado); "prefiero ofrecerme a mí mismo como víctima, antes de tener que matar a otros". Existe hoy una conciencia del derecho a rehusarse a cumplir órdenes ilegales o inmorales, a rechazar la llamada "obediencia debida", a la objeción de conciencia al servicio militar, a la desobediencia civil en caso de leyes injustas, a la no cooperación, a la condena de los delitos de lesa humanidad.

Esta no violencia activa antes que nada exige una fuerte espiritualidad, una ética, caminar los caminos de las Bienaventuranzas; la paz empieza por uno mismo. Implica amar al prójimo, al enemigo, estar dispuestos a dar la vida. Parece demasiado débil frente al poder.

Y sin embargo cuando 50 mil negros en Montgomery, para protestar contra una ley injusta que los discriminaba decidieron no viajar más en ómnibus, al cabo de tres meses la compañía de autobuses estaba a punto de quebrar (había perdido más de un millón de dólares) y al cabo de un poco más de un año fue suprimida la segregación en los ómnibus de la ciudad; los negros alcanzaron así, con un método no violento, lo que en la tremenda guerra de secesión no habían obtenido.

La Iglesia hizo la opción por los pobres, y hoy muchos esperan que haga la opción por la no violencia, educando para la paz, rechazando todo lo que es militarismo, violencia en la sociedad, producción y comercio de armas etc..

Educar para la paz es luchar contra el racismo, la desi-gualdad y las discriminaciones, los prejuicios, la desinformación, la violencia verbal y visual, la violencia doméstica, en los estadios y en la calle. Hay que educar contra la violencia, como método de protesta y como respuesta a la misma violencia. La paz es fruto de la justicia; la injusticia estructural hace que la expectativa de vida en Guinea-Bissau sea sólo de 38 años (mientras, por ejemplo, en Japón es de más de 80 años). La paz es fruto también de la búsqueda de la verdad y del diálogo, del perdón y la reconciliación que sólo pueden cortar definitivamente la espiral de la violencia. Si la guerra fue inventada por el hombre en la antigüedad, ahora ha llegado el momento de  inventar la paz.

Será una larga marcha. Cuando Alexei Adjubei, enviado de Kruschev para un primer encuentro con el Papa, le pidió a Juan XXIII abrir relaciones diplomáticas entre el Kremlin y el Vaticano, el Papa contestó: "Dios creó al mundo en distintos días o épocas; en el primer día creó la luz. Nosotros estamos como en el primer día de la creación; nos miramos en los ojos y vemos que hay luz. Ahora hay que esperar. Dios nos hará ver el camino que hay que recorrer".

 

Primo Corbelli

 

Beato Franz Jägerstätter

 

Un cristiano que actuó según su conciencia

 

"Escribo con las manos atadas, pero prefiero esta condición a la de ver con cadenas mi voluntad. No es la cárcel, ni tampoco las cadenas y una condena que pueden perjudicar la fe de alguien o quitarle la libertad..." (de su testamento, Berlín, julio de 1943).

 

Franz Jägerstätter nace el 20 de mayo de 1907 en una aldea, St. Radegung, en Austria cerca del confín con Baviera. Lleva una vida muy común. En su juventud pasa por varias experiencias; ante de casarse, tuvo una hija con una mujer que no sería su esposa: con esta hija mantendrá una comunicación muy fuerte, a pesar que no integrará su familia. Después de su encuentro con el evangelio, su vida cambió. Se casa, vive de su trabajo de campesino y participa activamente en la vida de fe de su comunidad parroquial.

Se puede definir como un "resistente" al nazismo, un simple campesino que representa uno de los pocos testigos que, en tierra alemana, se atrevió a oponerse al régimen nazi, después de la anexión de su país a Alemania (1938). Su historia es muy particular, vivida en total soledad, desvinculada de cualquier movimiento de oposición interna al nazismo.

Llamado a integrar el ejercito nazi en el 1943, cuando la guerra mundial estaba en su cumbre, declaró que como cristiano no podía servir a esa ideología, ni tampoco pelear una guerra injusta. Rechazó también la posibilidad de integrar el ejercito nazi como encargado de la cocina o de la salud, porque no podía colaborar con una institución injusta.

La opción y la vida de Franz hacen referencia a una radicalidad evangélica que no sólo es impecable, sino que también provoca e interroga al cristiano. Su párroco, Josef Karobath, después de un diálogo decisivo en 1943, pocos días antes de la llamada a integrar el ejército, escribió: "Me dejó sin palabras, porque tenía los argumentos mejores. Queríamos que retrcatara su opción, pero derrumbó muestra intención con la Escritura".

En Franz hay una serenidad, meditada y sufrida, de adhesión al mensaje del Evangelio: no por ideología o por abstracto pacifismo, sino porque se deja conducir por la concreta y vital adhesión a los valores y a las exigencias en las que cree.

En la historia humana y religiosa de Franz, se destaca con fuerza el primado de la conciencia, verdadera luz de orientación del comportamiento de un sencillo laico cristiano. Sin caer fuera de los límites de la doctrina cristiana, Franz se pone a la escucha de "lo que le parece justo". Lo hace con gran sufrimiento, porque esto implica ir contra lo que considera más importante: la familia (la esposa y tres hijitas), los pastores de la Iglesia (aunque no todos), su conciudadanos, que no comparten su opción, justo él que fue escogido como intendente.

Su escucha de "lo que le parece justo" no es algo repentino. Franz, sacristán de su parroquia, estudia la Biblia, lee los documentos de la Iglesia, dialoga con los que confía, reza mucho, medita, ayuna. Está en un camino de formación de su conciencia, aun en las difíciles condiciones de aquellos años.

Su actitud hace hincapié en las "cosas últimas", las busca y las desea; son determinantes para sus opciones y comportamientos. También frente a su esposa, en los veinte minutos de coloquio concedidos en la cárcel de Berlín, pocas semanas antes de su muerte, recuerda que lo que los espera es el Cielo y evoca la palabra de Jesús: "no es digno de mi el que ama a su padre o a su madre más que a mi" (Mt 10,37). Y frente al argumento de que sus hijas quedarán sin padre, afirma que sus hijas recibirán mucho más del testimonio de un padre muerto para hacer el bien, que de la vida de un padre que colabora con el mal.

Franz fue guillotinado en Brandeburgo (Berlín, en la misma cárcel donde estaba Bonhoffer) el 9 de agosto del 1943.

El testimonio de Franz se fundamenta en un muy alto sentido de la dignidad de cada persona, en el valor de la conciencia. Fue beatificado en Linz, el 26 de octubre de 2007.

 

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