
El origen de este problema está en una concepción liberal para la que el mercado, el lucro, la competitividad sin límites y la flexibilidad constituyen los elementos determinantes y casi excluyentes de la economía. Los resultados son claros: 32 millones de desocupados en los países industrializados, 17 millones de hombres y mujeres sin trabajo en la Europa comunitaria, y una miseria creciente en los países del Sur.
Si estas consecuencias son graves para los países industrializados, lo son más para los países del Tercer Mundo y los países en transición, donde la miseria pone en peligro los progresos democráticos. El programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) nos recuerda una cifra estremecedora: 19% de la población mundial acapara y goza del 83% de la riqueza. Y lo más grave es que esta brecha tiende a agravarse. Es fundamental tomar conciencia del hecho de que, si no se encuentra una solución al problema del comercio internacional (que es aún más favorable a los países industrializados), si no se encuentra una solución a la deuda externa y si no se termina con la especulación financiera internacional que sabotea toda posibilidad de una economía productiva y racional, no encontraremos un camino para salir de la crisis.
Estos males proliferan en todo el planeta. Algunos sectores están tan acostumbrados a gozar plenamente de las libertades individuales que no se dan cuenta o a lo mejor nunca lo han hecho de que la miseria de los demás puede contaminar todo el cuerpo social y convertirse así en miseria de todos. ya no se trata de generosidad, ni de caridad, ni de solidaridad. El problema ahora es de sobrevivencia de la sociedad planetaria. Al permitir que los países más pobres sigan soportando el peso de la deuda externa; que se asfixien sus poblaciones con planes de ajuste cuyo objetivo fundamental es el de hacerles pagar la deuda a las fuerzas del dinero; que sigan aumentando el analfabetismo y las epidemias; que millones de mujeres y de hombres vivan con una falta absoluta de esperanza; todo esto es un fermento muy eficaz y consistente para situaciones extremadamente sanguinarias y bárbaras, gérmenes de radicalismos extremos y de terrorismos homicidas y suicidas.
Es evidente que reconocemos la importancia del mercado como elemento dinámico de la economía. Está claro que los trabajadores defendemos una economía eficiente y que los índices macroeconómicos fundamentales de la economía deben respetarse. El control de la inflación; el equilibro fiscal; adecuadas balanzas comerciales y de pagos; y una firme política impositiva son elementos fundamentales de toda sana economía.
Pero debemos hacer una doble advertencia: en muchos países -y es la línea fundamental de los organismos económicos y financieros internacionales- se insiste en los aspectos mencionados, pero nadie habla de un índice fundamental: el de la distribución de la riqueza; y por otra parte, la competitividad salvaje nos lleva a una regresión social descendente, ya que siempre habrá países o empresas dispuestas a pagar menos a sus trabajadores, y en esta escala, ¿cuál es el límite? Creemos que el excelente trabajo del llamado 'Grupo de Lisboa' que coordina el economista Ricardo Petrella es un importante aporte en este tema. Por eso rechazamos la denominación simplificada de 'economía de mercado'. El mercado, como el capital de inversión, como los recursos humanos, la capacidad de gestión o la innovación tecnológica es un elemento, pero uno más, de una economía cada vez más compleja. La economía debe contemplar la eficiencia y el mercado, pero necesitamos una economía humana y racional, y el mercado debe ser reglamentado, controlado políticamente por un Estado democrático y eficaz, que defienda los intereses de la sociedad global y el bien común.
El conocido escritor mexicano Octavio Paz decía: 'El mercado es un mecanismo eficaz, pero como todos los mecanismos no tiene conciencia ni tampoco misericordia. Las sociedades democráticas desarrolladas han alcanzado una prosperidad envidiable; asimismo, son islas de abundancia en el océano de la miseria universal. El tema del mercado tiene una relación muy estrecha con el deterioro del medio ambiente.
La contaminación no sólo infesta el aire, los ríos, los bosques, sino las almas. Una sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más, tiende a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo.
Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra, desechos materiales y morales' .
