
Fui al continente africano, específicamente a Angola, enviada por mi comunidad y como integrante del Voluntariado Misionero Salesiano. Fue una experiencia inolvidable. Tengo la seguridad de haber aportado con mi trabajo allí, pero sobre todo fue una ocasión única de crecimiento personal. Siento que mi vida ya no va a ser como antes. Llevo en mi corazón un poquito del inmenso dolor de ese continente.
Es un grupo de jóvenes que sienten la vocación misionera laical y quieren regalar al menos un año de su vida a un proyecto de educación y evangelización en una comunidad de Africa o de otros países de América. Es una oportunidad para cualquier joven que desea compartir la vida y trabajar con una comunidad en territorios de misión. No excluimos a los jóvenes que no pertenecen al ambiente salesiano. Tratamos de crecer juntos en una experiencia de misión en la Iglesia.
Estuve en Calulo, una pequeña ciudad, a 220 km. de Luanda, la capital de Angola. La población se dedica sobre todo al cultivo del café y a las actividades agrícolas en general. La gente está marcada por los signos de la guerra, el hambre y la miseria más completa.
Existe una misión de la comunidad de Hijas de María Auxiliadora y una de Salesianos que se dedican a la pastoral de la salud, formación de madres, pastoral de aldeas y al trabajo con los jóvenes.
Muy cómoda y respetada en mi condición de laica. Me sentí valorada y con libertad para trabajar. Gracias a mi profesión pude colaborar en la pastoral de la salud, pero también participé en las visitas a las aldeas y en la pastoral juvenil. La comunidad local siempre ha valorado nuestra experiencia como animadores en el trabajo con niños y jóvenes. La preparación y formación que recibimos nos permite poder responder a varias necesidades.
La gente es muy afectiva, alegre y cariñosa a pesar de vivir realidades tan crueles como la guerra y el hambre. En un ambiente de religiosos y religiosas, me adapté muy bien y estuve acompañada por numerosos laicos del lugar, bien preparados para trabajar en común. Me hice entre ellos de muchos amigos que extraño bastante; sobre todo cuando recibo las cartas de allá, me hacen llorar.
Siento la alegría de reencontrarme con los míos, pero al mismo tiempo mucha tristeza por dejar a esa comunidad, sabiendo la situación de pobreza extrema en que se encuentra la gente de allá. Me costó un poco volver a los ritmos y a los tiempos de nuestra sociedad. El tiempo africano es más espaciado, sin prisa, en cierta forma 'más humano'.
Adrián Díaz