
El crimen tuvo el objetivo de aterrorizar a un vasto sector del catolicismo que, como es conocido, recorría en aquella época un camino de renovación en la orientación religiosa que colocaba el acento en la práctica social, la opción preferencial por los pobres como se denominaba.
Si bien los Palotinos no pertenecían a los grupos más radicalizados de la Iglesia argentina, como el Movimiento de los Curas tercermundistas, muchas de sus actitudes y actividades se encuadraban en aquella corriente que había traído nuevos aires al catolicismo.
El asesinato se proponía destruir una forma de concebir la religión a la luz del Vaticano II y de la Conferencia de Medellín.
Aunque no soy católico, la masacre de San Patricio me movilizó porque fue un suceso que se ocultó puntillosamente y que debía ser denunciado y recordado. Además, la investigación que llevé a cabo, me permitió conocer una realidad: la de los sacerdotes comprometidos con su pueblo, que tenía una gran importancia para la gente que acompañó ese proceso de transformación de la Iglesia.
El acercamiento a la comunidad palotina, que me abrió sus puertas sin condiciones, constituyó una etapa de profundo crecimiento personal. La aproximación al dolor sufrido por quienes fueron compañeros y discípulos de las víctimas me fortaleció, estimuló mi sensibilidad y acrecentó mi voluntad de contar esta historia. Fue una experiencia valiosa cuyas repercusiones llegan todavía hoy en día.
He podido anudar una intensa amistad con un sacerdote palotino, el p. Kevin O' Neill, quien me ayudó y apoyó para concretar la obra y, cuando ésta estuvo lista, se encargó de difundirla entre los feligreses de su comunidad. O' Neill ha sido sin duda el que más ha hecho para reivindicar a las víctimas.
Pero esa memoria no es sólo recuerdo y homenaje a las víctimas, sino también comprender y valorar el mensaje que nos dejaron en su vida y en su trabajo, cuya proyección tiene plena vigencia en estos días. Mi libro es un pequeño aporte que no pretende cerrar la búsqueda de la verdad sino iniciarla.
Por suerte otra gente ha emprendido iniciativas tendientes a no olvidar aquel 4 de julio y al cumplirse los 20 años serán importantes los actos organizados para recordar a los mártires de la comunidad palotina. Con el paso del tiempo, la búsqueda de la verdad y el reclamo de justicia se han multiplicado y adquieren nuevos y potentes significados ...
Estos datos son sin embargo muy limitados ya que se trata de mártires olvidados y la lista de los laicos se refiere casi sólo a Buenos Aires y muy pocas comunidades. Se trata en general de catequistas como Mónica María Mignone, hija del autor de "Iglesia y Dictadura" secuestrada con todo el grupo pastoral que trabajaba en el Bajo Flores con el p. Orlando Iorio y el p. Francisco Jalics, o de Daniel Esquivel del Equipo de Pastoral de Paraguayos (EPPA) defendido públicamente en carta pastoral por el obispo de Lomas de Zamora mons. Desiderio Collino, o de María del Carmen Maggi, decana de Humanidades de la Universidad Católica de Mar del Plata...
Este 4 de julio se celebran los 20 años de la llamada "masacre de San Patricio", hecho que estremeció profundamente la Iglesia de Argentina. En la madrugada del 4 de julio de 1976, grupos de tareas de la dictadura militar penetraron en la comunidad de los Padres Palotinos en la parroquia S. Patricio del Barrio Belgrano de Buenos Aires, maniataron a los religiosos (3 sacerdotes y 2 seminaristas) uno junto al otro, los golpearon y los fusilaron por la espalda. Dos días antes había estallado una bomba en la Superintendencia de Seguridad Federal matando a 15 policías. Se dijo que este asesinato y otros eran la respuesta de la fuerza de seguridad. Pero... -por qué una comunidad religiosa? Dichos religiosos se destacaban por su gran sensibilidad social y el párroco, p. Kelly, había sabido mover a la juventud hasta llegar a formalizar 9 grupos juveniles. Los religiosos eran todos argentinos, excepto Barbeito que a los 3 años de edad había venido de España. La predicación dominical reflejaba las ansias de justicia social y de respeto de los derechos humanos que enseñaba la Iglesia; y esto, justamente en un barrio donde se concentraba gran parte de la oligarquía porteña.
En el caso de los palotinos, el terrorismo de estado golpeó con saña a los que no tenían nada que ver con la guerrilla, movido por la ideología de la seguridad nacional. El p. Favre, en nombre de la Conferencia de Religiosos, durante la Misa de cuerpo presente concelebrada por 150 sacerdotes y presidida por el obispo auxiliar de Buenos Aires, mons. Guillermo Leaden, hermano de uno de las víctimas, denunció "las innumerables muertes y desapariciones de las que nadie sabe dar razón y que constituyen una injuria a Dios y a la humanidad".
El 7 de junio de 1976 el card. Aramburu y el nuncio, mons. Pío Laghi visitaron la Junta Militar pidiendo explicaciones. El gobierno que había acusado en un primer momento a "elementos subversivos" por la masacre, llegó a admitir tan sólo que se trataba de grupos militares salidos de control. En aquella oportunidad el cardenal y el nuncio llevaron una carta de la Conferencia Episcopal que tenía un fuerte acento cuestionador. Decían los obispos: "Nos preguntamos, o mejor dicho la gente se pregunta a veces sólo en la intimidad del hogar o del círculo de amigos, porque el temor también cunde: -qué fuerzas tan poderosas son las que con total impunidad y con todo anonimato pueden obrar así a su arbitrio? -Qué garantía, qué derecho le queda a los ciudadanos?"