Emilio Maspero, Secretario General de la Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT), señalaba: 'La ofensiva neoliberal está modelando otro mundo del trabajo más ajustado a su proyecto, donde se impone el predominio total del capital, del dinero, del lucro, de la especulación sobre el trabajo humano. Y para esto se están modificando profundamente las relaciones sociolaborales, las leyes, el papel del Estado, de las instituciones laborales, de los distintos actores que se mueven en este mundo del trabajo. La irrupción de las nuevas tecnologías, junto con los cambios de índole ética y cultural, están modelando un mundo del trabajo tecnocrático, frío, impersonal, insolidario. La embestida creciente contra las organizaciones de los trabajadores bajo el lema de que el mejor sindicato es el que no existe, apunta a dejar a los trabajadores totalmente indefensos de cara al capitalismo salvaje. La robotizacíón y la cosificacíón del trabajador y el 'sálvese quien pueda' marcan el mundo del trabajo actual. En el fondo vamos a un mundo del trabajo completamente deshumanizado y deshumanizador.'
El famoso economista John Galbraith señalaba también que, aún desde el punto de vista estrictamente técnico, el modelo neoliberal, que intenta convertirse en el 'modelo único y global', tiende a crear una grave exclusión social, profundizando la desocupación y la marginalidad, lo que, a su vez, produce la disminución de la demanda. Y cuando el progreso técnico posibilita cada vez más la mayor producción de bienes, aumentan los excluidos por la desocupación o la marginalidad, y, por lo tanto, disminuyen los consumidores.
Señalaba recientemente el ex-Presidente de Chile, Patricio Aylwin (Promotor de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Social): 'No cabe discutir que para superar la pobreza es indispensable el crecimiento económico, lo que las economías de mercado logran hacer. Pero el crecimiento, siendo necesario, no es suficiente para eliminar la pobreza y si no se complementa con políticas eficaces de desarrollo social, aumentan las desigualdades'; y agregaba: 'No es vivir Ôen la verdadÕ contentarse con exhibir excelentes cifras macroeconómicas de crecimiento y estabilidad o ufanarse en la exhibición del progreso y la belleza de los barrios ricos de las grandes ciudades, mientras al mismo tiempo se silencia la escandalosa desigualdad en la distribución de los ingresos y la miseria en que viven los sectores marginales'.
La justicia social es hoy el mayor reto ético y la mayor deuda de la democracia con sus pueblos, y se convierte en el verdadero termómetro de un régimen democrático, ya que sin justicia social no existe realmente la democracia y falla la base de un buen gobierno que es asegurar al máximo el 'Bien Común' de sus gobernados. Se debe construir la democracia real basada en la democracia económica social y cultural, complemento indispensable de la democracia política; y revalorizar el trabajo humano como un derecho fundamental de la persona.
Se debe considerar el trabajo en su doble condición, es decir, tanto en el aspecto objetivo (por lo que produce) como en el aspecto subjetivo (quién lo produce). Y el derecho al trabajo no puede depender sólo del mercado, ya que si éste es insuficiente, el Estado debe concurrir de manera activa (políticas fiscal y crediticia mediante) para que todos los ciudadanos puedan efectivamente ejercer un derecho fundamental, como es el derecho al trabajo.
En el orden internacional, es imposible que de hecho el mundo continúe siendo determinado por un grupo de siete países que defienden esencialmente sus propios intereses y que son los que políticamente controlan los organismos económicos y financieros, en el orden internacional.
Es vergonzoso que mientras los organismos económicos y financieros internacionales imponen la apertura absoluta de sus mercados a los países en desarrollo, los países desarrollados encuentren todo tipo de justificaciones para proteger sus economías.
La deuda externa de los países del Tercer Mundo se ha constituido en otro elemento clave de la explotación y la dependencia a la que están sometidos. Los países desarrollados, y los organismos económicos y financieros internacionales deben solucionar el problema de la deuda externa de los países subdesarrollados en forma equitativa, poniendo como sola condición la gestión transparente y que se restituyan a los países todos los fondos malversados por sus dirigentes.
Es imposible continuar con un absoluto descontrol a nivel internacional del flujo de capitales que en gran medida responden a criterios meramente especulativos y que son una amenaza a la economía real y a la estabilidad mínima del sistema económico internacional.
