
Decía: 'Esta violencia no está a la vista, no se reconoce, no es penalizable. Es la violencia del capitalismo 'salvaje' en su disfraz neoliberal; es la violencia del consumismo, de la corrupción político-administrativa, del lujo y del despilfarro aberrantes de personas e instituciones... El hambre, el desempleo, la falta de condiciones mínimas para vivir con dignidad, han ido levantando un muro de miseria.'
Pero su voz se alzaba sobre todo para defender el 'principio de la esperanza'. 'Empezamos a crear salidas cuando todos nos implicamos en la vida de nuestra ciudad; cuando somos capaces de traspasar ese muro de la violencia y nos inscribimos como generadores de una pedagogía para la paz. Cómo sería de distinta la Iglesia si todos los que en ella queremos seguir a Jesús lo hiciéramos con seriedad, con radicalidad... Si fuéramos un poco más humanos en nuestras relaciones, más solidarios con los débiles y los que sufren, más sencillos en nuestra manera de ser y de relacionarnos, más luchadores de la justicia y más contemplativos, más fraternos...'
Su profunda y coherente visión de la realidad lo impulsó a ser misionero en África; no como acto heroico sino como prolongación de un ministerio misionero ya vivido en su país.
'Estoy convencido que quien no ha vivido su fe, su vida cristiana, su ministerio, de una manera misionera, no está capacitado para marcharse al África o a cualquier otra parte del mundo. Tengo la impresión que me voy... no porque sea el mejor ni el más comprometido de los sacerdotes. Al contrario, como todo cristiano yo también necesito convertirme, desinstalarme, parecerme más a Jesús...'
Una vez en África se mantuvo fiel a su propósito y conquistó la felicidad y la alegría de los testigos auténticos. 'En el desierto he encontrado las sonrisas más frescas, la alegría más transparente, la acogida más exuberante que uno se pueda imaginar; aún en medio de esta sequía, enfrentados a la muerte de su ganado, a la epidemia de malaria, hay motivos para bailar, para recibir al misionero en medio de la danza y del canto. Allí experimentaba de verdad el sentido pascual de la vida; allí encontraba en la situación de abandono, de enfermedad, de hambre, de desprotección geográfica, la pasión de Cristo sufriente, del Siervo de Yavé maltratado en estos hombres y mujeres del desierto Samburu. Pero allí también encontraba la alegría, la fuerza y la esperanza del Cristo Resucitado, en esta comunidad, en estas personas que no dejan morir la alegría, que viven la fuerza de la vida en comunidad. Me ha impresionado desde que llegué a áfrica la sonrisa de la gente, una verdadera sonrisa de resurrección que florece en la aridez y desprotección del desierto.'
Los Ilakir de Enkai (*) se han escondido.
¡Bienvenida la hermana muerte! La fiebre me sube intensamente.
Siento una intensidad grande, alegre ante la muerte.
He vivido apasionadamente el amor por la humanidad y por el proyecto de Jesús...
Muero plenamente feliz... Cometí errores, hice sufrir a personas... espero su
perdón.
¡Qué bueno morir como los más pobres y marginados!
Un abrazo intenso de amor para todos y para todas.'
Carlos Alberto