Sin lugar a dudas, cuando en su discurso ante la FAO, en 1995, el Papa Juan Pablo II hablaba de las 'estructuras de hambre' creadas por los países desarrollados, no deben haber estado ausentes los onerosos problemas derivados de la injusticia del comercio internacional, la grave hipoteca de la deuda externa y la especulación del capital internacional.
Durante algún tiempo, la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (CNUCED) fue una esperanza de que como organismo de aquel foro internacional, pudiera impulsar un proyecto global que uniera el Comercio, la Economía, y el Desarrollo. Pero de hecho, la CNUCED perdió fuerza y presencia, y dejó que el Fondo Monetario Internacional y la Banca Mundial asumieran el monitoreo de la economía mundial.
Pero fundamentalmente el FMI y la Banca Mundial no contemplan el interés global de la comunidad internacional, ya que son instituciones que responden a sus 'mandantes' en su enorme mayoría, los representantes de los países desarrollados que armonizan la defensa de sus intereses comunes (pese a coyunturales diferencias) y mayoritariamente comparten la misma visión de la economía neoliberal, que sirve a sus intereses, y particularmente a los objetivos de los grandes conglomerados económicos y financieros.
Sólo un modelo alternativo, basado en el desarrollo integral, y un nuevo sistema de relaciones económicas internacionales podrán asegurar el progreso social, la paz y la estabilidad, y afianzar la democracia en nuestras sociedades.
La justicia social no es una consecuencia ni una especie de subproducto de la institucionalidad democrática, sino un componente esencial e inseparable de la democracia, que se debe conjugar simultáneamente con la libertad, aún cuando hace tiempo que el concepto y la práctica neoliberal de la libertad está atropellando y marginando a la justicia social en la vida política, social y económica de nuestros países.
Así, a pocos días de entrar en el siglo XXI, la justicia social interpela a toda la sociedad política y civil, a los gobiernos, a los partidos políticos, a los empresarios, a los sindicatos, a los centros académicos y culturales, a los medios de comunicación social, a los centros religiosos, con mayor urgencia ante una globalización capitalista que está maximizando en todo el mundo la ganancia y los resultados macro financieros, pero a la vez aumentando la desigualdad, la injusticia y la exclusión social.
¿Hasta qué límites y cuánto aún se puede tolerar la dualización del progreso tecnológico y el crecimiento económico, frente al aumento contínuo de la desocupación, la pobreza y la marginalidad social? Además de la injusta distribución de los bienes, se asiste a un grave deterioro ético y moral, al facilismo y la especulación, y en muchas partes de nuestras sociedades, al crecimiento de la manipulación, la mentira y la corrupción. ¡Si no hay justicia social, si no se encarnan ciertos valores éticos y morales mínimos en nuestras sociedades, no hay futuro para nuestros pueblos y peligra la democracia.
Recientemente, el Papa Juan Pablo II señalaba: '... La experiencia demuestra que una economía de mercado abandonada a una libertad incondicional no puede ofrecer los más esenciales beneficios posibles a las personas y a las sociedades', agregando todavía dos párrafos fundamentales: '..no se puede olvidar el escándalo continuo de las graves desigualdades entre las diferentes naciones, y entre las personas y los grupos dentro de cada país...' y alertaba: 'No se pueden esperar efectos muy diferentes (negativos) de un mercado salvaje que, con el pretexto de la competitividad, prospera explotando a ultranza al hombre y al ambiente'.
Es a partir de éstas consideraciones de fondo y de la constatación diaria del sufrimiento de hombres, mujeres, jóvenes y niños del continente latinoamericano y de muchas partes del mundo, que debemos contribuir al debate y las propuestas necesarias, para desarrollar la Democracia, la ética pública y la Justicia Social.
1. Revalorización del trabajo humano y la lucha frontal y prioritaria por la creación de empleos, señalando que las denominadas 'reformas flexibilizadoras' son en general meras formas de súper explotación de los trabajadores.
2. Es fundamental encarar una justa distribución de la riqueza, no sólo como expresión de la necesaria justicia social, sino como un elemento dinámico de la economía que incorpore enormes masas de excluidos al circuito de la producción y el consumo.
3. Los países latinoamericanos deben afrontar solidariamente el grave problema de la deuda externa que sigue constituyendo una formidable hipoteca para nuestros países y desvía fondos cuantiosos que debieran aplicarse al crédito productivo y las infraestructuras necesarias.
4. Los Estados deben encarar la Deuda Social promoviendo procesos de desarrollo que aseguren aún progresivamente, condiciones básicas de salud, educación, trabajo y seguridad social a sus pueblos.
5. Es innegable el rol del Estado: eficiente, profesional y desburocratizado (inclusive ahora reivindicado aún por el Banco Mundial) pues en la Democracia es el instrumento para realizar el Bien Común, promoviendo responsablemente la equidad, el progreso social, la solidaridad y el resguardo ecológico.
6. La moral pública y la ética social son elementos imprescindibles para recuperar la supremacía política y fortalecer la verdadera democracia.
7. La educación y la formación deberían ser objetivos estratégicos de los gobiernos y más allá de las declaraciones, esta prioridad debería reflejarse en las políticas presupuestarias.
8. Debemos recuperar el concepto y la acción en función del desarrollo integral y sustentable, promoviendo la justicia social, la solidaridad y el resguardo ecológico.
9. En el ámbito de la integración regional frente a la creciente interdependencia y a la pretensión hegemónica de los Estados Unidos, deben alentarse los procesos sub-regionales (Mercosur; la Comunidad Andina; la Unión Centroamericana; la Asociación de los Estados del Caribe) incentivando el intercambio y la solidaridad entre ellos, para converger en la 'Comunidad Latinoamericana de Naciones' (CLAN).
10. Debemos advertir que el Proyecto del ALCA (Asociación de Libre Comercio de las Américas), es una clara expresión de expansión y control de mercados en provecho de la potencia dominante, limitado a un 'super-mercado hemisférico', que atenta gravemente contra los procesos de integración regionales y latinoamericano.
* La democracia no debe ser sólo la formalidad instrumental e institucional, válida en función de desarrollar los derechos humanos y la protección de las libertades personales; debe también proyectarse en la dimensión de los derechos sociales, económicos, culturales y participativos.
* Se deben promover los derechos y libertades de los trabajadores y sus organizaciones, respetando y aplicando los Convenios Internacionales de la OIT (Leyes del Trabajo), refundando la política con una visión adecuada de la vida social y laboral, impulsando la cultura del trabajo, que es una exigencia fundamental para la democracia.
* Queremos recordar que en el presente año, tres instituciones claves del continente latinoamericano, firmaron una histórica 'Declaración Común', reiterando todo el apoyo al proceso constitutivo de la 'Comunidad Latinoamericana de Naciones' (CLAN). En efecto, el Parlamento Latinoamericano (Parlatino), el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y la Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT), suscribieron el apoyo y compromiso con este proceso, instrumento clave para el desarrollo de Latinoamérica.
* Las gentes, los hombres y mujeres concretos de América Latina, junto con el trabajo humano, deben estar en el centro del esfuerzo democrático y solidario de nuestros Estados, de nuestras sociedades. El ser humano es superior a las cosas, éste es el índice de una sociedad democrática y civilizada.
De una manera sintética, hemos pretendido demostrar que tanto el modelo económico neoliberal (basado exclusivamente en el mercado, el lucro y la concentración de la riqueza), como la globalización de la sociedad y la economía mundial llevadas de la mano por este modelo generan mayoritariamente enormes costos sociales, aumentan la desocupación y la exclusión social, y constituyen un grave peligro para la paz, la democracia y el progreso social. Creemos que además del diagnóstico hay caminos alternativos realistas y posibles. Sólo falta la voluntad política de realizarlos y la coherencia entre los discursos y la acción.
Carlos Luis Custer
Carlos Luis Custer es Secretario de Acción internacional de la 'Asociación Trabajadores del Estado' (ATE), Consejero político de la 'Central Latinoamericana de Trabajadores' (CLAT) y Miembro del 'Consejo Pontificio de Justicia y Paz'.